domingo, 27 de enero de 2013

MI NUEVA NOVELA

En abril ALIANZA EDITORIAL publicará mi nueva obra: se titula CLUB LA SORBONA y es una NOVELA negra, psicológica y de alterne.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL PULSO DEL AZAR de Ana Rodríguez Fischer

A Ana Rodríguez Fischer (Vegadeo, Asturias, 1957) le debemos una de las mejores novelas publicadas sobre la época surrealista: Objetos extraviados, Premio Lumen 1995. Ahora regresa al género narrativo con su quinta novela, El pulso del azar (Ed. Alfabía), una narración epistolar y coral, atmosférica, compleja y desde luego fascinante en lo que tiene que ver con su documentación y su calidad de página. Inicialmente sorprende que, aunque es frecuente que las narradoras ficcionen la Guerra Civil dando voz a los personajes femeninos, como así han hecho Ana María Matute o Ángeles Caso por ejemplo, o adopten una postura genérica combativamente neutral, como Almudena Grandes, esta autora toma una posición mixta muy audaz al dar voz a una mujer de ese tiempo, sí, pero a través de su padre que está al fondo, como la educación patriarcal. Y desde luego llama la atención igualmente este personaje masculino, y el hecho de que, al presentarlo a él, el padre, el vehemente y contradictorio Gustavo Guzmán que es alguien que en el conflicto armado combate en los dos bandos, la autora aborda sin maniqueísmos de manual un tema inagotable: nuestra epopeya. La trama principal está forjada con los testimonios escritos que Gustavo, el progenitor de una reclusa de la cárcel de Wad-Ras llamada Elisa, ha dejado para contarle una historia que en su mayor parte sucede en la Barcelona de los años 30. Originario de Asturias –en la novela se nos cuenta con prolija documentación la sublevación del 34-, su vida en Barcelona es la de un estudiante de aquellos años, destacando ciertos acontecimientos como las Olimpiadas Populares de julio del 36 (concebidas como una manifestación de rechazo a las de Berlín de ese mismo año). Pero de pronto ocurre el levantamiento del 18 de julio, que se nos describe a grandes y alegóricos rasgos como si todo acontecimiento bélico en España fuera el mismo repetido, como si se tratara de un paralelismo, pues tal levantamiento hace recordar al protagonista los sucesos del 34 en Asturias. En esta parte la autora hace especialmente gala de su rigor documental al describir una escena de donación de sangre, necesaria para atender a los heridos en combates callejeros: la donación en aquellos tiempos se hacía brazo a brazo, si bien en un pasaje similar que se desarrolla más adelante, casi dos años más tarde, hace mención al notable hecho de que entonces ya disponían de conservantes para la sangre y ésta por fin se podía almacenar en frascos, lo cual, dice expresamente, “salvó una cantidad enorme de vidas al poder acercar los servicios de transfusión hasta casi el campo de batalla”... Curiosamente la vida en Barcelona en el verano del 36 se siguió desarrollando con relativa normalidad una vez sofocada la rebelión, y el protagonista incluso puede seguir asistiendo a sus clases, si bien el panorama va siendo alterado por los comités revolucionarios e incautaciones sumados a la llegada de los primeros brigadistas. Nuestro protagonista recibe las angustiosas noticias de Asturias, con la rebelión de Aranda, que al poco se hizo con el control de Oviedo, al cual el narrador alude de forma despectiva. Llama la atención el bien descrito hecho de que con celeridad los centros de enseñanza se incorporaron de una manera u otra al esfuerzo de guerra, y un acontecimiento en el que el narrador epistolar se centra en esta parte –nos hace ver así que supuso una conmoción en Barcelona- fue la muerte del anarquista leonés Durruti el 20 de noviembre del 36 en circunstancias poco claras (de hecho, fue éste uno de los inconvenientes que impidieron la integración de los anarquistas en el ejército popular que se estaba organizando a marchas forzadas, y tal contrariedad anticipó los desgarros internos que habrían de afectar a las fuerzas republicanas). El vívido caos vital cotidiano empieza a reflejarse en escasez de suministro de artículos diversos, mientras a la par se va improvisando un aparato burocrático autista a la realidad que también ocasiona protestas semejantes a las actuales. Se reciben a la vez también en Barcelona refugiados que huyen de los combates (la obra se centra en los que proceden de Málaga una vez caída en manos insurgentes) y, en general, asistimos con fino sentido de la gradación a como la situación se va deteriorando progresivamente. Las noticias recibidas de Asturias son muy desalentadoras y en estas páginas se hace un juicio negativo de los dirigentes –como el célebre Belarmino Tomás- del Consejo de Asturias y León. Barcelona por otro lado empieza a sufrir ataques directos, y la cantidad de refugiados llega a ser inasumible. Curiosamente en este punto el contradictorio protagonista ejerce con satisfacción labores encomendadas por las autoridades para ayudar a la producción de material bélico. Y se nos narran las llamadas a la resistencia procedentes de Negrín, las cuales tuvieron una última expresión en la batalla del Ebro (año 38), la cual fue el intento final de la República por enderezar el rumbo de la guerra. Recibió entonces Gustavo el aviso de la muerte de su padre, que derivó en su atropellado retraslado a Asturias (donde vive el final de la guerra haciendo lo que puede para borrar su pasado en “zona roja”). Para tratar de borrar su anterior militancia incluso se alista en el ejército, y de hecho está en Toledo cuando se produce la caída de Barcelona y el triunfo final de Franco –y así sabemos que las cartas de Gustavo a su hija no son sino fruto del dolor de la culpabilidad, aunque sin embargo esta novela no le incrimina sino que le humaniza a la vez que supone su redención, y la de su hija, y un poco la nuestra-. La vida por supuesto cambia totalmente tanto para él como para la narración, que también ha cambiado de bando, y los acontecimientos que son relevantes ahora son por ejemplo la recuperación de la Virgen de Covadonga, que estaba en la embajada española en París. Pero de pronto la vida le ofrece un trato: su madre empieza a trabajar de bibliotecaria, y él puede cursar medicina gracias a un curioso sistema que en la época permitía aprobar las asignaturas sin asistir a clase… Se trata, en suma, de una novela profunda, epistolar y coral, estructuralmente ambiciosa, pero sobre todo he aquí una narración de prosa detenida, matizada y minuciosa, rigurosa y en ciertos aspectos novedosa en su prolija documentación. El tema global de la obra es el de la libertad que proporciona el descubrimiento de la propia identidad, del elaborado relato que somos... Y este tema filosófica y humanamente de primer orden, como bien nos ha querido enseñar también el psicoanálisis, casi trasciende la propia Guerra Civil para insertar esta novela no sólo en el necesario canon de la metaficción históriográfica de nuestra Guerra, sino también en el imprescindible canon de las novelas que nos ayudan a saber entender lo que somos. El final de la novela, el confuso doble crimen que lleva a Elisa a la cárcel de Wad-Ras ya avanzados los años 70, hay quien diría que es la parte en la que la prosa se hace más oscurantista, pero yo me quedo con esa sensación catártica, casi de Complejo de Edipo sublimado, que queda en el lector al terminar esta obra sobre el descubrimiento de uno mismo a través de la epopeya de su padre… Supongo que tiene razón la autora, y somos en buena medida aquello por lo que ellos lucharon… Y aún más razón tiene en que cuando uno descubre quien es, la cárcel de la realidad se amplia, y entonces ya pueden reducirnos el espacio pero no la libertad. Desde el punto de vista de la ficción histórica hay en estas páginas pasajes de considerable altura, pero lo mejor es como nos hace vivir la intrahistoria de la Barcelona bélica... He aquí una obra exigente y ambiciosa que se lee con deleite y sentido de la entrega porque posee el regusto de las obras clásicas… Se la recomiendo.

