martes, 3 de mayo de 2011

METEOROS de Antonio Pereira

Poesía con más hallazgos que ocurrencias, con más encuentros que encontronazos. La pulcritud emocional hecha versos… Acabamos de saber que le han concedido a Antonio Pereira el Premio Francisco de Quevedo de Literatura por su libro METEOROS (Poesía 1962-2006), publicado por la Editorial Calambur. Y por eso creemos que ésta es una ocasión tan buena como cualquier otra para decir que se puede leer dicho libro de poemas así, a escondidas, casi como quien pega un oído a la puerta de un ilustre desconocido y oye cierto silencio profundo, recipiente de sonidos, y escucha también el trino de los pájaros, y el cantar de las criadas, y la oración de los antepasados, y la vida palpitante, y el latido de la nostalgia, y la belleza contemplada desde altos miradores.

Antonio Pereira, ese escritor de rostro felino que camina por la existencia como un moderado reformista de nuestra alma, escribe poemas que contagian serenidad y clarividencia. Sí, con la exactitud rítmica de los clasicistas pero aportando también la rebeldía sin aspavientos de quien siempre ha ido por libre, nos regala hoy su obra poética completa de la que aprendemos que la poesía es consolación y belleza y así lo demuestran aquí tanto su economía verbal como cierto esplendor rítmico capaz de ganarse honradamente nuestra complicidad lectora. Sabiduría sencilla en la estela de Machado. En la estela de un cometa. De un meteoro.

Dentro de los libros que, como piezas de puzzle, aquí ahora conviven destaca a mi entender “Cancionero de Sagres”, bello canto fraternal, casi himno, casi abrazo, casi salto de agua, en honor a Portugal. Tiene cadencia de fado y nostalgia lisboeta este libro, tiene blanca saudade, y conmueve por su mirada detallista y melancólica y, también, por alguna memorable historia universal que nos regala esta poesía por momentos tan narrativa (como ejemplo el humano y hermoso poema titulado Cementerio de Évora y también otro que lleva como título la palabra Episodio).

Igualmente no se puede pasar por alto “Viva Voz”, compendio de poemas nuevos, inéditos, que aquí se incluyen con toda su frescura y vigencia como para subrayar la eterna juventud de este poeta bendito, de este aristócrata de la amistad y la felicidad, de este escriba emocionante que es Antonio Pereira. Está este último lleno de homenajes –Cristóbal Halfter, Norberto Beberide, Enrique Badosa, Picasso, Victoriano Crémer, Eugenio de Andrade, Amancio Prada…- y tiene de fondo algo como de reafirmación en pugna con lo testamentario, pero sin embargo no hay tristura sino contagiosa esperanza y una envidiable fe en la vida y la amistad.

Así expresado en los poemas el mundo parece una formidable romería con su cáncer de vanidad y pecados, pero también y sobre todo con su apasionante día a día, su belleza y su verdad. El mundo mecanografiado por este blanco abuelo de todos, por este bardo del pueblo, como enseñándonos al cabo que nada hay menos convencional que lo claro y directo. Es poesía atenta, vindicativa, sin las conspiraciones y los excesos de la imaginación desatada; toda una lección de refinada naturalidad.

Al terminar de leer este libro que tan bien resume la evolución de una conciencia se nos queda el alma en un delicado estado armónico, sin éxtasis ni espejismos sino simplemente así, en paz y a salvo como víctimas de la bondad. Lo indescifrable se ha convertido ya en un arrullo, un halo de luz, un momento de pequeño esplendor que nos inspira en la medida en que nos enseña que en la vida la poesía es ese rayo de pureza, de expectación y de sorpresa capaz de conducirnos cada día por la senda de la autenticidad.

Son libros como éste los que nos llenan de impulso, nos recuerdan con piedad de dónde venimos y así nos hermanan con la tierra, con las gentes, con el tiempo y con la paz.

Hay que seguir empleando energía en el imprescindible acto de conmoverse.
Por eso de todo corazón les recomiendo este libro.

