UNA APROXIMACIÓN AL GOCE
Hay libros que son como un prisma. Tienen muchas caras. Pasillos divergentes que sin embargo, parecen aullar una escena central. Pero ¿cuál?
EL AMANTE es uno de esos libros, de infinidad de ventanas, en donde la mirada del lector puede captar diferentes caminos a partir de su propia lectura fantasmática. No puede ser de otra manera.
Aquí, en El amante, parecería que no hay historia, que no hay relato; es el goce mismo el que parece deslizarse entre las palabras y la escansión perpetua que corta inesperadamente la narración. Como en la experiencia analítica.
No obstante, hagamos caso a la autora, y situemos a partir del mismo título, El amante, el marco a través del cual se despliega veladamente el eco de una narración llena de dolor, sufrimiento y goce.
El amante, ¿quién es ese sujeto? Un siervo del padre y del amor –y nada mejor que un chino para este menester-, a partir del cual una muchacha despierta y configura la subjetividad femenina, a través de la mirada del cuerpo de otra mujer y del encuentro mismo con el goce. Sólo puede ser así.
No cabe duda que esa relación, que esa experiencia de goce, sirve de trama para mostrar cómo se labra la subjetividad femenina a partir de un escenario familiar completamente atravesado por la cólera de la locura. En este sentido, el estrago materno que infiltra a la niña, el rostro de desesperación o la locura de la madre, nos iluminan un plano del tormento infantil a partir del cual la niña-muchacha intenta abrir las puertas de la feminidad a través de un enigma: ¿Cuál es el misterio de esa pasión sexual que ejercen las mujeres sobre los hombres?
Pasión que ella misma pondrá en juego con su partenaire para encender las puertas del goce.
“Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hacen a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los potingues, ni la rareza, ni el precio de los atavíos. Sé que el problema está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está dónde las mujeres creen… Hacer semblante de nada.
Ese faltar de las mujeres a sí mismas ejercida por ellas mismas siempre lo he considerado un error.
No se trataba de atraer el deseo. Estaba en quien lo provocaba o no existía. Existía ya desde la primera mirada o no había existido nunca. Era el entendimiento inmediato de la relación sexual o no era nada. Eso también lo sabía antes del experiment”.
Ese saber, labrado antes de la experiencia sexual con el partenaire amante pero guía para la constitución del semblante femenino, no aporta la solución ni siquiera la felicidad. Tan solo los esbozos de la escritura de un síntoma, y el valor que adquirirá para ella la escritura misma, como instrumento para paliar el dolor de existir.
Es verdad que el personaje, la niña-muchacha, entra en la experiencia sexual motivada por el misterio de una feminidad que atrae a los hombres, y que le comporta un goce; es verdad que hace ese recorrido ahuyentada por las garras de la locura materna; es cierto también que transita por él mismo, alejándose del goce perverso del hermano mayor, cuyo desenlace es ser enterrado tal como había vivido, a solas con la madre, o de la experiencia maternal que para ella ejerce el hermano “pequeño”, cuya muerte, como le sucedería a cualquier madre, le abre también las puertas mismas de la mortalidad. Sin embargo, esa experiencia y ese recorrido por los meandros del amor a partir del escenario edípico dramático, no le abren las puertas del paraíso, aunque le sirva para marcar un punto de separación, acercándole a la complejidad misma que encierra la mascarada femenina a través de la presencia fantasmática de la otra, de la puta…
La mirada triste de la niña, las pequeñas marcas en ese rostro aún infantil que muestra la fotografía, anuncian sin embargo, el devenir alcohólico que viene a “suplir la función que no tuvo Dios”. Como muy bien lo señala la autora: “Ese rostro del alcohol llegó antes que el alcohol. El alcohol lo confirmó”.
Alcohol y escritura se superpondrán así, indefinidamente, en su vida con su viaje a París -porque no sublima el que quiere sino el que puede, ni tampoco la sublimación puede reabsorber todo el empuje de lo real-, allí donde la niña-muchacha logra ahuyentarse del escenario familiar y también de esa misma experiencia sexual, germen de una búsqueda de identidad femenina, imposible.
Sí, es cierto, el amante, la experiencia sexual y la fascinación por el cuerpo femenino, son ventanas esenciales en la trama de una novela novedosa para la época. Sin embargo, quizá, lo más relevante, es la manera en cómo el recuerdo a partir de la mirada perdida de la vejez sobre el rostro infantil, nos ilustra una experiencia en donde el goce de esa relación prohibida, la virginidad perdida y el amor, nos anuncian el sendero de “eso” que escapa a la imagen y a las palabras, y que tiene un nombre: el goce.
No cabe duda que Marguerite Duras sabe, camina en la buena dirección, aunque pienso que, verdaderamente, ese saber no lo conocía.
Luis-Salvador López Herrero
Abril 2012
lunes, 16 de abril de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
LA SIMA de José María Merino según Luis-Salvador López Herrero
La Sima. José María Merino.Una ficción instrumentalizada para la denuncia, que no olvida la lógica del fantasma obsesivo
La Sima de José María Merino es un texto, con diferentes cuerpos palpitantes, que convoca a la palabra. Por un lado nos muestra el compromiso del escritor en un momento en que la coyuntura, social y política, de nuestro país, se ve exacerbada por el espíritu de confrontación a raíz de una inesperada derrota política. La receta, sin querer acallar para nada el olvido de todo lo acontecido a lo largo de los tiempos, es sanamente volver a convocar la concordia.
Pero además de esta fuente histórica, que brama, quizá, como un alegato de interés para buena parte de nuestros conciudadanos, está también lo que me atrevería a nombrar como el influjo del inconsciente en la telaraña del mundo obsesivo, en donde siempre palpita la temática de la vida y de la muerte, del amor y del odio. En este punto, nuestro protagonista Fidel se verá confrontado, en un momento de su vida, con una incógnita, la sima, que, a través del horror, la fascinación y la verdad que convoca, nos recuerda claramente los efectos de la dimensión de lo inconsciente en el sujeto. A partir de ese momento, éste tratara de tejer una clarificación acerca de lo que le es suscitado conflictivamente, a través de lo que podríamos llamar su propia novela familiar, que no es otra cosa sino que el relato neurótico del sujeto. En este contexto, su particular e íntima vivencia se articulara con la misma historia conflictiva nacional, en donde diferentes bandos luchan de modo fratricida, en un intento de anular a un semejante convertido en adversario u objeto, en el “otro” por excelencia.