viernes, 16 de noviembre de 2012

EL RÍO DEL EDÉN de José María Merino

A veces la geografía física de convierte en geografía anímica, emocional y alegórica… Por ejemplo pongamos que un padre de familia acomodado –Daniel- acaba de quedarse viudo de Tere. Pongamos que tienen un hijo con Síndrome de Down, Silvio (que es una conmovedora combinación de ingenuidad, ternura e imaginación) y Daniel y Silvio regresan juntos a un espacio virginal del alto Tajo en el cual hay una idílica laguna; un lugar que visitaron juntos Daniel y Tere hace años en los comienzos torrenciales de su amor. Pongamos que van para depositar allí las cenizas de la finada madre. Que Silvio, cuya discapacidad le hace estar en la realidad de otra manera, porta en las manos la urna con las cenizas de Tere y le va hablando como si ella estuviera viva, como si la urna de las cenizas fuera un recipiente alquímico de presencia eterna, como si la teología materialista fuera verdad, mientras su padre Daniel, que siempre estuvo lejos de ese hijo, va recordando ahora la tormentosa vida matrimonial que vivió con Tere (Daniel ha sido siempre un adúltero compulsivo, un hombre no malvado pero sí débil, y de moral laxa en lo afectivo, cuya vida ha estado marcada por las infidelidades; de hecho es alguien que, aunque inteligente, ha estado atrapado en una maraña psicológica justificativa que no le ha permitido ni culpabilizarse, ni redimirse, ni mejorar). Y pongamos que en tal iniciático viaje a pie la naturaleza se va infiltrando en los ominosos recuerdos de Daniel sobre su vida con Tere (incluyendo las infidelidades recurrentes que desembocan en la traición que a Tere le hace Daniel con su propia hermana, la morbosa, obsesiva y maquiavélica Carla, en la cama matrimonial de Daniel y Tere). Pongamos que igualmente la naturaleza circundante embosca tanto la conversación de Silvio con la urna como el diálogo, siempre repleto de ternura y de una estética naïf, entre Daniel y Silvio… Pero pongamos también que, cuando ya han llegado al río del Edén, de pronto el niño Silvio se pierde en medio de la noche, su padre no lo encuentra por ningún lado, y el viaje al Edén, al paraíso perdido de Milton, se convierte en el descenso a los infiernos de la Divina Comedia de Dante. Oh, pongamos asimismo que en ese momento ocurre algo que moral y emocionalmente lo cambia todo de rumbo; algo fácil de entender pero difícil de olvidar... Ésta es la propuesta argumental de la última novela de José María Merino El río del Edén (Ed. Alfaguara), una ficción atmosférica, conmovedora, inquietante y exenta de moralina de manual –tan frecuente en los abordajes narrativos tanto de la discapacidad, como de la infidelidad-. La narración está escrita con fina mano literaria en una potente, psicoanalítica, segunda persona, e incluye en el retrato externo e interno los sofismas psicológicos de este donjuán intelectual, suburbano y frustrado, incorporando además un conocimiento muy matizado de las sensaciones y los sentimientos humanos… Pero tan protagonista de todo son los personajes como el espacio natural –ya ha venido sucediendo así en otras novelas del autor como La sima y sobre todo en El lugar sin culpa-, lo cual demuestran de modo fehaciente todas esas descripciones de la naturaleza que, insertadas en la acción y evocación, resultan tan bellas como detallistas y propias de un poeta que a la vez es naturalista y panteísta. El río del Edén es una novela que nos hace saber sin decirlo que, ya que la mirada humana siempre tiene algo de proyección, todo paisaje es un paisaje moral. Se trata, esta vez, de una novela realista, algo infrecuente en la trayectoria de ese retratista de lo “raro” y del lado fantástico de lo cotidiano que es JMM. Sin embargo la visión del mundo del niñodown Silvio es fantástica, casi de ciencia ficción, las referencias históricas al traidor Don Julián son alegóricas, la forma que tiene Daniel de reconquistar a Tere empleando la poesía clásica es metaliteraria, y la neurosis autojustificatoria de Daniel, que le lleva a pensar que hay varios Danieles dentro de sí mismo, es una forma de incluir sutilmente el fantástico tema del doble, motivo recurrente en las ficciones y obsesiones del autor (véase a tal efecto su novela La orilla oscura, recientemente reeditada por la editorial Cátedra en una excelente edición crítica que firma Ángeles Encinar)… Sin embargo el punto de giro argumental de El río del Edén llega de pronto para hacernos saber que hay decisiones que no tomas tú, sino que las toman por ti las circunstancias como para intentar redimirte… ¡Y eso le sucederá a Daniel! ¿Por qué? ¿Qué momento catártico e inolvidable que no se esperan ni de coña reunirá emocional y definitivamente a Daniel y Silvio entorno de Tere? Para saberlo tendrán que leer El río del Edén de José María Merino. ¡Les fascinará!

miércoles, 25 de julio de 2012

LA BICICLETA DEL PANADERO de Juan Carlos Mestre

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957), hijo del panadero de su pueblo, pan él mismo, tras un calvario físico propio y familiar y el fallecimiento de su padre ha hecho acopio de hallazgos extraídos de ese pozo repleto de diamantes que es la adversidad, que es la tristeza: como fecundo resultado acaba de publicar un libro inconmensurable en muchos sentidos, La bicicleta del panadero (Ed. Calambur)… Una reunión de poemas en prosa –poemas de largo aliento salmódico, salmódico al modo judaico, repletos todos de metáforas de alta resolución- fruto del rapto y el recogimiento y que se notan escritos con radical sed de sentido. La muerte, esa palabra incompartible, ese regreso idiota a un universo prelingüístico, es el punto de partida del libro, pero el de llegada es la vida, su contenido, su resumen, su sabor, sus sonidos… Por eso en La bicicleta del panadero salen y están la familia, el paisaje, las lecturas, las canciones, los amigos, la ideología, la fe de los antepasados, los barroquismos privados, los viajes, los cuadros, las ensoñaciones cifradas, los enigmas y, en definitiva, todo lo que al poeta le ha traído hasta aquí y se ha convertido en su cimiento personal. Desentrañando con fascinación metáforas de estos poemas he entendido acaso como al principio, como en aquellos libros que me llevaron un día a enamorarme rendidamente del lirismo, que la poesía es un advenimiento del ser, una afrenta tan certera como oportuna a la intersubjetividad, una disolución de todo convencimiento y, no pocas veces, un final articulado y significativo para el proceso de adivinación que implica la tristeza. A mi juicio pocos poetas como Juan Carlos Mestre nos enseñan a su modo que la metáfora es un vehículo del más allá; una coacción al lenguaje para exprimirlo como si fuera una naranja hasta hacerle expresar al máximo… Pocos poetas como Mestre consiguen decirnos sin decirlo que la metáfora es un ir caminando por las costuras del lenguaje hasta agrandar las fronteras de la comunicación posible. Guardo ya en mi corazón mis poemas favoritos de este libro exigente, difícil de entender y de olvidar, pero en lugar de nombrarlos les recomiendo que se adentren para descubrir los suyos. Tal vez así como yo concluyan que la literatura es una comunicación diferida que trata de remediar la imposibilidad a la que te constriñe la realidad tal como es, y, en tal sentido, es un intento de atraer al que está lejos, es un salvar las distancias, el reconocimiento de una carencia… Pero el alivio de la soledad que implica escribir poesía proviene de un lector agradecido; del reconocimiento cálido a un discurso lírico irradiante y leal con las certezas e incertidumbres del autor… Por eso, querido Juan Carlos, llega ahora tan lejos esta palabra: gracias.

jueves, 31 de mayo de 2012

LOS NADADORES de Joaquín Pérez Azaustre

Hay un misterio en la vida que no nos sabe revelar la vida misma, y por eso existen las novelas demoradas de prosa envolvente; esas novelas que nos invitan a sumergirnos en el enigma de la existencia para, así, no conformarnos con un vitalismo elemental. Y lo digo porque ese aspirante a Hemingway con mirada de toro de lidia y voz de caballerazo andaluz, poeta de raza y el mejor novelista de nuestra generación –Joaquín Pérez Azaustre, Córdoba, 1976- ha querido venir a León esta semana para presentar aún antes que en Madrid, que en Barcelona, en las Españas, su novela Los Nadadores (Ed. Anagrama). Como una forma de intentar globalizar la inteligencia y la amistad aquí está esta novela atmosférica y extrañamente hipnótica escrita con un rigor verbal que elogia la precisión, la minuciosidad, el fraseo largo, las metáforas de alta resolución y la sed de sentido. El mundo en el que nos adentra es por un lado el del deporte y por otro la fotografía. El contexto es el de la ciudad enorme, aglutinadora y que funciona como un disolvente para las identidades. La trama casi naturalista, casi realista, se basa en que el protagonista, apocado fotoperiodista de nuestro tiempo adepto al deporte, la amistad, el alcohol, y la neurótica normalidad, asiste a como a su alrededor va desapareciendo gente sin dejar rastro y sin que nadie conozca el motivo o el paradero. Se diría que es una novela de misterio, pero no empleando el término en el sentido de Conan Doyle y Agatha Christie –misterio que se ha de resolver apoyándose en la perspicacia y el ingenio-, sino en el sentido de Dostoyevski cuando el autor ruso nos enseña que existe un enigma en el vivir que no cabe dentro de lo que se entiende por normal, pero mantenerse al margen de ese misterio es un poco quedarse fuera de la vida misma. La forma de mantener la intriga que el autor ha empleado en esta novela no es la de dosificar la información sino, en la estela de Kafka, ir insuflando en quien va leyendo paulatinas dosis de desinfectante angustia. Pero el tema principal, el símbolo primordial, es el de la natación. Como se comentó en la Librería Alejandría –templo del León docto- el autor ha escrito una novela generacional diciéndonos subliminalmente que más que nunca en nuestra “generación de las particularidades” todos somos distintos y estamos solos, que necesitamos mantenernos en forma porque la vida es competición y reto, y que estar simbólicamente en forma, aunque te ayuda a resistir y a avanzar, también te va dejando solo… He aprendido mediante esta novela con fraseo de Blues, que si uno no se pone retos y lee libros exigentes jamás consigue nada, que el ritmo de los best-sellers miente sobre la vida, y que León atrae a los contadores de historias perdurables… ¡Viva vivir!

lunes, 16 de abril de 2012

EL AMANTE de Margueritte Duras, según Luis-Salvador López-Herrero

UNA APROXIMACIÓN AL GOCE

Hay libros que son como un prisma. Tienen muchas caras. Pasillos divergentes que sin embargo, parecen aullar una escena central. Pero ¿cuál?