OCNOS de Luis Cernuda

Leer un libro como quien vuelve al cuarto de juguetes que habitó de niño, un poemario como un mapa para saber regresar sin perderse, un elixir de la eterna infancia irrepetible donde todo empieza... La colección de poesía Signos -integrada en la Editorial Huerga&Fierro-, acaba de reeditar OCNOS, de Luis Cernuda, en una edición preparada y prologada por Francisco Brines.

Según aclara la cita inicial que precede al texto, fue en la obra de Goethe donde encuentra nuestro autor la mención de Ocnos, personaje mítico que trenza los juncos que han de servir de alimento a su asno. Escribe Francisco Brines que Cernuda “halló en ello cierta ironía sarcástica agradable, se tome el asno como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público, igualmente inconsciente y destructor”. Luego el prologuista nos hace un sintético repaso de los antecedentes formales de poesía en prosa a los que debió tener acceso el poeta sevillano, tanto en los que se insertan en la tradición hispánica (Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, etc), como en los del canon francés (Baudelaire. Rimbaud, etc). Francisco Brines con su documentado prólogo nos ilumina y sitúa. Y luego vine Ocnos.

Hay libros que se leen despacio, rozando con los ojos cada letra impresa. Se leen ausentándose mientras tanto de este mundo nuestro lleno de prisas y ruido contagioso, y uno parece limpiarse con las páginas el ánimo y el alma de infecciosas interferencias.

Pequeños pasajes cristalinos que convierten la memoria en cadencia, anécdotas emocionales con un diluido fondo de piano, Sevilla fotografiada en palabras desde Escocia, Ocnos es el libro de un poeta exiliado de todo que mira hacia atrás con clarividencia acaso para ponerse a bien con el universo.

El autor comienza a escribirlo en Glasgow (Escocia) en 1940, y es en la distancia espacial y temporal donde consigue la lucidez armónica que impregna este libro. Utilizando una segunda persona referencial en muchos de los textos, nuestro autor va recogiendo del suelo sus propias huellas y le llevan hasta una Sevilla mítica con bazares y huertos, con magnolios y vicio mientras las estaciones gradúan la luz a la orilla del río. “Y te adentraste en la ciudad abrupta, maravillosa, como si tendiera hacia ti la mano llena de promesas”.

Ocnos nos enseña entre otras cosas que la memoria está llena de sonidos, acordes, disonancias, pasajes, aromas añorados, texturas, sabores legendarios que también son el futuro. Bello cinematógrafo de la vida. Desde este libro construido no según el orden en que cada “trozo” –como los llamaba Cernuda- fue escrito, sino según tuvieron cronológicamente lugar las secuencias infantiles y juveniles que se muestran, el lector puede atisbar de forma global el universo interior del autor: su talante cosmopolita que mitifica con frecuencia el punto de partida, su espíritu delicado y sensible, contemplativo a veces, el lenguaje contenido, la precisión emocional rica en matices, esa personalidad ensimismada y a la vez expectante en perpetuo estado de perplejidad ante el mundo, las fascinaciones eróticas, su proximidad con el dolor acompañada de cierta fuerza natural que dobla pero no rompe, todo ello expresado o sugerido con elevada tensión lírica.

Recibamos como un feliz acontecimiento la publicación de este libro ahora que se cumplen cien años del nacimiento del poeta, y sesenta desde la primera edición de Ocnos.

Sí, como volver al cuarto de juguetes de la infancia es leer cada poema en prosa inacabable de este libro. Entre un caballo de cartón y una muñeca de trapo se puede ver aún, hecho con papiroflexia, tu corazón.