Ésta es la tesis que promueve el personaje historiador que investiga, desconociendo sin embargo, que es su misma tesis de vida, es decir, el núcleo duro fantasmático que dota de sentido y de goce a su propia existencia, comandando y dirigiendo tanto sus pensamientos como sus actos. De ahí que, efectivamente, el personaje nunca pueda culminar o concluir su trabajo intelectual –tarea siempre dificultosa para el sujeto obsesivo-, en tanto que es ésta misma tesis doctoral quien se ve infiltrada por todas esas palabras que estructuran su fantasma inconsciente a través del odio y de la confrontación. De ahí también que le sea imposible la liberación del sufrimiento tal como se describe a lo largo del relato, en donde, de una u otra manera, el personaje nos va confrontando con lo que verdaderamente está en juego en todo este asunto de la guerra y de la muerte, que tanto le fascina “inconscientemente”, y que no es otra cosa sino que el goce, su propio goce, como motor y eje de su esfuerzo y del sufrimiento. Premisa ésta, por otra parte ejemplar en el mundo obsesivo, y que el autor nos sabe mostrar muy acertadamente a través de los diferentes vericuetos por los que va introduciendo a nuestro personaje Fidel. Todo ello con una prosa impregnada de frases poéticas capaces de alumbrar el malestar de la conciencia en una naturaleza cósmica ajena a cualquier pensamiento humano, y en donde se mezclan el rigor de la palabra ensayística, con la estética, atrayente y envolvente de la palabra generadora de magia.
Ahora bien: la literatura nunca puede “curar” simbólicamente la herida fantasmática -la sima, el inconsciente-, como muy bien nos muestra el autor. La sima no se resuelve, simplemente se desvanece una vez más bajo los efectos de la explosión, aunque de ella salga ahora convertido el sujeto en novelista. A partir de la literatura no hay posibilidad de “cerrar” el agujero o de mostrar la verdad que está en juego, porque ésta, aun cuando ayude a clarificar y a ordenar la telaraña, pudiéndose articular algo de la dimensión conflictiva en juego, sin embargo, no permite hacer verdaderamente consciente esa vertiente inconsciente que tanto palpita. Es decir, el protagonista, convertido finalmente en escritor de ficciones, es verdad que ha podido hacer algo con la conflictividad en juego, sin embargo, desconoce la telaraña que teje su propio fantasma, ese juego de fuerzas que le ha ido precipitando en la nebulosa incierta de los actos y de las elecciones más inconclusas. Por ejemplo, nada sabe acerca de su fuente más íntima de odio, de su atracción fascinada por el horror y la muerte, de la intensa rivalidad que comanda todo su mundo, de la glotonería superyoica e insaciable de goce que generan todos esos “banquetes de brutalidad humana” que le satisfacen, y como no también, de su cobardía exultante bajo un manto de carácter aplacado y tímido que le sirve de coartada. Además, tampoco sabe sacar las suficientes consecuencias de una relación claramente incestuosa y de revancha –la relación con su prima Puri-, que ejercita en el seno de esa familia, amada y odiada, que le acoge. La fascinación por el horror de la muerte, de la mano del abuelo materno, pero también el odio hacia él por lo que éste representa -el bando opuesto a la figura idealizada de un padre perdedor-, le hacen caer en una relación incestuosa que, más allá del envoltorio amoroso que nos muestra, representa claramente el ataque frontal inconsciente a esa familia odiada que forma parte de él mismo. Es su división desconocida lo que subyace en ese mismo acto sexual. Precisamente las palabras de su primo José Antonio son la llave que nos abre esa verdad tan oculta para él. “Mis padres te recogieron en nuestra casa y pervertiste a mi hermana cuando era solo una niña, hijo puta, qué se podía esperar de la ralea de tu padre… Te echamos de mi casa, el abuelo tuvo el gesto de recoger a un degenerado como tú pero volviste como un carroñero y la dejaste preñada, hijo puta… Lo que has hecho sufrir a mis padres, al abuelo y luego tuviste los cojones de poner un pleito”, para conseguir la herencia.
De ahí que, en ningún momento, y ante todas las agresiones sufridas por éste a lo largo de su vida, él se plantee jamás la más mínima denuncia. ¿Qué es lo que está en juego, en su silencio? Sin duda, la culpa, su propia culpa neurótica.
Por otra parte, es todo un acierto cómo el autor nos describe la secuencia de la ruptura fantasmática del personaje Fidel, y su entrada en el trance obsesivo, incluida la tentativa de suicidio, allí cuando la fascinación por el horror y la muerte, la caída de los ideales a partir del descrédito de la educación, la dificultad para crear una relación amorosa más alejada de la telaraña edípica o el slogan definitivo de que la desdicha no tiene remedio, vienen a romper el fantasma. En este punto, y ante la disyuntiva que encierra el empuje del odio furibundo hacia el adversario, el sujeto tiene dos posibilidades: matar al semejante, o bien, matar a ese objeto odiado que forma parte de uno mismo. En esa coyuntura el sujeto elige lo segundo, de un modo light, porque evidentemente la ingesta de pastillas no es el pasaje al acto tan certero y exitoso del melancólico. Motivo éste que nos permitirá descubrir cómo el personaje elige, a partir de entonces, la senda de lo intelectual como modo de acallar ese inconsciente que brama intensamente en él. La relación transferencial, a partir de la ayuda psicoterapéutica y farmacológica de un personaje femenino –feminidad claramente enigmática y problemática para él-, vienen a dulcificar su senda tortuosa, aunque no podamos deducir de la relación nada más que el valor que ejerce la profesional como Gran Otro.
El resultado final, y es francamente muy acertado por el juego de espejismos y de ilusionismo que configura también la trama vital del propio autor, es la salida a través de la ficción allí donde nuevamente el fantasma se ve asediado por la ruptura del círculo de amistades, a partir de la explosividad del amor.
De ese modo, la ficción, convertida en una nueva vida capaz de generar ilusiones, y la escritura, como instrumento al servicio de la organización del sufrimiento, le abren un nuevo escenario de vida. Sin embargo, nada hace predecir de esa elaboración, que el encuentro con la mujer, que forma parte de su problema, vaya a ser distinto. La añoranza de la novela edípica y la idealización incestuosa, aún planean, con fuerza, en ese escenario final que culmina con la primacía y el valor de lo literario frente a la supuesta realidad de los hechos. Una vez más, y como no puede ser de otra manera, triunfa la realidad psíquica fantasmática sobre el mundo de los hechos, aunque el verdadero problema, el goce, siga sin quedar suficientemente desvelado y anudado para él.
Luis-Salvador López Herrero.
León, 9 Marzo 2012.
La Sima de José María Merino es un texto, con diferentes cuerpos palpitantes, que convoca a la palabra. Por un lado nos muestra el compromiso del escritor en un momento en que la coyuntura, social y política, de nuestro país, se ve exacerbada por el espíritu de confrontación a raíz de una inesperada derrota política. La receta, sin querer acallar para nada el olvido de todo lo acontecido a lo largo de los tiempos, es sanamente volver a convocar la concordia.