EL AMANTE es uno de esos libros, de infinidad de ventanas, en donde la mirada del lector puede captar diferentes caminos a partir de su propia lectura fantasmática. No puede ser de otra manera.

Aquí, en El amante, parecería que no hay historia, que no hay relato; es el goce mismo el que parece deslizarse entre las palabras y la escansión perpetua que corta inesperadamente la narración. Como en la experiencia analítica.

No obstante, hagamos caso a la autora, y situemos a partir del mismo título, El amante, el marco a través del cual se despliega veladamente el eco de una narración llena de dolor, sufrimiento y goce.

El amante, ¿quién es ese sujeto? Un siervo del padre y del amor –y nada mejor que un chino para este menester-, a partir del cual una muchacha despierta y configura la subjetividad femenina, a través de la mirada del cuerpo de otra mujer y del encuentro mismo con el goce. Sólo puede ser así.

No cabe duda que esa relación, que esa experiencia de goce, sirve de trama para mostrar cómo se labra la subjetividad femenina a partir de un escenario familiar completamente atravesado por la cólera de la locura. En este sentido, el estrago materno que infiltra a la niña, el rostro de desesperación o la locura de la madre, nos iluminan un plano del tormento infantil a partir del cual la niña-muchacha intenta abrir las puertas de la feminidad a través de un enigma: ¿Cuál es el misterio de esa pasión sexual que ejercen las mujeres sobre los hombres?

Pasión que ella misma pondrá en juego con su partenaire para encender las puertas del goce.

“Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hacen a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los potingues, ni la rareza, ni el precio de los atavíos. Sé que el problema está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está dónde las mujeres creen… Hacer semblante de nada.

Ese faltar de las mujeres a sí mismas ejercida por ellas mismas siempre lo he considerado un error.

No se trataba de atraer el deseo. Estaba en quien lo provocaba o no existía. Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca. Era el entendimiento inmediato de la relación sexual o no era nada. Eso también lo sabía antes del experiment”.

Ese saber, labrado antes de la experiencia sexual con el partenaire amante pero guía para la constitución del semblante femenino, no aporta la solución ni siquiera la felicidad. Tan solo los esbozos de la escritura de un síntoma, y el valor que adquirirá para ella la escritura misma, como instrumento para paliar el dolor de existir.

Es verdad que el personaje, la niña-muchacha, entra en la experiencia sexual motivada por el misterio de una feminidad que atrae a los hombres, y que le comporta un goce; es verdad que hace ese recorrido ahuyentada por las garras de la locura materna; es cierto también que transita por él mismo, alejándose del goce perverso del hermano mayor, cuyo desenlace es ser enterrado tal como había vivido, a solas con la madre, o de la experiencia maternal que para ella ejerce el hermano “pequeño”, cuya muerte, como le sucedería a cualquier madre, le abre también las puertas mismas de la mortalidad. Sin embargo, esa experiencia y ese recorrido por los meandros del amor a partir del escenario edípico dramático, no le abren las puertas del paraíso, aunque le sirva para marcar un punto de separación, acercándole a la complejidad misma que encierra la mascarada femenina a través de la presencia fantasmática de la otra, de la puta…

La mirada triste de la niña, las pequeñas marcas en ese rostro aún infantil que muestra la fotografía, anuncian sin embargo, el devenir alcohólico que viene a “suplir la función que no tuvo Dios”. Como muy bien lo señala la autora: “Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó”.

Alcohol y escritura se superpondrán así, indefinidamente, en su vida con su viaje a París -porque no sublima el que quiere sino el que puede, ni tampoco la sublimación puede reabsorber todo el empuje de lo real-, allí donde la niña-muchacha logra ahuyentarse del escenario familiar y también de esa misma experiencia sexual, germen de una búsqueda de identidad femenina, imposible.

Sí, es cierto, el amante, la experiencia sexual y la fascinación por el cuerpo femenino, son ventanas esenciales en la trama de una novela novedosa para la época. Sin embargo, quizá, lo más relevante, es la manera en cómo el recuerdo a partir de la mirada perdida de la vejez sobre el rostro infantil, nos ilustra una experiencia en donde el goce de esa relación prohibida, la virginidad perdida y el amor, nos anuncian el sendero de “eso” que escapa a la imagen y a las palabras, y que tiene un nombre: el goce.

No cabe duda que Marguerite Duras sabe, camina en la buena dirección, aunque pienso que, verdaderamente, ese saber no lo conocía.

Luis-Salvador López Herrero
Abril 2012

sábado, 31 de marzo de 2012

LA SIMA de José María Merino según Luis-Salvador López Herrero

La Sima. José María Merino.Una ficción instrumentalizada para la denuncia, que no olvida la lógica del fantasma obsesivo

La Sima de José María Merino es un texto, con diferentes cuerpos palpitantes, que convoca a la palabra. Por un lado nos muestra el compromiso del escritor en un momento en que la coyuntura, social y política, de nuestro país, se ve exacerbada por el espíritu de confrontación a raíz de una inesperada derrota política. La receta, sin querer acallar para nada el olvido de todo lo acontecido a lo largo de los tiempos, es sanamente volver a convocar la concordia.

Pero además de esta fuente histórica, que brama, quizá, como un alegato de interés para buena parte de nuestros conciudadanos, está también lo que me atrevería a nombrar como el influjo del inconsciente en la telaraña del mundo obsesivo, en donde siempre palpita la temática de la vida y de la muerte, del amor y del odio. En este punto, nuestro protagonista Fidel se verá confrontado, en un momento de su vida, con una incógnita, la sima, que, a través del horror, la fascinación y la verdad que convoca, nos recuerda claramente los efectos de la dimensión de lo inconsciente en el sujeto. A partir de ese momento, éste tratara de tejer una clarificación acerca de lo que le es suscitado conflictivamente, a través de lo que podríamos llamar su propia novela familiar, que no es otra cosa sino que el relato neurótico del sujeto. En este contexto, su particular e íntima vivencia se articulara con la misma historia conflictiva nacional, en donde diferentes bandos luchan de modo fratricida, en un intento de anular a un semejante convertido en adversario u objeto, en el “otro” por excelencia.

Ésta es la tesis que promueve el personaje historiador que investiga, desconociendo sin embargo, que es su misma tesis de vida, es decir, el núcleo duro fantasmático que dota de sentido y de goce a su propia existencia, comandando y dirigiendo tanto sus pensamientos como sus actos. De ahí que, efectivamente, el personaje nunca pueda culminar o concluir su trabajo intelectual –tarea siempre dificultosa para el sujeto obsesivo-, en tanto que es ésta misma tesis doctoral quien se ve infiltrada por todas esas palabras que estructuran su fantasma inconsciente a través del odio y de la confrontación. De ahí también que le sea imposible la liberación del sufrimiento tal como se describe a lo largo del relato, en donde, de una u otra manera, el personaje nos va confrontando con lo que verdaderamente está en juego en todo este asunto de la guerra y de la muerte, que tanto le fascina “inconscientemente”, y que no es otra cosa sino que el goce, su propio goce, como motor y eje de su esfuerzo y del sufrimiento. Premisa ésta, por otra parte ejemplar en el mundo obsesivo, y que el autor nos sabe mostrar muy acertadamente a través de los diferentes vericuetos por los que va introduciendo a nuestro personaje Fidel. Todo ello con una prosa impregnada de frases poéticas capaces de alumbrar el malestar de la conciencia en una naturaleza cósmica ajena a cualquier pensamiento humano, y en donde se mezclan el rigor de la palabra ensayística, con la estética, atrayente y envolvente de la palabra generadora de magia.

Ahora bien: la literatura nunca puede “curar” simbólicamente la herida fantasmática -la sima, el inconsciente-, como muy bien nos muestra el autor. La sima no se resuelve, simplemente se desvanece una vez más bajo los efectos de la explosión, aunque de ella salga ahora convertido el sujeto en novelista. A partir de la literatura no hay posibilidad de “cerrar” el agujero o de mostrar la verdad que está en juego, porque ésta, aun cuando ayude a clarificar y a ordenar la telaraña, pudiéndose articular algo de la dimensión conflictiva en juego, sin embargo, no permite hacer verdaderamente consciente esa vertiente inconsciente que tanto palpita. Es decir, el protagonista, convertido finalmente en escritor de ficciones, es verdad que ha podido hacer algo con la conflictividad en juego, sin embargo, desconoce la telaraña que teje su propio fantasma, ese juego de fuerzas que le ha ido precipitando en la nebulosa incierta de los actos y de las elecciones más inconclusas. Por ejemplo, nada sabe acerca de su fuente más íntima de odio, de su atracción fascinada por el horror y la muerte, de la intensa rivalidad que comanda todo su mundo, de la glotonería superyoica e insaciable de goce que generan todos esos “banquetes de brutalidad humana” que le satisfacen, y como no también, de su cobardía exultante bajo un manto de carácter aplacado y tímido que le sirve de coartada. Además, tampoco sabe sacar las suficientes consecuencias de una relación claramente incestuosa y de revancha –la relación con su prima Puri-, que ejercita en el seno de esa familia, amada y odiada, que le acoge. La fascinación por el horror de la muerte, de la mano del abuelo materno, pero también el odio hacia él por lo que éste representa -el bando opuesto a la figura idealizada de un padre perdedor-, le hacen caer en una relación incestuosa que, más allá del envoltorio amoroso que nos muestra, representa claramente el ataque frontal inconsciente a esa familia odiada que forma parte de él mismo. Es su división desconocida lo que subyace en ese mismo acto sexual. Precisamente las palabras de su primo José Antonio son la llave que nos abre esa verdad tan oculta para él. “Mis padres te recogieron en nuestra casa y pervertiste a mi hermana cuando era solo una niña, hijo puta, qué se podía esperar de la ralea de tu padre… Te echamos de mi casa, el abuelo tuvo el gesto de recoger a un degenerado como tú pero volviste como un carroñero y la dejaste preñada, hijo puta… Lo que has hecho sufrir a mis padres, al abuelo y luego tuviste los cojones de poner un pleito”, para conseguir la herencia.