LA PIEDRA EN EL CORAZÓN de Luis Mateo Díez

“El mismo rostro, la identidad común, la fragilidad extrema…”. La última novela publicada por el fabulador leonés Luis Mateo Díez (“La Piedra en el Corazón”. Ed. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores) trata sobre la enfermedad de una niña, Nina, aunque en el fondo narra la vivencia de la enfermedad indirecta que padecen quienes la cuidan. Igualmente trata sobre la enfermedad de una ciudad, Madrid durante los atentados del 11-M, pero principalmente versa sobre el padecimiento indirecto no de las víctimas sino de los ciudadanos que contemplan el horror al mirar por la ventana o al observar las espeluznantes imágenes en las pantallas de los televisores. Paralelismos. Nada es único. Toda historia, incluso las fantásticas, tiene algo de paralelismo… Ésta es una de esas novelas que no sólo llega al corazón del lector sino que además lo desmonta.

Y es que esas enfermedades psíquicas difíciles de describir y etiquetar, las cuales además llevan aparejados trastornos de personalidad, poseen como característica la fragmentación. Acaso por eso ésta novela está escrita así, mediante pequeños capítulos o piezas de puzzle, intentando emular indirectamente la fragmentación mental de la protagonista, Nima, y también la fragmentación emocional y matrimonial de sus padres: Liceo y Aura. Capítulos cortos, filosóficos, intensos, líricos para una historia contada mediante una narrativa discontinua… Esta innovadora novela parece las notas tomadas para escribir esta novela.

“Lo que el cuerpo debe al alma… Lo que la carne alberga del espíritu maltrecho de mi hija“. Conmueve e ilumina ese padre que quiere ya no ayudar sino al menos entender. Y esa madre que desea al menos proteger. Y protegerse… Y sobre todo llega a asustar la precariedad de Nina, una chica perdida en medio de una ciudad perdida. “El daño contiene la derrota de lo que nos sucede… El daño, hija mía, parece la palabra adecuada, quiso decir Liceo, y a lo mejor si nos pusiéramos de acuerdo en una palabra, en un concepto, podríamos acercarnos en ésta situación en la que estamos comprometidos sin que ninguna palabra signifique nada preciso, sin que exista una frase de consuelo y entendimiento, ya que de tanto hablar sin llegar a nada estamos peor que nunca”.

Sí, prosa intimista de autor excepcionalmente implicado. Y aún así lo que fascina de esta historia es principalmente la estructura narrativa; la forma inconexa pero elocuente como se narra aquí todo. Y es que el modo en que está contada esta historia nos recuerda sin decirlo que la precisión está hecha para la inteligencia.
Palpita esta obra intimista con una carta y un cuento intercalados y en la que la fantasía es el alivio para las almas atribuladas. Palpita ahora que estamos todos un poco necesitados de alivio. Vibra esta novela en la que la reflexión y el lirismo intensifican la narratividad y la dan peso ahora que, en medio de la delgada ceremonia cotidiana de la frivolidad, tanto necesitamos las cosas de peso, de entidad, de eternidad…

He aquí pues una historia breve e inacabable sobre la línea difusa que separa el dolor colectivo y el dolor familiar contada con un preciosismo verbal que ahonda en la dureza del argumento, sí, pero asimismo ayuda a descubrir el valor altamente terapéutico de las palabras como camino de encuentro, y el valor de la ficción como generador de orden incluso en medio de la desgracia. O, por decirlo con palabras del propio autor, “la escritura es una norma de orden en el desorden, un hilo de lucidez en la oscuridad, para que en la ciudad, como en la vida, se orienten los trenes”.
He aquí una historia sobre los enfermos y los cuidadores, esto es, sobre todos y cada uno de nosotros. Una historia definitiva y definitoria escrita con la autoridad moral de quien de pronto se desnuda y, generosamente, nos enseña su verdad.