Pero además de esta fuente histórica, que brama, quizá, como un alegato de interés para buena parte de nuestros conciudadanos, está también lo que me atrevería a nombrar como el influjo del inconsciente en la telaraña del mundo obsesivo, en donde siempre palpita la temática de la vida y de la muerte, del amor y del odio. En este punto, nuestro protagonista Fidel se verá confrontado, en un momento de su vida, con una incógnita, la sima, que, a través del horror, la fascinación y la verdad que convoca, nos recuerda claramente los efectos de la dimensión de lo inconsciente en el sujeto. A partir de ese momento, éste tratara de tejer una clarificación acerca de lo que le es suscitado conflictivamente, a través de lo que podríamos llamar su propia novela familiar, que no es otra cosa sino que el relato neurótico del sujeto. En este contexto, su particular e íntima vivencia se articulara con la misma historia conflictiva nacional, en donde diferentes bandos luchan de modo fratricida, en un intento de anular a un semejante convertido en adversario u objeto, en el “otro” por excelencia.
Ésta es la tesis que promueve el personaje historiador que investiga, desconociendo sin embargo, que es su misma tesis de vida, es decir, el núcleo duro fantasmático que dota de sentido y de goce a su propia existencia, comandando y dirigiendo tanto sus pensamientos como sus actos. De ahí que, efectivamente, el personaje nunca pueda culminar o concluir su trabajo intelectual –tarea siempre dificultosa para el sujeto obsesivo-, en tanto que es ésta misma tesis doctoral quien se ve infiltrada por todas esas palabras que estructuran su fantasma inconsciente a través del odio y de la confrontación. De ahí también que le sea imposible la liberación del sufrimiento tal como se describe a lo largo del relato, en donde, de una u otra manera, el personaje nos va confrontando con lo que verdaderamente está en juego en todo este asunto de la guerra y de la muerte, que tanto le fascina “inconscientemente”, y que no es otra cosa sino que el goce, su propio goce, como motor y eje de su esfuerzo y del sufrimiento. Premisa ésta, por otra parte ejemplar en el mundo obsesivo, y que el autor nos sabe mostrar muy acertadamente a través de los diferentes vericuetos por los que va introduciendo a nuestro personaje Fidel. Todo ello con una prosa impregnada de frases poéticas capaces de alumbrar el malestar de la conciencia en una naturaleza cósmica ajena a cualquier pensamiento humano, y en donde se mezclan el rigor de la palabra ensayística, con la estética, atrayente y envolvente de la palabra generadora de magia.
Ahora bien: la literatura nunca puede “curar” simbólicamente la herida fantasmática -la sima, el inconsciente-, como muy bien nos muestra el autor. La sima no se resuelve, simplemente se desvanece una vez más bajo los efectos de la explosión, aunque de ella salga ahora convertido el sujeto en novelista. A partir de la literatura no hay posibilidad de “cerrar” el agujero o de mostrar la verdad que está en juego, porque ésta, aun cuando ayude a clarificar y a ordenar la telaraña, pudiéndose articular algo de la dimensión conflictiva en juego, sin embargo, no permite hacer verdaderamente consciente esa vertiente inconsciente que tanto palpita. Es decir, el protagonista, convertido finalmente en escritor de ficciones, es verdad que ha podido hacer algo con la conflictividad en juego, sin embargo, desconoce la telaraña que teje su propio fantasma, ese juego de fuerzas que le ha ido precipitando en la nebulosa incierta de los actos y de las elecciones más inconclusas. Por ejemplo, nada sabe acerca de su fuente más íntima de odio, de su atracción fascinada por el horror y la muerte, de la intensa rivalidad que comanda todo su mundo, de la glotonería superyoica e insaciable de goce que generan todos esos “banquetes de brutalidad humana” que le satisfacen, y como no también, de su cobardía exultante bajo un manto de carácter aplacado y tímido que le sirve de coartada. Además, tampoco sabe sacar las suficientes consecuencias de una relación claramente incestuosa y de revancha –la relación con su prima Puri-, que ejercita en el seno de esa familia, amada y odiada, que le acoge. La fascinación por el horror de la muerte, de la mano del abuelo materno, pero también el odio hacia él por lo que éste representa -el bando opuesto a la figura idealizada de un padre perdedor-, le hacen caer en una relación incestuosa que, más allá del envoltorio amoroso que nos muestra, representa claramente el ataque frontal inconsciente a esa familia odiada que forma parte de él mismo. Es su división desconocida lo que subyace en ese mismo acto sexual. Precisamente las palabras de su primo José Antonio son la llave que nos abre esa verdad tan oculta para él. “Mis padres te recogieron en nuestra casa y pervertiste a mi hermana cuando era solo una niña, hijo puta, qué se podía esperar de la ralea de tu padre… Te echamos de mi casa, el abuelo tuvo el gesto de recoger a un degenerado como tú pero volviste como un carroñero y la dejaste preñada, hijo puta… Lo que has hecho sufrir a mis padres, al abuelo y luego tuviste los cojones de poner un pleito”, para conseguir la herencia.
De ahí que, en ningún momento, y ante todas las agresiones sufridas por éste a lo largo de su vida, él se plantee jamás la más mínima denuncia. ¿Qué es lo que está en juego, en su silencio? Sin duda, la culpa, su propia culpa neurótica.
Por otra parte, es todo un acierto cómo el autor nos describe la secuencia de la ruptura fantasmática del personaje Fidel, y su entrada en el trance obsesivo, incluida la tentativa de suicidio, allí cuando la fascinación por el horror y la muerte, la caída de los ideales a partir del descrédito de la educación, la dificultad para crear una relación amorosa más alejada de la telaraña edípica o el slogan definitivo de que la desdicha no tiene remedio, vienen a romper el fantasma. En este punto, y ante la disyuntiva que encierra el empuje del odio furibundo hacia el adversario, el sujeto tiene dos posibilidades: matar al semejante, o bien, matar a ese objeto odiado que forma parte de uno mismo. En esa coyuntura el sujeto elige lo segundo, de un modo light, porque evidentemente la ingesta de pastillas no es el pasaje al acto tan certero y exitoso del melancólico. Motivo éste que nos permitirá descubrir cómo el personaje elige, a partir de entonces, la senda de lo intelectual como modo de acallar ese inconsciente que brama intensamente en él. La relación transferencial, a partir de la ayuda psicoterapéutica y farmacológica de un personaje femenino –feminidad claramente enigmática y problemática para él-, vienen a dulcificar su senda tortuosa, aunque no podamos deducir de la relación nada más que el valor que ejerce la profesional como Gran Otro.
El resultado final, y es francamente muy acertado por el juego de espejismos y de ilusionismo que configura también la trama vital del propio autor, es la salida a través de la ficción allí donde nuevamente el fantasma se ve asediado por la ruptura del círculo de amistades, a partir de la explosividad del amor.