De ahí que, en ningún momento, y ante todas las agresiones sufridas por éste a lo largo de su vida, él se plantee jamás la más mínima denuncia. ¿Qué es lo que está en juego, en su silencio? Sin duda, la culpa, su propia culpa neurótica.

Por otra parte, es todo un acierto cómo el autor nos describe la secuencia de la ruptura fantasmática del personaje Fidel, y su entrada en el trance obsesivo, incluida la tentativa de suicidio, allí cuando la fascinación por el horror y la muerte, la caída de los ideales a partir del descrédito de la educación, la dificultad para crear una relación amorosa más alejada de la telaraña edípica o el slogan definitivo de que la desdicha no tiene remedio, vienen a romper el fantasma. En este punto, y ante la disyuntiva que encierra el empuje del odio furibundo hacia el adversario, el sujeto tiene dos posibilidades: matar al semejante, o bien, matar a ese objeto odiado que forma parte de uno mismo. En esa coyuntura el sujeto elige lo segundo, de un modo light, porque evidentemente la ingesta de pastillas no es el pasaje al acto tan certero y exitoso del melancólico. Motivo éste que nos permitirá descubrir cómo el personaje elige, a partir de entonces, la senda de lo intelectual como modo de acallar ese inconsciente que brama intensamente en él. La relación transferencial, a partir de la ayuda psicoterapéutica y farmacológica de un personaje femenino –feminidad claramente enigmática y problemática para él-, vienen a dulcificar su senda tortuosa, aunque no podamos deducir de la relación nada más que el valor que ejerce la profesional como Gran Otro.

El resultado final, y es francamente muy acertado por el juego de espejismos y de ilusionismo que configura también la trama vital del propio autor, es la salida a través de la ficción allí donde nuevamente el fantasma se ve asediado por la ruptura del círculo de amistades, a partir de la explosividad del amor.

De ese modo, la ficción, convertida en una nueva vida capaz de generar ilusiones, y la escritura, como instrumento al servicio de la organización del sufrimiento, le abren un nuevo escenario de vida. Sin embargo, nada hace predecir de esa elaboración, que el encuentro con la mujer, que forma parte de su problema, vaya a ser distinto. La añoranza de la novela edípica y la idealización incestuosa, aún planean, con fuerza, en ese escenario final que culmina con la primacía y el valor de lo literario frente a la supuesta realidad de los hechos. Una vez más, y como no puede ser de otra manera, triunfa la realidad psíquica fantasmática sobre el mundo de los hechos, aunque el verdadero problema, el goce, siga sin quedar suficientemente desvelado y anudado para él.

Luis-Salvador López Herrero.
León, 9 Marzo 2012.

lunes, 12 de marzo de 2012

LOS DIENTES DEL RELOJ de Raúl Campoy Guillén

De entre las múltiples formas que tiene la poesía de invitarnos a realizar el viaje hacia la esencia que supone leer, acaso la más exigente sea la de la metáfora.
De hecho la poesía conceptual, metafísica, apela a nuestra capacidad de síntesis y profundización convirtiendo cada verso en un punto de partida para la meditación, como el zen, y así, entre los poetas de la última generación, nos enseña a hacerlo la contenida poesía de Álvaro Tato.

La poesía narrativa por otro lado nos presenta una anécdota vital o emocional para que la contrastemos biográficamente, la trasvasemos, la rebasemos y hagamos de ella una forma de iluminar nuestro entendimiento del yo, de la vida, de la caducidad y del ofrecimiento imperfecto de la muerte. Y así nos lo hace ver mediante su magnética poesía, por ejemplo, Josep María Rodríguez.

La poesía cifrada, oscura como un pozo lleno de diamantes, apela a nuestra invitación indagadora para hacernos extraer con exigencia principios iluminadores desde el lado menos racional de nuestro entendimiento, y así queda patente en los libros, por citar un hombre sólo, de Julieta Valero.

La poesía experimental busca, persiguiendo el arduo e inagotable camino que abrieron el Barroco, las Vanguardias y el Psicoanálisis, nuevos caminos expresivos repletos de laberintos armónicos que amplíen lo que se entiende por realidad, libertad y normalidad. Y así lo percibimos al leer la poesía exploradora, innovadora, del primer Eduardo Fraile y de Vicente Luis Mora.

Como una combinación reelaborada de estas cuatro corrientes que enriquecen nuestro lírico hoy podemos entender la poesía englobadora y audazmente metafórica de Raúl Campoy Guillén (Madrid, 1978).

Después de un primer libro fresco, vivencial sin narratividad, con reminiscencias clásicas en el fraseo y la métrica libre y con una atmósfera y lenguaje eminentemente posmodernos a la hora de escribir y ordenar la vida desde el yo -DONDE CASI AMANECE (Ed. Calya); poemario que ya apuntaba a la inmersión truculenta en las inmediaciones del republicano ámbito de la imaginación metafórica- este autor ha venido a entrar ya en la selva de la metáfora desnudo pero armado.

Así su libro LOS DIENTES DEL RELOJ (Ed. Atlantis) es en verdad una apuesta por la metáfora como instrumento fértil en el objetivo de convertir su poesía en un compendio de visiones.

Se trata ya esta poesía de una forma original –entendamos esta palabra en su sentido Romántico- de avanzar hacia la imaginación sin contornos que supone la locura, pero no desde el automatismo psíquico puro que reivindicaban André Breton, Benjamín Péret y el resto de surrealistas pioneros, sino desde el lado densamente barroco de la metáfora postgongorina (lado retomado entre nosotros de modo sublime por Antonio Gamoneda y Juan Carlos Mestre como vía de expresión autorreveledora como camino hacia lo universal cifrado).

La irreverencia, la heterodoxia, un punto de iconoclasta suburbano, una forma curiosa de profesar y practicar el erotismo lírico, el experimentalismo sutil pero no juguetón, el surrealismo racionalmente controlado y una variedad métrica versátil que no rehuye ni el poema en prosa a la hora de hacer ver al lector que, en su lirismo, el contenido desborda a la forma, son los componentes o coordenadas de un libro que quiere ser, y con frecuencia lo consigue, un revulsivo emocional que lo mueva todo de sitio dentro de quienes lo leemos…

Como la teología y la teosofía, la poesía de Raúl Campoy, ya que a cada paso se sumerge en el yo y se renueva, nos viene a llevar al más allá.

viernes, 9 de marzo de 2012

EL ASESINO HIPOCONDRÍACO de Juan Jacinto Muñoz Rengel

La novela negra americana y la novela negra inglesa y hasta la novela negra sueca tienen su sello propio intransferible, identificable, que, además, ha calado en el público lector desde hace décadas.

Teniendo en cuenta esto no han sido pocos los intentos de conseguir, y creo que se ha logrado, una novela negra española con marchamo propio. Tal logro, saltándonos precedentes como García Pavón o Mario Lacruz, empieza a culminarse con Manuel Vázquez Montalbán y González Lesdesma, pasa por Andreu Martín, Gelbenzu, Lorenzo Silva, Alicia Giménez Bartlett y Juan Madrid, y ha cobrado un renovado vigor por parte de las últimas generaciones de escritores.

La novela negra española está de hecho dejando de tener un corte social y costumbrista para pasar a beber en las ricas y también castizas fuentes del esperpento y el humorismo genial de narradores de la vanguardia española como Mihura, Gómez de la Serna y Jardiel Poncela. Y por ese fértil camino se han adentrado nuestros nuevos escritores del género como por ejemplo Juan Aparicio-Belmonte (recomendamos en este sentido su novela UNA REVOLUCIÓN PEQUEÑA) y David Torres (véase NIÑOS DE TIZA).

Un paso más allá en las posibilidades y la originalidad de la narrativa negra española lo acaba de dar con su primera novela el ya celebrado autor de cuentos Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974). Su obra se titula EL ASESINO HIPOCONDRÍACO. La edita Plaza&Janés. Y es una locura.

La suya, hablemos en serio, es una novela narrada en primera persona desde el punto de vista del asesino, un depravado neurótico moralmente deleznable y de acontecer surrealista, como en las obras de los autores de su generación citados, pero que consigue ganarse al lector y erigirse casi en víctima debido a su delincuente condición de “hombre asediado por la mala suerte”.