LA ROSA INCLINADA de Javier Lostalé

Homero, Safo, las huellas que nos orientan… Sí, en el principio fue la épica inevitablemente masculina –con su sabiduría, su pasión, su vigor, su energía y su elogio del cuerpo- y la lírica decididamente femenina –con su fulgor, su cadencia, su entrega, su intimismo y su elogio del cuerpo-. Pero hoy, por suerte, hay poetas cuyo empeño se centra en deconstruir las bipolaridades, recuperar el sentido, reconstruir el todo fundiendo las partes como un arqueólogo que, amorosamente, recompusiera los restos de un ánfora... Sí, así, como un arqueólogo que vive entre el presente y el pasado, veo yo al jardinero emocional Javier Lostalé.
Y es que la poesía de Javier Lostalé a la vez esencial y narrativa, activa y contemplativa, metafísica y surrealista no sólo es un puente entre dos mundos sino que también puede concebirse como un instrumento útil para saber que el mundo puede ser de otra forma. Así nos eleva y nos transporta el idealismo. Así nos enjuaga la pureza y el anhelo de pureza. Así nos llena y amplía todo lo que intenta ensanchar las fronteras de lo que hoy se entiende por normal, por correcto, por virtuoso… Y es que la poesía de Javier Lostalé no está de un lado ni del otro sino que parece asumir que, como decían los griegos, en el centro reside la virtud. Sí, por eso su depurada escritura se centra con delicadeza en los matices, en los detalles, en los destellos y supera así maniqueísmos como poesía-prosa, masculino-femenino, narratividad-esencialismo, actualidad-eternidad pues ciertamente el mundo no es blanco ni negro: necesitamos la literatura que nos recuerda que no sólo hay dos lados, no sólo dos bandos, no sólo una verdad...
El primer libro de este autor -Jimy Jimy- es una amalgama de anécdotas emocionales, panteísmo y riqueza contemplativa cuyo principal valor radica en el uso conmovedor que el poeta hace de la palabra tú. El resultado es una poesía sensible y narrativa que se sitúa en ese espacio que separa, o que une, a la lírica y a la épica. Igualmente se percibe en todo el libro un anhelo de pureza profundamente trascendente a pesar de que éste es un libro fundamentalmente carnal como todo lo que es humano y real.
A esa inauguración siguió en 1981 Figura en un paseo marítimo, que no amplía el mundo de su libro anterior, pero lo intensifica. De hecho la nueva aportación que el poeta hace aquí y nos regala es la incorporación de la sensación, y así en estas páginas, sobre las historias, destacan los olores, sudores, sabores, impresiones que suscitan recuerdos y toda esa intensidad que emana de la serenidad. Acaso el ritmo nos desconcierte pero estamos ante un texto construido desde el recuerdo que nos reafirma en nuestro aprecio del hermoso poder que tiene la evocación.
Después, en 1995, se publicó La Rosa Inclinada, libro que se inicia con “Confesión”, acaso el poema más conocido del autor por su carácter de poética o testamento vital y por ser su primer poema en prosa publicado. Javier Lostalé ha evolucionado hacia la condensación emocional, y por eso estamos ante una poesía metafísica en la línea europea de Hölderlin, Rilke, Celan y Holan.
Hondo es el resplandor, su siguiente libro, supone otro avance hacia una poesía más surrealista en las metáforas, que no en los temas. Acaso sea su libro más emotivo y suponga un punto de inflexión en el quehacer de este poeta que aquí se abre a nuevos temas y los aborda con madurez.
En 1998 ve la luz su libro definitivo, La Estación Azul, poemario en prosa en la línea de Platero y yo -Juan Ramón Jiménez- y principalmente Ocnos -Luis Cernuda-. La Estación Azul es un poemario cargado de inteligencia emocional cuya virtud más alabada por la crítica es el impecable ritmo. Sin duda este celebrado libro ha tenido una gran influencia en los poetas jóvenes y es causante –junto a otros de Gamoneda, Mestre y LLamazares- de la riqueza que hoy tiene nuestra poesía en prosa...
Sí, éste es el hombre y su modo de volar.