De ese modo, la ficción, convertida en una nueva vida capaz de generar ilusiones, y la escritura, como instrumento al servicio de la organización del sufrimiento, le abren un nuevo escenario de vida. Sin embargo, nada hace predecir de esa elaboración, que el encuentro con la mujer, que forma parte de su problema, vaya a ser distinto. La añoranza de la novela edípica y la idealización incestuosa, aún planean, con fuerza, en ese escenario final que culmina con la primacía y el valor de lo literario frente a la supuesta realidad de los hechos. Una vez más, y como no puede ser de otra manera, triunfa la realidad psíquica fantasmática sobre el mundo de los hechos, aunque el verdadero problema, el goce, siga sin quedar suficientemente desvelado y anudado para él.
Luis-Salvador López Herrero.
León, 9 Marzo 2012.
lunes, 12 de marzo de 2012
LOS DIENTES DEL RELOJ de Raúl Campoy Guillén
De entre las múltiples formas que tiene la poesía de invitarnos a realizar el viaje hacia la esencia que supone leer, acaso la más exigente sea la de la metáfora.
De hecho la poesía conceptual, metafísica, apela a nuestra capacidad de síntesis y profundización convirtiendo cada verso en un punto de partida para la meditación, como el zen, y así, entre los poetas de la última generación, nos enseña a hacerlo la contenida poesía de Álvaro Tato.
La poesía narrativa por otro lado nos presenta una anécdota vital o emocional para que la contrastemos biográficamente, la trasvasemos, la rebasemos y hagamos de ella una forma de iluminar nuestro entendimiento del yo, de la vida, de la caducidad y del ofrecimiento imperfecto de la muerte. Y así nos lo hace ver mediante su magnética poesía, por ejemplo, Josep María Rodríguez.
La poesía cifrada, oscura como un pozo lleno de diamantes, apela a nuestra invitación indagadora para hacernos extraer con exigencia principios iluminadores desde el lado menos racional de nuestro entendimiento, y así queda patente en los libros, por citar un hombre sólo, de Julieta Valero.
La poesía experimental busca, persiguiendo el arduo e inagotable camino que abrieron el Barroco, las Vanguardias y el Psicoanálisis, nuevos caminos expresivos repletos de laberintos armónicos que amplíen lo que se entiende por realidad, libertad y normalidad. Y así lo percibimos al leer la poesía exploradora, innovadora, del primer Eduardo Fraile y de Vicente Luis Mora.
Como una combinación reelaborada de estas cuatro corrientes que enriquecen nuestro lírico hoy podemos entender la poesía englobadora y audazmente metafórica de Raúl Campoy Guillén (Madrid, 1978).
Después de un primer libro fresco, vivencial sin narratividad, con reminiscencias clásicas en el fraseo y la métrica libre y con una atmósfera y lenguaje eminentemente posmodernos a la hora de escribir y ordenar la vida desde el yo -DONDE CASI AMANECE (Ed. Calya); poemario que ya apuntaba a la inmersión truculenta en las inmediaciones del republicano ámbito de la imaginación metafórica- este autor ha venido a entrar ya en la selva de la metáfora desnudo pero armado.
Así su libro LOS DIENTES DEL RELOJ (Ed. Atlantis) es en verdad una apuesta por la metáfora como instrumento fértil en el objetivo de convertir su poesía en un compendio de visiones.
Se trata ya esta poesía de una forma original –entendamos esta palabra en su sentido Romántico- de avanzar hacia la imaginación sin contornos que supone la locura, pero no desde el automatismo psíquico puro que reivindicaban André Breton, Benjamín Péret y el resto de surrealistas pioneros, sino desde el lado densamente barroco de la metáfora postgongorina (lado retomado entre nosotros de modo sublime por Antonio Gamoneda y Juan Carlos Mestre como vía de expresión autorreveledora como camino hacia lo universal cifrado).
La irreverencia, la heterodoxia, un punto de iconoclasta suburbano, una forma curiosa de profesar y practicar el erotismo lírico, el experimentalismo sutil pero no juguetón, el surrealismo racionalmente controlado y una variedad métrica versátil que no rehuye ni el poema en prosa a la hora de hacer ver al lector que, en su lirismo, el contenido desborda a la forma, son los componentes o coordenadas de un libro que quiere ser, y con frecuencia lo consigue, un revulsivo emocional que lo mueva todo de sitio dentro de quienes lo leemos…
Como la teología y la teosofía, la poesía de Raúl Campoy, ya que a cada paso se sumerge en el yo y se renueva, nos viene a llevar al más allá.
De hecho la poesía conceptual, metafísica, apela a nuestra capacidad de síntesis y profundización convirtiendo cada verso en un punto de partida para la meditación, como el zen, y así, entre los poetas de la última generación, nos enseña a hacerlo la contenida poesía de Álvaro Tato.
La poesía narrativa por otro lado nos presenta una anécdota vital o emocional para que la contrastemos biográficamente, la trasvasemos, la rebasemos y hagamos de ella una forma de iluminar nuestro entendimiento del yo, de la vida, de la caducidad y del ofrecimiento imperfecto de la muerte. Y así nos lo hace ver mediante su magnética poesía, por ejemplo, Josep María Rodríguez.
La poesía cifrada, oscura como un pozo lleno de diamantes, apela a nuestra invitación indagadora para hacernos extraer con exigencia principios iluminadores desde el lado menos racional de nuestro entendimiento, y así queda patente en los libros, por citar un hombre sólo, de Julieta Valero.
La poesía experimental busca, persiguiendo el arduo e inagotable camino que abrieron el Barroco, las Vanguardias y el Psicoanálisis, nuevos caminos expresivos repletos de laberintos armónicos que amplíen lo que se entiende por realidad, libertad y normalidad. Y así lo percibimos al leer la poesía exploradora, innovadora, del primer Eduardo Fraile y de Vicente Luis Mora.
Como una combinación reelaborada de estas cuatro corrientes que enriquecen nuestro lírico hoy podemos entender la poesía englobadora y audazmente metafórica de Raúl Campoy Guillén (Madrid, 1978).
Después de un primer libro fresco, vivencial sin narratividad, con reminiscencias clásicas en el fraseo y la métrica libre y con una atmósfera y lenguaje eminentemente posmodernos a la hora de escribir y ordenar la vida desde el yo -DONDE CASI AMANECE (Ed. Calya); poemario que ya apuntaba a la inmersión truculenta en las inmediaciones del republicano ámbito de la imaginación metafórica- este autor ha venido a entrar ya en la selva de la metáfora desnudo pero armado.
Así su libro LOS DIENTES DEL RELOJ (Ed. Atlantis) es en verdad una apuesta por la metáfora como instrumento fértil en el objetivo de convertir su poesía en un compendio de visiones.