Este personaje, lo que en psicoanálisis se denomina un perverso polimorfo, un ultraobsesivo, es un logro literario en toda regla, un asesino a sueldo que cuenta su historia para que desde tal perspectiva la trama negra sólo se sobreentienda, un aprensivo en grado supino, al que van y encargan liquidar a Eduardo Blastein. Pero la originalidad de El asesino hipocondríaco –novela que, como ocurre en los últimos y más impuros narradores de novela negra en España, es una novela negra a su manera- radica no sólo en que, en vez de centrarse la narración en el acontecer exterior a los personajes como suele hacerlo el género, aquí lo central de la narración es el interior de lo humano; principalmente el interior del asesino. Y es un interior quebradizo, maleable, neurótico, y, tan tan aprensivo, que en el lector produce risa, afectación, casi comprensión, casi empatía, estupor, repulsión, odio y afecto, lejanía y cercanía en la misma medida: todo al mismo tiempo mientras va fluyendo el disparatado argumento.

Sin embargo no sólo en la perspectiva narrativa, este narrar desde dentro de los personajes lo que les ocurre fuera, radica la originalidad de una obra contada, como decimos, desde el lado de acá del esperpento. Más bien su logro mayor es el de añadir al marchamo de la novela negra española de hoy la intertextualidad. ¡Sí, la intertextualidad!... ¿Qué tienen que ver con la falta de pericia criminal, con las innumerables afecciones y con la mala suerte de este asesino Poe, Proust, Moliere, Voltaire, Kant y Tolstoi?... Para saberlo tendrán que leer esta novela divertida y de prosa eléctrica que supone el audaz debut de un novelista que promete muchas emociones impagables.

lunes, 19 de diciembre de 2011

LYON, 1943 de Ana Martín Puigpelat

Igual que la música clásica hace ya mucho tiempo que empezó a transgredir la melodía y la pintura también hace ya mucho transgredió la figuración, la poesía, el arte literario que más ha avanzado sin perder su esencia, lleva mucho tiempo –desde las vanguardias, aunque hay quien diría que desde el Barroco- transgrediendo la lógica y buscando nuevos conductos de expresividad.

Sí, la poesía moderna –la poesía que no desea ser continuista- lo es sobretodo porque, como género apasionadamente indagador, se va impregnando de nuevos registros para hablar de lo mismo: la condición humana y la caducidad.
Visto desde ese prisma cabe todo en el poema, todo lo que cabe en el mundo, parece decirnos Ana Martín Puigpelat en su último libro titulado LYON, 1943 (Ed. El sastre de Apollinaire).

Construyendo el texto con estructura fílmica, y repleto a su vez de dramáticos cambios de diálogo escritos en estilo indirecto para una actriz -¿la autora?- que interpela sin respuesta a un amor, o a varios, este libro de versos salmódicos es mucho más que un paraíso de enumeraciones en versículos repletos de metáforas. Y lo es porque lo más audaz del conjunto, aunque lo que resalta primero es el brillante lenguaje, es en mi opinión esa estructura que rebasa innovadoramente el sáfico fragmentarismo –dicho en los términos en los que utilizan de forma renovadora el fragmentarismo sáfico, llamado también la estética del fragmento por Natalie Barney, Djuna Barnes y demás iniciadoras del París de los locos años 20, autoras de nuestras letras como María Mercé Marçal, Ana Roseti, etc- de anteriores libros de esta autora.

Y podía haber sido la historia de amor torrencial, turbulento, desbordado y lacerante en medio de un asedio que en este libro se nos cuenta un relato, una obra de teatro o un guión de cine con nazis de fondo. Sin embargo la autora, ebria de metáforas que tocan, ha conformado un poema dividido en tres secciones y deshilachado, evocador, intenso, construido a base de fundidos que nos pasan a otra escena, de diálogos sin respuesta, de monólogos con imágenes de fondo y de una narratividad diluida por el lirismo que a todo se aviene, y todo lo incorpora transformándolo.

El estudio crítico de Philipe Merlo Morat que acompaña al libro esclarece el cronotopo del título más que el propio texto, y lo presenta en conjunto como un poemario de resistencia en la más amplia acepción de esa palabra teñida de Historia. Afirma asimismo que este libro habría de pertenecer al subgénero de la “poesía histórica”, y analiza el yo poético así como la recepción del discurso lírico disgregado en cuatro tus. Pasa sin embargo el interesante, erudito e indagador epílogo crítico casi por alto la proeza estructural, centrándose en esos otros aspectos que hacen de éste un libro no exento de personalidad.

martes, 13 de diciembre de 2011

EL LIBRO DE LAS HORAS CONTADAS de José María Merino

La riqueza más exportable con la que cuenta León –bueno es decirlo en sísmico tiempo de crisis- la producen sus creadores.

En este sentido ayer se presentó aquí la última novela de José María Merino: se titula El libro de las horas contadas, es una historia-puzzle escrita con la habilidad de un preclaro cuerdo, está asimismo entreverada con cuentos en los que muestra una imaginación lunática, y tal vez nadie afirmaría que este atrevido libro es autoficción, pero para mí, como decía don Saturnino en Villalobar, esu ye tan claru que da cosa comentalo.

Merino, sin presentar el texto como una narración de índole reveladoramente personal, pero sin dejar de serlo, cuenta con magnetismo la historia fronteriza de un escritor maduro, imaginativo, minucioso y con accesos de nostalgia, con una sensibilidad casi de naturalista para el paisaje y los animales, neurótico e hipocondríaco, el cual está casado con una mujer tan cómplice como creativa. Muy cerca de este matrimonio gravita un primo viudo cuya mujer se suicidó… El conflicto viene dado por el hecho de que al escritor le han detectado una enfermedad grave de la que le han operado, y la cual precisa de una nueva cirugía. Y es que él, tras experimentar las acentuadas alteraciones de conciencia que tanto el diagnóstico como la enfermedad provocan en todo paciente miedoso, decide transformar esos patológicos trastornos de realidad en cuentos (así va trazando una paulatina simetría entre realidad y ficción mediante la curiosidad, la memoria y la imaginación). En uno de los cuentos hace ver que sabe del deseo de su amigo por su mujer, y ese relato exaspera a ambos, para pasmo del escritor (esto le obliga a justificarse, desarrollando a tal efecto una teoría justificativa sobre que el que narra es siempre “el otro yo del escritor”, pero tal teoría no convence a su mujer, ni a su amigo, ni tampoco al lector que no cesa de asistir a como el escritor de El libro de las horas contadas y su “otro yo” se superponen constantemente)…

De este ingenioso modo van fluyendo no sólo el argumento de la novela y los cuentos que escribe el autor-protagonista, sino también lo que estos cuentos producen en el resto de personajes (el lector percibe así como esos reatos-límite van contagiando con su ritmo y su fantasía a la novela que los contiene, la cual aún así no deja de ser realista ni bellamente metafísica).

A pesar de esos cuentos enloquecidos, y a pesar de las constantes impregnaciones fantásticas del argumento general, uno siempre sabe que ésta es una historia confesional como lo son siempre las grandes obras escritas desde esa atalaya que es haber vivido mucho bien…

Sí, hagamos frente a la crisis: la mejor forma de agradecerle a un escritor que siga generando riqueza y compartiéndola es leer su obra.

martes, 18 de octubre de 2011

FAROL DE SATURNO de Antonio Martínez Sarrión

No es un gran libro de madurez...

La inclusión de Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) en la celebrada antología de José María Castellet NUEVE NOVÍSIMOS POETAS ESPAÑOLES (1970) dio un empujón muy importante a su nombre en el concierto de la poesía española, pero asimismo simplificó un poco quizás el entendimiento de su poesía, que siempre tuvo preocupaciones innovadoramente cívicas –expresadas metafóricamente a través del jazz, la pintura, el cine, el decadentismo francés, el gusto por los heterodoxos y también el casticismo- las cuales trascendían no sólo la poesía social, sino también la novísima, llevando de una nueva forma a esta última, más allá del culturalismo y la contracultura, a un implicado y humanizante terreno ideológico.

Y es que Antonio Martínez Sarrión, como bien lo hemos recordado releyendo la reciente reedición en la Editorial Bartleby de su primer libro TEATRO DE OPERACIONES (2010), siempre ha sido un poeta cuidadoso de lo estético, sí, pero sobretodo empeñado en una sutil e irrenunciable finura ideológica: si la poesía novísima trataba de embellecer el mundo al llenarlo de referencias, la de este poeta humanizaba asimismo el mundo al plantearse y plantearnos posiciones.

Sin embargo la poesía del último Antonio Martínez Sarrión, casi dejando a un lado el culturalismo, es contestataria de otra forma: de hecho está concebida como un emocionante trabajo lírico de síntesis vital y poética (las preocupaciones son las mismas pero la rebeldía presenta más pasión que acción, el lenguaje lírico avanza hacia la desnudez, y la contención pone ahora su poesía rumbo a esa perfección que nuca se alcanza).