EN LA LUZ RESPIRADA de Antonio Colinas

Cuando en silencio hago repaso de lo que me ha traído hasta aquí y me ha ayudado a ser quien soy, aparecen indelebles los nombres del que fuera mi profesor, José Enrique Martínez, y de uno de mis poetas, Antonio Colinas. Por eso la reciente publicación en la Editorial Cátedra de “En la luz respirada”, reunión corregida de tres libros clave del poeta bañezano –“Sepulcro en Tarquinia”, “Noche más allá de la noche” y “Libro de la mansedumbre”- supone para mí un reencuentro conmigo mismo. ¿Releer no es buscarnos en el pasado y confrontarnos en el presente? ¿Retomar los libros que nos fueron importantes no equivale a preguntarnos si en verdad hemos crecido, o si han crecido dichos libros?

José Enrique Martínez, Catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de León e iniciador en esta tierra de toda una generación en esa música verbal, emocional y vital que es la poesía, ha realizado la introducción y las notas de esta edición. En ellas deja claro como la poesía de Antonio Colinas está totalmente imbricada en la vida, la mirada y las lecturas de ese poeta; habla además de la riqueza léxica y simbólica de algunos poemas y nos esclarece el significado de los versos más culturalistas. Por eso volver a leer estos tres libros o puntos álgidos de cada una de las etapas creativas de este autor, se parece mucho a leerlos por vez primera, desde un ángulo distinto, con una perspectiva mejor. No más lejos, más hondo.

A la hora de entender el ideario y la visión del mundo de este escritor, en la introducción se nos habla de los espacios o ciudades que ha interiorizado: La Bañeza, León, Córdoba, Madrid, Milán, Pérgamo, Ibiza y Salamanca. Cada uno de esos espacios en los que Antonio Colinas ha vivido viven ahora dentro de sus libros y sus poemas, y por eso leer “En la luz respirada”, de un mistérico, culto y primigenio modo, se parece a viajar.

Asimismo José Enrique Martínez nos regala su lectura personal de algunos poemas como el titulado propiamente “Sepulcro en Tarquinia”. Nos habla entonces de poetas italianos, del mundo latino y del noroeste, mezcla el neorromanticismo telúrico con la trayectoria del autor y nos enseña así que leer poesía implica una forma de ser y de estar en el mundo. “Sepulcro en Tarquinia”, leído ahora, es la obra poética culturalista, metahistórica, intercultural, humana y humanista de un poeta inspirado capaz de tocar un nervio de nuestra alma. Dicho libro de poemas, en el mundo intolerante y globalizado que habitamos, ayuda a convivir.
Luego está “Noche más allá de la noche”, poema de poemas, himno que el autor de la edición califica como el mejor libro de poemas de Antonio Colinas. Puede ser, pero parece justo señalar aquí con humildad que en la jerarquía de mi sensibilidad está más alto “Sepulcro en Tarquinia”. Y lo está porque esos poemas no me elevan y me sacan ética y estéticamente del mundo, no, sino que me introducen lúcidamente en él. De todas formas está claro que toda la brillante segunda etapa creativa de Colinas –donde se sitúa “Noche más allá de la noche”- se caracteriza por ser elevada, filosófica, budista o taoísta, cosmológica, esencial... Y son importantes aquí las lecturas fundamentales que nuestro poeta hizo entonces, y que el introductor nos señala. Así encajamos y contextualizamos el ritmo, casi respiratorio, y el lenguaje imaginativo, volador y espiritual. El “Libro de la Mansedumbre”, con su tono naïf, naturalista, sensible, evocador y tierno, es el más representativo, dice la introducción, de esta última parte de la obra de un poeta en el sentido clásico de la palabra. Uno de esos poetas, médiums o gurús de la tribu que busca la iluminación y nos la regala. Un poeta de los nuestros. Uno al que bien podemos encontrarnos un día por aquí, por cualquier calle, con cara de extrañeza mientras nos acercamos a él para preguntarle al oído: ¿Eres tú el elegido o tenemos que esperar a otro?