Se trata ya esta poesía de una forma original –entendamos esta palabra en su sentido Romántico- de avanzar hacia la imaginación sin contornos que supone la locura, pero no desde el automatismo psíquico puro que reivindicaban André Breton, Benjamín Péret y el resto de surrealistas pioneros, sino desde el lado densamente barroco de la metáfora postgongorina (lado retomado entre nosotros de modo sublime por Antonio Gamoneda y Juan Carlos Mestre como vía de expresión autorreveledora como camino hacia lo universal cifrado).
La irreverencia, la heterodoxia, un punto de iconoclasta suburbano, una forma curiosa de profesar y practicar el erotismo lírico, el experimentalismo sutil pero no juguetón, el surrealismo racionalmente controlado y una variedad métrica versátil que no rehuye ni el poema en prosa a la hora de hacer ver al lector que, en su lirismo, el contenido desborda a la forma, son los componentes o coordenadas de un libro que quiere ser, y con frecuencia lo consigue, un revulsivo emocional que lo mueva todo de sitio dentro de quienes lo leemos…
Como la teología y la teosofía, la poesía de Raúl Campoy, ya que a cada paso se sumerge en el yo y se renueva, nos viene a llevar al más allá.
viernes, 9 de marzo de 2012
EL ASESINO HIPOCONDRÍACO de Juan Jacinto Muñoz Rengel
La novela negra americana y la novela negra inglesa y hasta la novela negra sueca tienen su sello propio intransferible, identificable, que, además, ha calado en el público lector desde hace décadas.
Teniendo en cuenta esto no han sido pocos los intentos de conseguir, y creo que se ha logrado, una novela negra española con marchamo propio. Tal logro, saltándonos precedentes como García Pavón o Mario Lacruz, empieza a culminarse con Manuel Vázquez Montalbán y González Lesdesma, pasa por Andreu Martín, Gelbenzu, Lorenzo Silva, Alicia Giménez Bartlett y Juan Madrid, y ha cobrado un renovado vigor por parte de las últimas generaciones de escritores.
La novela negra española está de hecho dejando de tener un corte social y costumbrista para pasar a beber en las ricas y también castizas fuentes del esperpento y el humorismo genial de narradores de la vanguardia española como Mihura, Gómez de la Serna y Jardiel Poncela. Y por ese fértil camino se han adentrado nuestros nuevos escritores del género como por ejemplo Juan Aparicio-Belmonte (recomendamos en este sentido su novela UNA REVOLUCIÓN PEQUEÑA) y David Torres (véase NIÑOS DE TIZA).
Un paso más allá en las posibilidades y la originalidad de la narrativa negra española lo acaba de dar con su primera novela el ya celebrado autor de cuentos Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974). Su obra se titula EL ASESINO HIPOCONDRÍACO. La edita Plaza&Janés. Y es una locura.
La suya, hablemos en serio, es una novela narrada en primera persona desde el punto de vista del asesino, un depravado neurótico moralmente deleznable y de acontecer surrealista, como en las obras de los autores de su generación citados, pero que consigue ganarse al lector y erigirse casi en víctima debido a su delincuente condición de “hombre asediado por la mala suerte”.
Este personaje, lo que en psicoanálisis se denomina un perverso polimorfo, un ultraobsesivo, es un logro literario en toda regla, un asesino a sueldo que cuenta su historia para que desde tal perspectiva la trama negra sólo se sobreentienda, un aprensivo en grado supino, al que van y encargan liquidar a Eduardo Blastein. Pero la originalidad de El asesino hipocondríaco –novela que, como ocurre en los últimos y más impuros narradores de novela negra en España, es una novela negra a su manera- radica no sólo en que, en vez de centrarse la narración en el acontecer exterior a los personajes como suele hacerlo el género, aquí lo central de la narración es el interior de lo humano; principalmente el interior del asesino. Y es un interior quebradizo, maleable, neurótico, y, tan tan aprensivo, que en el lector produce risa, afectación, casi comprensión, casi empatía, estupor, repulsión, odio y afecto, lejanía y cercanía en la misma medida: todo al mismo tiempo mientras va fluyendo el disparatado argumento.
Sin embargo no sólo en la perspectiva narrativa, este narrar desde dentro de los personajes lo que les ocurre fuera, radica la originalidad de una obra contada, como decimos, desde el lado de acá del esperpento. Más bien su logro mayor es el de añadir al marchamo de la novela negra española de hoy la intertextualidad. ¡Sí, la intertextualidad!... ¿Qué tienen que ver con la falta de pericia criminal, con las innumerables afecciones y con la mala suerte de este asesino Poe, Proust, Moliere, Voltaire, Kant y Tolstoi?... Para saberlo tendrán que leer esta novela divertida y de prosa eléctrica que supone el audaz debut de un novelista que promete muchas emociones impagables.
Teniendo en cuenta esto no han sido pocos los intentos de conseguir, y creo que se ha logrado, una novela negra española con marchamo propio. Tal logro, saltándonos precedentes como García Pavón o Mario Lacruz, empieza a culminarse con Manuel Vázquez Montalbán y González Lesdesma, pasa por Andreu Martín, Gelbenzu, Lorenzo Silva, Alicia Giménez Bartlett y Juan Madrid, y ha cobrado un renovado vigor por parte de las últimas generaciones de escritores.
La novela negra española está de hecho dejando de tener un corte social y costumbrista para pasar a beber en las ricas y también castizas fuentes del esperpento y el humorismo genial de narradores de la vanguardia española como Mihura, Gómez de la Serna y Jardiel Poncela. Y por ese fértil camino se han adentrado nuestros nuevos escritores del género como por ejemplo Juan Aparicio-Belmonte (recomendamos en este sentido su novela UNA REVOLUCIÓN PEQUEÑA) y David Torres (véase NIÑOS DE TIZA).
Un paso más allá en las posibilidades y la originalidad de la narrativa negra española lo acaba de dar con su primera novela el ya celebrado autor de cuentos Juan Jacinto Muñoz Rengel (Málaga, 1974). Su obra se titula EL ASESINO HIPOCONDRÍACO. La edita Plaza&Janés. Y es una locura.
La suya, hablemos en serio, es una novela narrada en primera persona desde el punto de vista del asesino, un depravado neurótico moralmente deleznable y de acontecer surrealista, como en las obras de los autores de su generación citados, pero que consigue ganarse al lector y erigirse casi en víctima debido a su delincuente condición de “hombre asediado por la mala suerte”.
Este personaje, lo que en psicoanálisis se denomina un perverso polimorfo, un ultraobsesivo, es un logro literario en toda regla, un asesino a sueldo que cuenta su historia para que desde tal perspectiva la trama negra sólo se sobreentienda, un aprensivo en grado supino, al que van y encargan liquidar a Eduardo Blastein. Pero la originalidad de El asesino hipocondríaco –novela que, como ocurre en los últimos y más impuros narradores de novela negra en España, es una novela negra a su manera- radica no sólo en que, en vez de centrarse la narración en el acontecer exterior a los personajes como suele hacerlo el género, aquí lo central de la narración es el interior de lo humano; principalmente el interior del asesino. Y es un interior quebradizo, maleable, neurótico, y, tan tan aprensivo, que en el lector produce risa, afectación, casi comprensión, casi empatía, estupor, repulsión, odio y afecto, lejanía y cercanía en la misma medida: todo al mismo tiempo mientras va fluyendo el disparatado argumento.