Lo vino haciendo ya en su libro CORDURA (1999), un texto repleto de hondura e ironía escéptica; de veleidades caricaturescas combinadas con poemas metafísicos repletos de estoica lucidez, al lado de poemas epigramáticos. A este siguió otro poemario que intensificó dichos postulados, POETA EN DIWÁN (2004), que prosigue con el estoicismo formal y el orientalismo emocional y vital, pero esta vez salpicado todo con pinceladas de expresionismo postista y de tremendismo de posguerra.

Y ahora acaba de salir a la calle, también publicado por la Editorial Tusquets, un nuevo libro del autor titulado FAROL DE SATURNO, que, ahondando de nuevo en la orientalizante apología de la brevedad y en la contemplación como camino hacia la iluminación, es compendio y culmen de su última y acaso más perdurable poética.

Se trata éste de un libro de poesía progresiva, cada vez más desnuda, cada vez más posicionada del lado de ese ascetismo y esa renunciación como escudo frente la zafiedad del mundo que propugnan los budistas, y cada vez más asentada en lo que de verdad es la desengañante vida: todo sin perder la irradiante fe en la belleza, en la dignidad, en la inteligencia y en la propia poesía como salvaguarda y cura existencial.

Sin embargo el viaje hacia la síntesis poética de Antonio Martínez Sarrión aquí mostrado, en vez de oscurecer herméticamente su lenguaje como en el caso de otros poetas que vienen realizando parejo itinerario en ellos asociado a la vejez –Antonio Gamoneda, por ejemplo- lo ha abierto a la luz eliminando de su voz las cifradas impregnaciones surrealistas de anteriores entregas del autor, y reduciendo en estas páginas el culturalismo cosmopolita a las menciones de Buda, Keats, Bartleby, Gautama y un poeta japonés del siglo XVII llamado Basho.

Tres vetas temáticas recorren transversalmente este libro: los poemas moralistas que denuncian y advierten de la necesidad de protegerse de la degradación cívica, los poemas transidos de “sutilezas muy propias de Oriente” y los poemas biográficos que se retrotraen al pasado personal para retratar así, con perspectiva indirecta, el universal e intemporal presente.

Pero principalmente FAROL DE SATURNO sorprende por su lenguaje –un lenguaje contenido y por momentos directo y broco que acentúa la indignación; un lenguaje matizado, preciso y excepcionalmente bien empalabrado-. También sorprende por su libertad rítmica –este libro fluctúa entre el verso y la prosa como haciéndonos ver sin decirlo mediante su inencorsetable fraseo musical que el intenso contenido desborda a la forma-. Y definitivamente sorprende por una inquietante lucidez expresada mediante no pocos versos con vocación de cita literaria.

No es un gran libro de madurez. Es más que eso.

viernes, 2 de septiembre de 2011

EL FINAL DEL AMOR de Marcos Giralt Torrente

Los escritores cuyo proyecto literario es un exportable reflejo de su camino interior continuo, de la magnética evolución de su conciencia, tienen en común que con frecuencia sus últimos libros iluminan los anteriores e invitan a que aquellos puedan ser entendidos desde un nuevo prisma.

En este sentido los lectores de las novelas de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) hemos asistido a como su perspicaz realismo psicológico caminaba con paso sutil y fina mano literaria desde una imaginación sobria, indagadora y cosmopolita obsesionada con la verosimilitud, hacia la autoficción. Así si en su primera novela PARÍS (Ed. Anagrama, Premio Herralde) un hijo innominado con una convulsa relación con sus padres se preguntaba por los motivos de un antiguo viaje-huída de su madre a la capital francesa justo en el momento en el que madre e hijo se enfrentaban a la conflictividad penal y a las mentiras del marido y padre absentista... Y si veíamos en esa novela de prosa claustrofóbica construida desde la memoria una general bisección de las actuales y a menudo turbulentas tomas de conciencia de la condición de hijo –algo parecido a que si esta generación indaga en los motivos del fracaso de la generación de sus padres conseguirá inmunidad-... Ahora vemos también algo más epatante y revelador.

Asimismo si en su siguiente novela LOS SERES FELICES (Ed. Anagrama) un arquitecto culpabilizado y dependiente que vive en Berlín con una corresponsal de prensa tiene que comer con su padre y enfrentarse ineludiblemente así a su pasado, esto es, a un retrato familiar de fondo con padre desnortado, madre rencorosa y dominante y un medio hermano competidor de afectos: todo para acabar concluyendo que vivir un calvario psicológico familiar repleto de silencios y lacerantes sospechas lleva a ser consciente de que la ausencia de infelicidad es la felicidad... Ahora entendemos mejor el camino que lleva a tan audaz lección vital.

Y es que la publicación de su tercera novela, TIEMPO DE VIDA (Ed. Anagrama), obra concebida como un acto de extrema desnudez, ficción autobiográfica sobre la fluctuante relación del autor con su padre contada desde el fallecimiento de éste hacia atrás mediante los recuerdos del hijo –los cuales impactan por su psicológicamente detallada e impúdica exactitud, por su escabrosa singularidad y, aún así, por su universalidad a la hora de dibujar la condición humana- nos ha revelado a un narrador que cuenta historias incorporando en ellas esencialmente los valores de la autenticidad, la confesionalidad y la autoindagación propios de la mejor poesía, pero sin perder en ningún momento el ritmo, el vértigo y el tempo de la narrativa... Así hemos acertado a ver al escritor en sus personajes, en sus historias de truculencias familiares y psicológicas que dejan rescoldos y tarimas, y hemos visto el poder que el noble y universal arte de convertirnos en relato tiene a la hora de entendernos a nosotros mismos; a la hora de cicatrizar heridas, exorcizar demonios y evolucionar.

Ahora la Editorial Páginas de Espuma acaba de publicar el último libro de Marcos Giralt Torrente, esta vez un libro de cuentos con prosa de novela, titulado EL FINAL DEL AMOR (II Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, Editorial Páginas de Espuma). Se trata de cuatro relatos narrados en implicada primera persona los cuales compendian la obra escrita por el autor hasta el momento, sintetizan sus claves psicológicas, sus temas, sus atmósferas indirectamente cosmopolitas aunque claustrofóbicas siempre y esos personajes suyos que se alejan para estar más cerca: todo con el motivo vehicular del enigmático amor que declina para cohesionar el conjunto.

En el primer y más atmosférico relato titulado Nos rodean palmeras una pareja de viaje por África, en una isla del Índico se traslada a una isla más pequeña para intentar comprar baratas antigüedades, y, en medio de una lograda ambientación exótica, la trama en la que subyace la sombra constante de la sospecha y la amenazase centra en la relación que establecen con otra pareja de alemanes que les acompañan: todo para acabar dándose cuenta el narrador y su compañera de la asfixiante rutina en la que viven. Luego Cautivos narra la historia de una pareja que, a pesar de que no pueden vivir juntos, les es imposible alejarse, y más o menos este mismo tema se aborda en Última gota fría. Por último, en Joanna asistimos a la evocación de un primer amor de adolescencia determinante.

Existe una lectura estabulada de este libro de prosa hipnótica como algo independiente: así nos encontramos con un mosaico narrativo, casi un puzzle, que, lejos de tratar de producir en el lector sensaciones insólitas sino bien descritas emociones consabidas, nos sugiere además que todas las historias de desamor son la misma repetida y lo que las singulariza y, a la vez, universaliza es el punto de vista: todo cambia y se hace único en este tema al ser contado desde el yo. Desde este punto de vista este libro, que presenta cuatro historias que conforman aunadas el negativo fotográfico del amor, es un brillante elogio de la subjetividad.

Pero a su vez quien conoce la obra anterior del autor de talento contrastado para el psicologuismo y la autoindagación ve o cree ver en este libro algo de la tormentosa relación de sus padres, algo del viaje que el autor hizo con su padre a África, algo de psicoanálisis público, algo de... La narratividad total. La idea de que el desamor no es tanto algo abrupto como una consecuencia. La obra indisoluble del autor. Su huída del maniqueísmo que caracteriza el desamor contado. El valiente exhibicionismo de un autor que se desnuda para que nos descubramos a nosotros mismos todos sin imposturas o fantasmas...

jueves, 1 de septiembre de 2011

ACCESO NO AUTORIZADO de Belén Gopegui

Nací demasiado tarde, a finales de 1974, y no tuve ocasión de votar la Constitución: mis luchadores padres lo hicieron por mí, como lo hacen, en el fondo, casi todo. Gracias a ellos, a sus sueños, a su esfuerzo, a sus renuncias, estoy hoy aquí persiguiendo aún la mejor versión de mí mismo.

No caigo pues en el tópico de hablar desdeñosamente de la Transición ya que, hasta ese momento, la cíclica Historia nos había enseñado que lo que mejor sabe hacer este país es matarse; que cuando nos ponemos a ello nos matamos formidablemente. Y, como tratando de virar con altas miras, en la Transición a mi juicio nuestros padres y sus políticos lograron reinventarse haciendo algo aquí infrecuente: ponerse constructivamente de acuerdo en que estamos juntos en esto y lo que importa es vivir.