La memoria según Juan Gelman

No sé si han reparado ustedes en que, en esta época del año, en León la noche es azul. El cielo nocturno es azul como si algo le quedara del día; como si algo le quedara de ella.
Oh, ella –la abuela del mundo- aprendió a reír al mismo tiempo que a bordar porque la magia lo simultanea todo. Aún la recuerdo ahí, en la mecedora, con el pelo canoso recogido en un moño, con sus ojos azul cielo de verano y arrugas como surcos en la tierra y ella borda que te borda remendando el pasado, que siempre parece mejor. Remendando una historia que tiene que contarnos porque ella existe y borda para que nada imprescindible se olvide y morirse, sugería, es no contar.
Hay cosas que suceden para ser recordadas. De hecho tanto mi hermano Gaude como yo pasamos por el ritual de sujetar la madeja de lana y escuchar sus historias para luego, en invierno, poder lucir a modo de escudo algún jersey. Y ella hablaba de los jornaleros gallegos que venían aquí para la vendimia y que, si lo merecían, siempre eran tratados como si fueran de casa. Y se acordaba de Guzmán, que era joven y pobre pero sabía hacer adobes y cultivar la tierra. Un año vino a pedirnos trabajo. Y comida. Y cariño. Y se quedó. Hasta se echó una novia el pueblo. Juntos se marcharon y algunas veces volvían… ¡Cómo nos quería Guzmán!
Sus ojos brillaban como lunas gemelas sobre el río Esla mientras la abuela del mundo bordaba la eternidad. Y nos hablaba de Juaco, su marido, nuestra referencia: un albañil fornido que decían en el pueblo que era republicano porque nunca iba a misa, y creían que era masón porque leía novelas. Un día mientras él estaba picando en la Bodega de Canseco lo fueron a buscar los falangistas, lo llevaron al trinquete y lo mataron a tiros... Hasta le dolía la mirada a mi abuela recontando como por los dedos las historias indelebles repetidas para que nada de aquello se repita –decía-; para que nada se olvide… Los zapatos del abuelo Juaco muerto, la palabra como emblema, la memoria resistente y ella borda que te borda. Y hoy escribo sobre ella porque estoy viendo sus ojos cuando miro cada noche este azul que se disipa, y se estira, y no se apaga: el cielo sabe mirar.
En la noche azul cobalto de León están todas las historias que inicialmente escuché; todas esas narraciones que entonces no sabía que me estaban convirtiendo en quien ahora mismo soy. De hecho, como acaba de decirnos Juan Gelman en su palpitante discurso del Cervantes, hay escritores con talento capaces de contar la vida a su manera como para corregirla y hacer de lo cotidiano un verso “en pie contra la muerte”. Pero existe también gente sencilla que narra de corazón simplemente para que nada de lo importante se olvide; para que lo humano quede; para que crezcamos con historias que hacen Historia.
Pero, como explicó Gelman, vivimos en tiempos poco propicios para la memoria. Sí, sufrimos una especie de dictadura de lo inmediato que si no estamos individualmente en guardia nos restará perspectiva y serenidad. De hecho ahora, que empezamos ya a desear con fruición las vacaciones, viajamos pero no dedicamos tiempo a aprender a quedarnos. Así tenemos, por ejemplo, mucha memoria en nuestro ordenador pero carecemos de memoria histórica. Y es que la memoria histórica implica no tanto recordar el pasado colectivo como reflexionar sobre él para no olvidar los aciertos ni repetir los errores. Por eso la memoria histórica tiene tanto que ver con la Historia como con las historias íntimas que no han traído hasta aquí…
El cielo, la luz, los ojos de la abuela que ha muerto sin contradecir por eso a la eternidad y recordarla ahora tiene algo de leyenda, casi mito, y tiene mucho de amor por las historias y por las pequeñas cosas.
Siempre creo ver a mis antepasados muertos detrás de las cosas más hermosas de mi vida. Por eso hoy observo la noche azul de León y le confío un encargo: dile a la abuela que la recuerdo, que la recuerdo.