Sin embargo no sólo en la perspectiva narrativa, este narrar desde dentro de los personajes lo que les ocurre fuera, radica la originalidad de una obra contada, como decimos, desde el lado de acá del esperpento. Más bien su logro mayor es el de añadir al marchamo de la novela negra española de hoy la intertextualidad. ¡Sí, la intertextualidad!... ¿Qué tienen que ver con la falta de pericia criminal, con las innumerables afecciones y con la mala suerte de este asesino Poe, Proust, Moliere, Voltaire, Kant y Tolstoi?... Para saberlo tendrán que leer esta novela divertida y de prosa eléctrica que supone el audaz debut de un novelista que promete muchas emociones impagables.
lunes, 19 de diciembre de 2011
LYON, 1943 de Ana Martín Puigpelat
Igual que la música clásica hace ya mucho tiempo que empezó a transgredir la melodía y la pintura también hace ya mucho transgredió la figuración, la poesía, el arte literario que más ha avanzado sin perder su esencia, lleva mucho tiempo –desde las vanguardias, aunque hay quien diría que desde el Barroco- transgrediendo la lógica y buscando nuevos conductos de expresividad.
Sí, la poesía moderna –la poesía que no desea ser continuista- lo es sobretodo porque, como género apasionadamente indagador, se va impregnando de nuevos registros para hablar de lo mismo: la condición humana y la caducidad.
Visto desde ese prisma cabe todo en el poema, todo lo que cabe en el mundo, parece decirnos Ana Martín Puigpelat en su último libro titulado LYON, 1943 (Ed. El sastre de Apollinaire).
Construyendo el texto con estructura fílmica, y repleto a su vez de dramáticos cambios de diálogo escritos en estilo indirecto para una actriz -¿la autora?- que interpela sin respuesta a un amor, o a varios, este libro de versos salmódicos es mucho más que un paraíso de enumeraciones en versículos repletos de metáforas. Y lo es porque lo más audaz del conjunto, aunque lo que resalta primero es el brillante lenguaje, es en mi opinión esa estructura que rebasa innovadoramente el sáfico fragmentarismo –dicho en los términos en los que utilizan de forma renovadora el fragmentarismo sáfico, llamado también la estética del fragmento por Natalie Barney, Djuna Barnes y demás iniciadoras del París de los locos años 20, autoras de nuestras letras como María Mercé Marçal, Ana Roseti, etc- de anteriores libros de esta autora.
Y podía haber sido la historia de amor torrencial, turbulento, desbordado y lacerante en medio de un asedio que en este libro se nos cuenta un relato, una obra de teatro o un guión de cine con nazis de fondo. Sin embargo la autora, ebria de metáforas que tocan, ha conformado un poema dividido en tres secciones y deshilachado, evocador, intenso, construido a base de fundidos que nos pasan a otra escena, de diálogos sin respuesta, de monólogos con imágenes de fondo y de una narratividad diluida por el lirismo que a todo se aviene, y todo lo incorpora transformándolo.
El estudio crítico de Philipe Merlo Morat que acompaña al libro esclarece el cronotopo del título más que el propio texto, y lo presenta en conjunto como un poemario de resistencia en la más amplia acepción de esa palabra teñida de Historia. Afirma asimismo que este libro habría de pertenecer al subgénero de la “poesía histórica”, y analiza el yo poético así como la recepción del discurso lírico disgregado en cuatro tus. Pasa sin embargo el interesante, erudito e indagador epílogo crítico casi por alto la proeza estructural, centrándose en esos otros aspectos que hacen de éste un libro no exento de personalidad.
Sí, la poesía moderna –la poesía que no desea ser continuista- lo es sobretodo porque, como género apasionadamente indagador, se va impregnando de nuevos registros para hablar de lo mismo: la condición humana y la caducidad.
Visto desde ese prisma cabe todo en el poema, todo lo que cabe en el mundo, parece decirnos Ana Martín Puigpelat en su último libro titulado LYON, 1943 (Ed. El sastre de Apollinaire).
Construyendo el texto con estructura fílmica, y repleto a su vez de dramáticos cambios de diálogo escritos en estilo indirecto para una actriz -¿la autora?- que interpela sin respuesta a un amor, o a varios, este libro de versos salmódicos es mucho más que un paraíso de enumeraciones en versículos repletos de metáforas. Y lo es porque lo más audaz del conjunto, aunque lo que resalta primero es el brillante lenguaje, es en mi opinión esa estructura que rebasa innovadoramente el sáfico fragmentarismo –dicho en los términos en los que utilizan de forma renovadora el fragmentarismo sáfico, llamado también la estética del fragmento por Natalie Barney, Djuna Barnes y demás iniciadoras del París de los locos años 20, autoras de nuestras letras como María Mercé Marçal, Ana Roseti, etc- de anteriores libros de esta autora.
Y podía haber sido la historia de amor torrencial, turbulento, desbordado y lacerante en medio de un asedio que en este libro se nos cuenta un relato, una obra de teatro o un guión de cine con nazis de fondo. Sin embargo la autora, ebria de metáforas que tocan, ha conformado un poema dividido en tres secciones y deshilachado, evocador, intenso, construido a base de fundidos que nos pasan a otra escena, de diálogos sin respuesta, de monólogos con imágenes de fondo y de una narratividad diluida por el lirismo que a todo se aviene, y todo lo incorpora transformándolo.
El estudio crítico de Philipe Merlo Morat que acompaña al libro esclarece el cronotopo del título más que el propio texto, y lo presenta en conjunto como un poemario de resistencia en la más amplia acepción de esa palabra teñida de Historia. Afirma asimismo que este libro habría de pertenecer al subgénero de la “poesía histórica”, y analiza el yo poético así como la recepción del discurso lírico disgregado en cuatro tus. Pasa sin embargo el interesante, erudito e indagador epílogo crítico casi por alto la proeza estructural, centrándose en esos otros aspectos que hacen de éste un libro no exento de personalidad.
martes, 13 de diciembre de 2011
EL LIBRO DE LAS HORAS CONTADAS de José María Merino
La riqueza más exportable con la que cuenta León –bueno es decirlo en sísmico tiempo de crisis- la producen sus creadores.
En este sentido ayer se presentó aquí la última novela de José María Merino: se titula El libro de las horas contadas, es una historia-puzzle escrita con la habilidad de un preclaro cuerdo, está asimismo entreverada con cuentos en los que muestra una imaginación lunática, y tal vez nadie afirmaría que este atrevido libro es autoficción, pero para mí, como decía don Saturnino en Villalobar, esu ye tan claru que da cosa comentalo.