No olvido que procedo educacionalmente de la sencillez, el trabajo y el entendimiento, y además creo que me extirparon la malicia en un quirófano: por eso carezco de facultades para anticiparme a las triquiñuelas, que siempre creo bienintencionadas, de quien es capaz de pensar una cosa, decir otra, y hacer a su vez otra... ¡Menos mal que dispongo de la literatura y las hostias que da la vida para refinarme y aprender!

Y digo esto porque para mí los gobernantes son cada vez más un misterio con patas; seres atrapados por la seducción del poder con personalidades especializadas en desbordes, sorpresas y arrebatos: así las últimas noticias políticas son que el gobierno amplía la duración de los contratos temporales, ahí es nada, y que, mejor que escuchar a la gente por si se equivoca, se ha decidido cambiar la Constitución no como se hizo, entre todos, sino sólo entre ellos, los políticos con la sartén cogida por el mango.

Y, como nada se puede hacer al respecto, decepcionado por lo real me refugio en la ficción: leyendo la última novela activista de Belén Gopegui titulada ACCESO NO AUTORIZADO (ed. Mondadori,), un texto valiente con peso estético y moral que trata ficcionalizadamente sobre el gobierno que nos gobierna, uno se da cuenta de que hay quien sí lo venía venir todo... No sé si somos una colonia de eso tan esotérico que llaman los mercados, y no hay margen de maniobra. Pero, sin llegar a aquello que escribió Jean-Paul Sartre de que para quien ejerce la política la única forma de no mancharse las manos sería no tener manos, de la novela de BG se deduce que el verdadero éxito de un político con ideología es no traicionarse pues si se traiciona, si transige ante sí mismo y sus votantes al poner en práctica una política contraria a sus principios, fracasará siempre porque estará haciendo la política de otros, y eso es algo que hacen mejor los otros. Y, además, después de todo se sentirá, ya que mirar al pueblo será como mirarse en un espejo, como un traidor. ¡Con lo bien que había empezado la novela...!

viernes, 19 de agosto de 2011

LA URNA SANGRANTE de Pascual Pérez y Rodríguez

La novela gótica es la literatura del terror disciplinado, dicen los adeptos a la relatada magia de lo tenebroso... En este sentido Miriam López Santos, profesora de la ULE, es la principal experta en novela gótica española gracias a una tesis doctoral brillante según Luis Alberto de Cuenca y, además, es la descubridora y autora de la edición de una rara novela dentro del siglo XIX hispánico –La urna sangrienta o El panteón de Scianella- (esta atmosférica e inquietante narración que mantiene al lector siniestramente seducido, toda una rareza heterodoxa en nuestro canon, estaba perdida pero gracias a un audaz rastreo bibliológico acaba de ser recuperada por la editorial Siruela).
Ahora que vivimos un curioso resurgir de la literatura gótica posmoderna, gracias sobretodo a Anne Rice, resulta ciertamente conveniente recordar que se pensaba que la novela gótica –que llegó a su apogeo con perdurables obras como El Monje de Matthew Lewis, Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki y sobretodo Los misterios de Udolfo de Ann Radcliffe- era una tradición anglófona no arraigada en nuestras letras. Sin embargo ha venido la iconoclasta investigación de esta profesora ha colocarnos meritoriamente en el mapa gótico clásico.
La novela recuperada, terror mistérico con catarsis final, es obra de un avanzado intelectual del momento, Pascual Pérez y Rodríguez, revela por su concepción a un alma selecta y comienza exótica y justificativamente presentándonos a un viajero sistemático inglés, M. Smith, que, en su recorrido por ciertos lugares ignotos de Italia, llega la capilla de San Firmo: allí un franciscano le entrega el manuscrito de esta enigmática novela.
Con prosa penetrante y gran capacidad hipnótica el autor pasa a contarnos, en medio de un universo gótico puro de ambientes y obsesiones ancestralmente turbias, la delincuente historia de Ambrosio, torturado, satánico y emocionalmente purulento señor del castillo de Scianella, y un personaje emparentado con Signor Montoni, el maléfico bandolero italiano creado por Ann Radcliffe: Ambrosio, cuyos criados maniqueos Cenon y Coscia, como arquetipos bíblicos que ejemplifican el bien y el mal, reduplican y complementan en segundo grado en la ficción la gran lucha de fuerzas que en esta novela indirectamente moral se da, se contrapone obsesivamente a la casta y benigna Mandina, y de tal contraposición devienen sucesos demoníacos, atroces aquelarres del mal, persecuciones turbadoras, terribles, y... Todo con el ingrediente de los virtuosamente descritos escenarios: el palacio, sus alrededores y un ruinoso castillo con torreones, pasadizos, tenebrismo en cada rincón, viento que recuerda al exhalar de los fantasmas, galerías que hacen sentir la pegajosa cercanía del miedo... ¡Una literaria joya negra!... Pasen y lean, si se atreven.

lunes, 11 de julio de 2011

GIRA de Álvaro Tato

Simplificar es profundizar al máximo y bien nos lo recuerda Álvaro Tato (Madrid, 1978) en su último libro de poemas penetrantes titulado GIRA (Ed. Hiperión, Premio Fundación Miguel Hernández-Comunidad Valenciana de poesía 2011).

Desde un lirismo que procede por decantación los mesurados poemas de Álvaro Tato se suceden tal que eslabones de una cadena y, como en un viaje a la esencia, nos invita así, sin más estructura interna que el decurso mismo, a un magnético ejercicio de depuración.

El autor entiende la existencia como movimiento, identificando éste con el verdadero vitalismo, y así lo dice con sutileza en el primer poema titulado Himno. A partir de ahí introduce al lector en diferentes escalas de la gira de su vida, de la vida, a base de anécdotas emocionales, apuntes del natural y diferentes motivos –los cuales aúnan cotidianidad, cosmopolitismo, profundidad y cierto ramalazo de exotismo- a partir de los cuales se va poniendo en pie el templo de esta poesía minimalista colateralmente emparentada con el zen: cada verso un punto de partida para la meditación.

En el avanzar en línea recta o con circunvalaciones de danza que es la vida el poeta, sin deponer su yo, nos hace ver, más allá del lugar común de la existencia como viaje, que fundamentalmente somos viajados: no otra cosa es según él esa perpetua migración que conlleva el existir atentamente, abiertamente, aferrados al misticismo sacro y cotidiano de la poesía.

Como haciendo frente a la dispersión en que se ha convertido hoy la vida la concentración lírica que este libro propone logra metáforas inquietantemente audaces a veces, pero insertas en un flujo de conciencia que procede y se apoya siempre en lo real, sea lo que sea esa indómita fuente de símbolos tan fértil como la imaginación: se apoya en lo real para trascenderlo sin alardes como un José Ángel Valente menos herido de abstracción.

Al tiempo que el poeta va dando cuenta de las modificaciones del ser que le van produciendo las emociones que emanan del devenir, nos propone de ese modo, mediante su poesía sofisticada pero no enjoyada entendida como un acto de desnudez extrema del lenguaje –no hace falta así un confesionalismo subyugador-, volver a un ritmo emocional más acorde con los ciclos naturales y mentales. Es la minuciosidad de la distancia corta. Es la sugerencia que emana de la precisión. Es el regalo de quien trata de apresar el misterio y el encanto de lo que en vano llamamos normalidad, porque, como decíamos al inicio, este poeta sabe y se olvida de que sabe que simplificar es profundizar al máximo.

miércoles, 11 de mayo de 2011

SONATA A KREUTZER de Lev Tolstói

¿El carburante principal de la vida es el amor o lo es el deseo? ¿Existe una noción fija de vicio? ¿Es de verdad una ilusión creer que la belleza es bondad? ¿Sólo desde la perspectiva de quien ha cruzado la frontera moral se puede ver con objetividad lo que mueve a los seres humanos a emparejarse? ¿Tiene razón el protagonista de SONATA A KREUTZER –Pózdnyshev, un hombre que se casa enamorado y dispuesto a llevar una vida de tranquila felicidad doméstica pero al cual, cuando las dulzuras de la luna de miel pronto dejan paso a la rudeza de la vida cotidiana, los demonios procedentes de su inconsciente le nublan y dirigen hasta el punto de que, al entrar en escena sus celos, el final trágico se precipita y termina quitando la vida a su mujer- cuando afirma que el amor más sublime no depende de las cualidades morales sino de la intimidad física además del peinado o del color o el corte del vestido?...

“En todas las novelas –afirma el inquietante Pózdnyshev- se describen hasta el menor detalle los sentimientos de los héroes, los estanques, los arbustos junto a los que pasean; pero al describir su gran amor hacia alguna muchacha no se menciona nada sobre qué fue de ese interesante personaje antes de dicho amor: ni una palabra sobre sus visitas a las casas de citas, ni de las criadas, cocineras y mujeres ajenas. Y si hay novelas indecentes como éstas, tales obras no se ponen al alcance, y esto es lo importante, de aquellas a quienes más falta les hace saberlo: las jóvenes”. Y situando el autor esta reveladora cita casi al principio de esta narración minimalista suya la sitúa así del lado de la indecencia, curioso, para desarbolar indirectamente desde ahí toda una cada vez menos vigente teoría moral sobre el amor que se desarrolla principalmente en la primera parte de la novela. Pero la sabiduría narrativa del autor radica en esto no deja de ser nunca una novela pues dicha teoría se mantiene en todo momento al servicio de una trama forjada, por cierto, con intensidad, nervio y un notable sentido de la intriga. La trama ocupa por completo la novela en su segunda parte, en la que el protagonista abandona ya las reflexiones generales sobre las relaciones entre hombres y mujeres, para centrarse en los detalles de su infeliz vida matrimonial, donde los momentos de deseo acabaron por no poder encubrir el odio que se había ido desarrollando entre los cónyuges, y es cuando el texto se nos muestra menos interesante. A pesar del final dramático, de la tensión creciente que conduce a él, todo tiene menos capacidad de apelar al lector (el único enigma final es si el protagonista estaba loco o era un hombre cínico con rasgos perversos).