DERUUMBE de Ricardo Menézdez Salmón

¿Una novela gore?
Resulta sintomática la cada vez mayor influencia del cine en la nueva narrativa española. Así cuando uno lee Derrumbe, la recién publicada novela de Ricardo Menéndez Salmón, nota cómo en la base de esta trama están películas americanas de éxito sobre asesinos en serie como Seven, El Coleccionista de Amantes y El Silencio de los Corderos, pero no deja de brillar con luz propia una prosa cuidada, rítmica y de esmerado vocabulario, y una lograda estructura narrativa heredera del perspectivismo de William Faulkner. Ambos elementos –la prosa y la estructura- constituyen los principales alicientes de esta novela coral, discontinua, circular, profunda, inquietante y desesperanzada.

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) es un destacado escritor de la nueva promoción de narradores españoles, y su quinta novela La Ofensa (2007, Ed. Seix-Barral; una obra con prosa entre filosófica y documental ambientada en la época de la II Guerra Mundial y que se concibe como una reflexión sobre el mal como concepto y como explicación de lo real) fue saludada con una entusiasta ovación tanto por la crítica como por el público. A ésta siguió un libro de cuentos titulado Gritar (2007, Ed. Lengua de Trapo. Especial atención merecen los relatos El Temor, los Ancestros y el propio Gritar), y ahora regresa a las librerías con Derrumbe, una novela con cierto toque gore sobre el mal como atractivo abismo.

Siguiendo el esquema del thiller cinematográfico –un espacio concreto, una oleada de crímenes, un investigador obsesionado con un caso que convierte en algo personal, dosificación de la información para crear suspense y minuciosidad casi morbosa en las descripción de los crímenes para acentuar el terror hasta dar finalmente con un culpable- el autor construye esta novela centrándose en los personajes: de un lado Manila, investigador filosófico y familiar cuya mujer espera su segunda hija, y del otro lado tanto los Arrancadores -tres muchachos sicópatas que, casi por diversión, aplican su ingenio a la práctica de crímenes para sembrar el miedo en la ciudad de Promenadia- como también Mortenblau -un asesino en serie que junto al cadáver de su última víctima, deja siempre un zapato de la anterior-. El punto débil de la novela creemos que radica en la inconexión entre los crímenes del asesino de los zapatos y los crímenes de esos adolescentes que se hacen llamar los Arrancadores, pero es en extremo interesante cómo el peso de la narración avanza con total naturalidad desde Manila, en quien cae primero, como ya se ha dicho, hasta el asesino de los zapatos, en segundo lugar, para llegar luego a los Arrancadores; más tarde se centrará ese foco de interés narrativo en Valdivia, personaje bien construido que impacta por su fragilidad, y, finalmente, la atención recaerá en Vera, descarriada hija de Valdivia y otro personaje inquietante dentro de todo este espejo de perversiones, este retrato literario de ese mal que no logran disipar ni la belleza ni la cultura. Asimismo, de entre los puntos de giro argumental que el narrador incorpora a la historia, destaca el del personaje de Mara, esposa de Manila, la cual nos dará una gran sorpresa en un determinado momento del libro, ya verán.

Si bien es cierto que el indudable talento narrativo de Ricardo Menéndez Salmón merece argumentos de mayor calado, no lo es menos que el autor logra sacar petróleo de una trama tan manida, hasta convertir su novela en una alegoría sobre la modernidad, el aburrimiento, el entretenimiento, el ingenio como principio de la monstruosidad cuando no va unido a la ética, sobre los simulacros actuales de la realidad y sobre los modelos sociales de los adolescentes.

Desde luego las películas americanas apuntadas al inicio no se recrean en la realidad ni la trascienden sino sólo la describen o, a lo sumo, la exageran para sorprendernos. En este sentido Ricardo Menéndez Salmón, aplicando su probada ambición narrativa, logra hacer de Derrumbe una obra con al menos dos lecturas: aparentemente estas páginas encierran una entretenida novela postmoderna con un toque de género negro y un punto gore, pero una lectura más profunda saca a la luz una contundente novela social que posee la virtud de explicar el mundo actual y a la vez denunciarlo.