Merino, sin presentar el texto como una narración de índole reveladoramente personal, pero sin dejar de serlo, cuenta con magnetismo la historia fronteriza de un escritor maduro, imaginativo, minucioso y con accesos de nostalgia, con una sensibilidad casi de naturalista para el paisaje y los animales, neurótico e hipocondríaco, el cual está casado con una mujer tan cómplice como creativa. Muy cerca de este matrimonio gravita un primo viudo cuya mujer se suicidó… El conflicto viene dado por el hecho de que al escritor le han detectado una enfermedad grave de la que le han operado, y la cual precisa de una nueva cirugía. Y es que él, tras experimentar las acentuadas alteraciones de conciencia que tanto el diagnóstico como la enfermedad provocan en todo paciente miedoso, decide transformar esos patológicos trastornos de realidad en cuentos (así va trazando una paulatina simetría entre realidad y ficción mediante la curiosidad, la memoria y la imaginación). En uno de los cuentos hace ver que sabe del deseo de su amigo por su mujer, y ese relato exaspera a ambos, para pasmo del escritor (esto le obliga a justificarse, desarrollando a tal efecto una teoría justificativa sobre que el que narra es siempre “el otro yo del escritor”, pero tal teoría no convence a su mujer, ni a su amigo, ni tampoco al lector que no cesa de asistir a como el escritor de El libro de las horas contadas y su “otro yo” se superponen constantemente)…
De este ingenioso modo van fluyendo no sólo el argumento de la novela y los cuentos que escribe el autor-protagonista, sino también lo que estos cuentos producen en el resto de personajes (el lector percibe así como esos reatos-límite van contagiando con su ritmo y su fantasía a la novela que los contiene, la cual aún así no deja de ser realista ni bellamente metafísica).
A pesar de esos cuentos enloquecidos, y a pesar de las constantes impregnaciones fantásticas del argumento general, uno siempre sabe que ésta es una historia confesional como lo son siempre las grandes obras escritas desde esa atalaya que es haber vivido mucho bien…
Sí, hagamos frente a la crisis: la mejor forma de agradecerle a un escritor que siga generando riqueza y compartiéndola es leer su obra.
En este sentido ayer se presentó aquí la última novela de José María Merino: se titula El libro de las horas contadas, es una historia-puzzle escrita con la habilidad de un preclaro cuerdo, está asimismo entreverada con cuentos en los que muestra una imaginación lunática, y tal vez nadie afirmaría que este atrevido libro es autoficción, pero para mí, como decía don Saturnino en Villalobar, esu ye tan claru que da cosa comentalo.
Merino, sin presentar el texto como una narración de índole reveladoramente personal, pero sin dejar de serlo, cuenta con magnetismo la historia fronteriza de un escritor maduro, imaginativo, minucioso y con accesos de nostalgia, con una sensibilidad casi de naturalista para el paisaje y los animales, neurótico e hipocondríaco, el cual está casado con una mujer tan cómplice como creativa. Muy cerca de este matrimonio gravita un primo viudo cuya mujer se suicidó… El conflicto viene dado por el hecho de que al escritor le han detectado una enfermedad grave de la que le han operado, y la cual precisa de una nueva cirugía. Y es que él, tras experimentar las acentuadas alteraciones de conciencia que tanto el diagnóstico como la enfermedad provocan en todo paciente miedoso, decide transformar esos patológicos trastornos de realidad en cuentos (así va trazando una paulatina simetría entre realidad y ficción mediante la curiosidad, la memoria y la imaginación). En uno de los cuentos hace ver que sabe del deseo de su amigo por su mujer, y ese relato exaspera a ambos, para pasmo del escritor (esto le obliga a justificarse, desarrollando a tal efecto una teoría justificativa sobre que el que narra es siempre “el otro yo del escritor”, pero tal teoría no convence a su mujer, ni a su amigo, ni tampoco al lector que no cesa de asistir a como el escritor de El libro de las horas contadas y su “otro yo” se superponen constantemente)…
De este ingenioso modo van fluyendo no sólo el argumento de la novela y los cuentos que escribe el autor-protagonista, sino también lo que estos cuentos producen en el resto de personajes (el lector percibe así como esos reatos-límite van contagiando con su ritmo y su fantasía a la novela que los contiene, la cual aún así no deja de ser realista ni bellamente metafísica).
A pesar de esos cuentos enloquecidos, y a pesar de las constantes impregnaciones fantásticas del argumento general, uno siempre sabe que ésta es una historia confesional como lo son siempre las grandes obras escritas desde esa atalaya que es haber vivido mucho bien…
Sí, hagamos frente a la crisis: la mejor forma de agradecerle a un escritor que siga generando riqueza y compartiéndola es leer su obra.
martes, 18 de octubre de 2011
FAROL DE SATURNO de Antonio Martínez Sarrión
No es un gran libro de madurez...
La inclusión de Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) en la celebrada antología de José María Castellet NUEVE NOVÍSIMOS POETAS ESPAÑOLES (1970) dio un empujón muy importante a su nombre en el concierto de la poesía española, pero asimismo simplificó un poco quizás el entendimiento de su poesía, que siempre tuvo preocupaciones innovadoramente cívicas –expresadas metafóricamente a través del jazz, la pintura, el cine, el decadentismo francés, el gusto por los heterodoxos y también el casticismo- las cuales trascendían no sólo la poesía social, sino también la novísima, llevando de una nueva forma a esta última, más allá del culturalismo y la contracultura, a un implicado y humanizante terreno ideológico.
Y es que Antonio Martínez Sarrión, como bien lo hemos recordado releyendo la reciente reedición en la Editorial Bartleby de su primer libro TEATRO DE OPERACIONES (2010), siempre ha sido un poeta cuidadoso de lo estético, sí, pero sobretodo empeñado en una sutil e irrenunciable finura ideológica: si la poesía novísima trataba de embellecer el mundo al llenarlo de referencias, la de este poeta humanizaba asimismo el mundo al plantearse y plantearnos posiciones.
Sin embargo la poesía del último Antonio Martínez Sarrión, casi dejando a un lado el culturalismo, es contestataria de otra forma: de hecho está concebida como un emocionante trabajo lírico de síntesis vital y poética (las preocupaciones son las mismas pero la rebeldía presenta más pasión que acción, el lenguaje lírico avanza hacia la desnudez, y la contención pone ahora su poesía rumbo a esa perfección que nuca se alcanza).
Lo vino haciendo ya en su libro CORDURA (1999), un texto repleto de hondura e ironía escéptica; de veleidades caricaturescas combinadas con poemas metafísicos repletos de estoica lucidez, al lado de poemas epigramáticos. A este siguió otro poemario que intensificó dichos postulados, POETA EN DIWÁN (2004), que prosigue con el estoicismo formal y el orientalismo emocional y vital, pero esta vez salpicado todo con pinceladas de expresionismo postista y de tremendismo de posguerra.