A pesar del sello propio, del conseguido clima, del estilo poderoso con el que describe al personaje, su contexto y su enigma, del impecable sentido del ritmo narrativo y del valor transculturalmente contrastivo de este relato -un realismo con momentos costumbristas, diálogos suculentamente teatrales y hasta una escena gore-, uno hecha de manos las elipsis, el detenimiento, las atmósferas, los matices casi hasta el infinito y el realismo venturoso de esas grandes novelas que convierten al maestro ruso en la encarnación de la racionalidad, la voluntad proteica y el clasicismo incontestable... Sin duda se trata ésta de una obra menor del autor de perdurables obras maestras como GUERRA Y PAZ, LOS COSACOS y ANNA KARÉNINA.

miércoles, 4 de mayo de 2011

LA SIESTA DE M. ANDESMAS de Marguerite Duras

Novelas que redactó inflamada de ginebra, novelas que escribió enferma de no beber, novelas con prosa fílmica, novelas de autoficción, inquietantes novelas escritas en una primera persona tan convincente como narrativamente eficaz y novelas en tercera persona sobre personajes inventados, observados, soñados que también la definen; nos definen...

Pocas veces se han aunado literariamente la contención, la voluntad de precisión verbal, el ritmo hipnótico y la capacidad de auto-revelación de modo tan perdurable como en la obra de la escritora francesa Marguerite Duras (Saigon 1914, París 1996).

Por eso celebramos esta traducción definitiva al castellano de una de sus delicadas novelas de transición, LA SIESTA DE M. ANDESMAS, recién publicada por la Editorial Demipage, y con prólogo y firma de Amelia Gamoneda.

Esta novela repleta de delicadeza emocional está escrita en 1960 durante la etapa cinematográfica de M. Duras –época de la llamada escritura fílmica en la que llevan a la gran pantalla su novela MODERATO CANTABILE y ella misma escribe el guión de la película HIROSIMA MON AMOUR- e inicia la personal transición hacia la novela de observación, que tiene su punto álgido en EL ARREBATO DE LOL V. STEIN (pocos años después su literatura viraría hacia el camino de la autoficción para dar lugar así a incontestables obras maestras como EL AMANTE).

Con prosa exacta, aleatoriamente minuciosa, líricamente musical y poseedora del magnetismo que emana de la sugerencia se nos cuenta aquí una demorada historia que sucede en un mundo abocetado, un entorno rural emboscado, concretamente en el mirador de una casa cercana al mar: abandonado en una silla de mimbre de dicha casa –que acaba de comprar para su hija Valérie-, el señor Andesmas espera al contratista de obras Michel Arc. Se propone encargarle la construcción de una terraza si finalmente está de acuerdo con el presupuesto que éste le va a traer. Se imagina la obra terminada.

Como si de ESPERANDO A GODOT se tratara, pero sin la inclinación al absurdo de Samuel Beckett, este anciano espera recostado y atento, y los acontecimientos, que empiezan siendo exteriores, paulatinamente se convertirán en algo interior gracias a la prosa virtuosamente minimalista de esta autora. Se escuchan ecos de una canción cercana. Hay gente camino del baile. La pulsión de espera. Un perro que pasa. El calor. El contratista que tarda demasiado. Valérie. Su amada hija Valérie. Valérie que lo es todo para él... Recuerda los tiempos pasados en los que él lo fue todo para ella, y en el fondo detesta que su hija haya crecido y se haya independizado tanto... Micel Art me manda decirle que llegará enseguida... Si le fuera posible no tardar mucho sería muy amable de su parte...

El punto de giro argumental se produce sin brusquedad cuando aparece frente al mirador la mujer del contratista, y le dice a Monsieur Andesmas que su marido le ha abandonado. La espera se transforma entonces en soledad. Luego en solapada angustia. Piensa en su hija Valérie. La recuerda bailando por todos los salones de la casa. ¿Su hija se habrá fugado con el contratista? ¿Qué sentido tendría entonces el presupuesto para la terraza, y esta casa, y su vida?

He aquí una breve novela de fluidez infrecuente que, ahora que abunda la rapidez, los efectos, la sobreexcitación y el vértigo, se lee no tanto por el argumento en sí sino sobretodo por el trasgresor, casi revolucionario, acto de sintonizarnos con un ritmo narrativo más acorde con nuestros ciclos naturales y mentales. Se lee por el placer de leer y por la agradecible certidumbre de estar empapándote de sutileza; de lucidez... No se la pierdan.

martes, 3 de mayo de 2011

EL CORRECTOR de Ricardo Menéndez Salmón

¿Lo que estamos viviendo hoy es la realidad o una novela? Esa pregunta platónica subyace en las páginas de El corrector (Ed. Seix-Barral), la última propuesta narrativa que nos hace Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971). ¿La realidad y la ficción son indiferenciables en el discurso de los políticos o en el de la televisión? ¿Las grandes desgracias como el 11M, con su salva de muertos y horror, pueden considerarse una errata?

En efecto probablemente sólo un novelista, al contarnos mediante su inteligente fluir de la conciencia qué pasa después del apocalipsis, alcance a impedir que sigamos viviendo como si nada hubiera pasado. De hecho así lo corroboró Don deLillo en su impactante novela El hombre del salto en la que nos presentaba, desde la perspectiva de un testigo sobreviviente aferrado a su maletín, la crónica más alegórica que documental del 11S, el día de la infamia para Norteamérica y para el mundo. Y eso mismo intenta ahora El corrector al repasar, mediante la lupa desentrañadora de la ficción, nuestro no menos infame 11 M.

En estas páginas nos encontramos con Vladimir, un hombre desconfiado en extremo aunque redimido por el amor de su mujer –Zoe- y el recuerdo de su hijo –Eric-, metódico corrector de pruebas que está trabajando en las galeradas de Los demonios de Dostoievski. De pronto Uribe, su jefe y amigo, le llama para decirle que han puesto una bomba en Madrid y varios trenes han saltado por los aires, y así comienza para él el 11 de marzo de 2004. A partir de ahí asistimos a la crónica emocionalmente minuciosa de esa jornada, y recordamos así como los políticos del gobierno se iban empeñando en convertir la realidad en ficción manipuladora (esta novela realista, novela social de un posmodeno modo, bien puede entenderse también como una respuesta a la cuestión de cómo afecta la ficción a nuestra comprensión de lo real, incluso de lo real más inmediato).

Vladimir, protagonista y narrador de esta obra, cuenta los hechos y los juzga, se implica y nos implica para que el 11M no deje de tener la dimensión que tuvo aquel día y que merece en nuestras conciencias: en este sentido he aquí una novela contra el olvido histórico que tanto nos diluye.

Si bien, como decíamos, esta novela está en la estela del empeño de El hombre del salto de Don deLillo, nos hace recordar también otra de Luis Mateo Díez titulada La piedra en el corazón, la cual trata igualmente el tema de nuestro 11M y lo hace, coincidiendo con Menéndez Salmón, sin apartarse demasiado de lo biográfico –de hecho tanto en la novela del leonés como en la del asturiano uno lee sin casi dejar de ver al autor cuando mira al personaje protagonista-.

Sin duda es meritorio el modo en que esta obra, El corrector, nos invita a dudar de la realidad al demostrarnos que “somos hijos de la cultura del simulacro”. Por eso una lucha entre materialismo e idealismo es esta novela. Y eso mismo la política. Aprovechando su condición de corrector, el protagonista no ahora críticas al panorama literario actual y, además de la prolija intertextualidad, no falta aquí la cinefilia que aparece mediante uno de los personajes, el padre mitómano del protagonista.

La prosa ya característica de este autor, con ese ritmo entrecortado y condensado que hizo grande a Marguerite Duras, rebosa hondura y plasticidad al narrar una historia que nos abre los ojos, y la cual termina, como Freud, propagando el escepticismo cultural.

Si en su conmovedora novela La ofensa Ricardo Menéndez Salmón retrataba prodigiosamente el mal al hablar de la guerra, y en Derrumbe hacía lo mismo a menor intensidad al hablarnos de la delincuencia homicida, El corrector insiste en abordar el mal como tema, esta vez al hablarnos del terrorismo directo y poco sofisticado… No falta quien dice que con el inolvidable argumento de La ofensa, la elaborada estructura narrativa de Derrumbe y el tono de El corrector este autor, que ya es una regencia, lograría su novela perfecta.