Y ahora acaba de salir a la calle, también publicado por la Editorial Tusquets, un nuevo libro del autor titulado FAROL DE SATURNO, que, ahondando de nuevo en la orientalizante apología de la brevedad y en la contemplación como camino hacia la iluminación, es compendio y culmen de su última y acaso más perdurable poética.
Se trata éste de un libro de poesía progresiva, cada vez más desnuda, cada vez más posicionada del lado de ese ascetismo y esa renunciación como escudo frente la zafiedad del mundo que propugnan los budistas, y cada vez más asentada en lo que de verdad es la desengañante vida: todo sin perder la irradiante fe en la belleza, en la dignidad, en la inteligencia y en la propia poesía como salvaguarda y cura existencial.
Sin embargo el viaje hacia la síntesis poética de Antonio Martínez Sarrión aquí mostrado, en vez de oscurecer herméticamente su lenguaje como en el caso de otros poetas que vienen realizando parejo itinerario en ellos asociado a la vejez –Antonio Gamoneda, por ejemplo- lo ha abierto a la luz eliminando de su voz las cifradas impregnaciones surrealistas de anteriores entregas del autor, y reduciendo en estas páginas el culturalismo cosmopolita a las menciones de Buda, Keats, Bartleby, Gautama y un poeta japonés del siglo XVII llamado Basho.
Tres vetas temáticas recorren transversalmente este libro: los poemas moralistas que denuncian y advierten de la necesidad de protegerse de la degradación cívica, los poemas transidos de “sutilezas muy propias de Oriente” y los poemas biográficos que se retrotraen al pasado personal para retratar así, con perspectiva indirecta, el universal e intemporal presente.
Pero principalmente FAROL DE SATURNO sorprende por su lenguaje –un lenguaje contenido y por momentos directo y broco que acentúa la indignación; un lenguaje matizado, preciso y excepcionalmente bien empalabrado-. También sorprende por su libertad rítmica –este libro fluctúa entre el verso y la prosa como haciéndonos ver sin decirlo mediante su inencorsetable fraseo musical que el intenso contenido desborda a la forma-. Y definitivamente sorprende por una inquietante lucidez expresada mediante no pocos versos con vocación de cita literaria.
No es un gran libro de madurez. Es más que eso.
La inclusión de Antonio Martínez Sarrión (Albacete, 1939) en la celebrada antología de José María Castellet NUEVE NOVÍSIMOS POETAS ESPAÑOLES (1970) dio un empujón muy importante a su nombre en el concierto de la poesía española, pero asimismo simplificó un poco quizás el entendimiento de su poesía, que siempre tuvo preocupaciones innovadoramente cívicas –expresadas metafóricamente a través del jazz, la pintura, el cine, el decadentismo francés, el gusto por los heterodoxos y también el casticismo- las cuales trascendían no sólo la poesía social, sino también la novísima, llevando de una nueva forma a esta última, más allá del culturalismo y la contracultura, a un implicado y humanizante terreno ideológico.
Y es que Antonio Martínez Sarrión, como bien lo hemos recordado releyendo la reciente reedición en la Editorial Bartleby de su primer libro TEATRO DE OPERACIONES (2010), siempre ha sido un poeta cuidadoso de lo estético, sí, pero sobretodo empeñado en una sutil e irrenunciable finura ideológica: si la poesía novísima trataba de embellecer el mundo al llenarlo de referencias, la de este poeta humanizaba asimismo el mundo al plantearse y plantearnos posiciones.
Sin embargo la poesía del último Antonio Martínez Sarrión, casi dejando a un lado el culturalismo, es contestataria de otra forma: de hecho está concebida como un emocionante trabajo lírico de síntesis vital y poética (las preocupaciones son las mismas pero la rebeldía presenta más pasión que acción, el lenguaje lírico avanza hacia la desnudez, y la contención pone ahora su poesía rumbo a esa perfección que nuca se alcanza).
Lo vino haciendo ya en su libro CORDURA (1999), un texto repleto de hondura e ironía escéptica; de veleidades caricaturescas combinadas con poemas metafísicos repletos de estoica lucidez, al lado de poemas epigramáticos. A este siguió otro poemario que intensificó dichos postulados, POETA EN DIWÁN (2004), que prosigue con el estoicismo formal y el orientalismo emocional y vital, pero esta vez salpicado todo con pinceladas de expresionismo postista y de tremendismo de posguerra.
Y ahora acaba de salir a la calle, también publicado por la Editorial Tusquets, un nuevo libro del autor titulado FAROL DE SATURNO, que, ahondando de nuevo en la orientalizante apología de la brevedad y en la contemplación como camino hacia la iluminación, es compendio y culmen de su última y acaso más perdurable poética.
Se trata éste de un libro de poesía progresiva, cada vez más desnuda, cada vez más posicionada del lado de ese ascetismo y esa renunciación como escudo frente la zafiedad del mundo que propugnan los budistas, y cada vez más asentada en lo que de verdad es la desengañante vida: todo sin perder la irradiante fe en la belleza, en la dignidad, en la inteligencia y en la propia poesía como salvaguarda y cura existencial.
Sin embargo el viaje hacia la síntesis poética de Antonio Martínez Sarrión aquí mostrado, en vez de oscurecer herméticamente su lenguaje como en el caso de otros poetas que vienen realizando parejo itinerario en ellos asociado a la vejez –Antonio Gamoneda, por ejemplo- lo ha abierto a la luz eliminando de su voz las cifradas impregnaciones surrealistas de anteriores entregas del autor, y reduciendo en estas páginas el culturalismo cosmopolita a las menciones de Buda, Keats, Bartleby, Gautama y un poeta japonés del siglo XVII llamado Basho.
Tres vetas temáticas recorren transversalmente este libro: los poemas moralistas que denuncian y advierten de la necesidad de protegerse de la degradación cívica, los poemas transidos de “sutilezas muy propias de Oriente” y los poemas biográficos que se retrotraen al pasado personal para retratar así, con perspectiva indirecta, el universal e intemporal presente.
Pero principalmente FAROL DE SATURNO sorprende por su lenguaje –un lenguaje contenido y por momentos directo y broco que acentúa la indignación; un lenguaje matizado, preciso y excepcionalmente bien empalabrado-. También sorprende por su libertad rítmica –este libro fluctúa entre el verso y la prosa como haciéndonos ver sin decirlo mediante su inencorsetable fraseo musical que el intenso contenido desborda a la forma-. Y definitivamente sorprende por una inquietante lucidez expresada mediante no pocos versos con vocación de cita literaria.
No es un gran libro de madurez. Es más que eso.
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