La poesía, como la música, como la vida, es una cuestión de ritmo. Así si uno tiene sentido del tiempo y de la trascendencia, sensibilidad, voluntad y un escudo de belleza con el que mantenerse a salvo de las embestidas de la parte negra de lo real, puede avanzar en su personal nivel de conciencia hasta llegar a un ritmo más acorde con los humanos ciclos naturales y mentales. Sí, si uno incorpora a su existencia el ritmo de la poesía y persevera en él, probablemente se irá quedando solo junto a todo lo que de verdad importa. Y vivirá interconectado a todo hasta no diferenciar misterio y vida. Y rozará esa irrenunciable quimera que en Oriente llaman nirvana, que Rilke denominó armonía y que Antonio Colinas identifica hermosamente con la luz. Por eso, en un momento de plenitud vital que sólo puede ir unido a la edad y la dedicada vocación, Antonio Colinas acaba de publicar su último libro de poemas titulado pertinentemente LOS DESIERTOS DE LA LUZ (Ed. Tusquets).
Se trata de un libro sosegado y meditativo que nos invita a estar atentos a todo lo invisible que pasa ante nosotros. Un libro que, sin rehuir las miserias de la condición humana –véanse los poemas sobre la guerra, Jerusalén y el 11M- nos insufla con cadencia musical altas dosis de esperanza: “en el mundo aún habrá esperanza/ mientras alguien respire/ en paz la última música”. De hecho Antonio Colinas, sin distinguir apenas entre vivir y viajar, entre recordar y estar, intensifica en estas páginas su panteísmo y su anhelo de pureza y salvación para convertir sus versos órficos en un compendio de sabiduría, ponderación y generosidad. Sí, Antonio Colinas, con ese microscopio emocional que es su poesía, hace de cada poema un elogio del detenimiento, de cada lugar una conexión, y hace de de cada cosa una equivalencia: por eso para él el mundo, como los koan del zen, es un punto de partida para la meditación: “estaba abriendo/ todo mi ser completamente a todo…”.
Hay un momento en este libro en el que el paisajismo se vuelve emocional, y nos trasporta, y nos embriaga: “Para apartar la muerte/ toda la primavera ha cantado la lluvia/ sobre los bosques de la isla/ y sobre el negro corazón de las grutas”... “Estos campos/ incluso hoy más que ayer/ son un sueño que se desborda en mar”... Así, mientras el poeta vaga “por el laberinto de su tiempo”, uno transita con él por lugares que son cruces en el mapa de carne de Colinas –Ibiza, Salamanca, Jerusalén, Bruselas, Ávila, Roma, Jericó, el Mar Muerto…- y los revisa todos con la mirada rebosante de sacralidad del poeta, y así aprende a mirar. Además las dosificadas referencias culturales –Santa Teresa, San Juan, Ana de Jesús, Jorge Manrique, Tolstoy, Glenn Could, Bach, Händel…- junto a un eclecticismo que une el misticismo cristiano con el taoísmo y la tradición oriental con la occidental, no sólo convierten a este libro, como ya se ha dicho, en una educación de la mirada sino igualmente en un tratado para buenos viajeros. Asimismo esta poesía, además de ahondar en la identidad, promueve la verdadera convivencia en estos tiempos nuestros en los que los excesos y lateralizaciones de la política dificultan a veces la convivencia. De hecho actualmente el escepticismo campa a sus anchas y hace falta mucha fe en el hombre para desear seguir siendo un ciudadano, pero Antonio Colinas, que está lejos del escepticismo, nos muestra desde el primer poema hasta el último que el lado negro de la realidad no apagará nunca la luz del mundo.
He aquí pues un libro acogedor y hospitalario que te invita a abrirlo y a acomodarte dentro: “quédate aquí, no partas en la noche: oirás/ cómo dentro de ti y de la piedra/ brama la luz”. Un libro que regresa al origen de la lírica para recordarnos que la poesía, como la vida, es un ir y venir siguiendo el ritmo sagrado de la música…
La poesía es una cuestión de ritmo.
La poesía, como la música, como el amor, es una forma de tocar.
martes, 3 de mayo de 2011
ESCRIBIR COMO ESCUPIR de Leopoldo María Panero
El rostro es el lugar donde lo privado se hace público. En este sentido el rostro de Leopoldo María Panero (Madrid 1.948), poeta loco por antonomasia de las letras españolas, ha evolucionado desde aquella nariz afilada de melenudo avieso, gesto histriónico y rompedor y mirada de actor sobreactuado con el que apareció en la película El Desencanto, hacia un semblante roto de digno derrotado, enajenado con mirada de perrito apaleado y sonrisa mendicante, piel facial totalmente acorralada por arrugas, delgadez y unas ansias de muerte que parecían no caber un ningún libro. Sí, así apareció en la posterior película Veinte Años Después.
El rostro es el lugar donde lo privado se hace público, y eso mismo es el poema. En este sentido el último libro de poemas o retrato o espejo de Leopoldo María Panero acaba de ser publicado por la editorial Calambur, se titula Escribir Como Escupir y equivale a su rostro. Desde el primer poema -“Ritual Sioux”- hasta el apéndice -“Tres poemas más”- nunca baja la guardia esta poesía maldita sin fingirlo en la que la imaginación radical de la locura se va haciendo metáfora una y otra vez para denunciarlo todo así, como no supieron hacerlo ni la poesía social, ni la poesía de la experiencia ni el realismo sucio.
Son poemas heridos, imperfectos, crudos, que se asientan rítmicamente en la repetición, y verbalmente en la reiteración. Así Escribir como Escupir está en la línea coherente de los mejores libros del autor -“Narciso en el acorde último de las flautas”, “Contra España y otros poemas no de amor” y “Poemas del Manicomio de Mondragón”- pues a estas alturas Leopoldo María Panero no pretende ya ampliar su mundo, sino sólo se fija la proeza de intensificarlo.
Leer pues este poemario es maltratarse a uno mismo: esta poesía parece a veces ininteligible porque la lucidez pura no puede ser comprendida por la mente humana, pero si podemos al menos atisbarla mediante la intuición. Además hay aquí poemas como el titulado “Carta al padre” en los que el autor no sólo ajusta cuentas; también nos hace saber que hacer repaso es humillar al tiempo. Como la perspicacia de Erasmo de Rótterdam nos enseñó, hay sabiduría en la locura. Como el dolor de Nietzsche nos enseñó, hay clarividencia y una universidad del desengaño en la locura. Como Leopoldo María Panero escribe: “Dolor, maestro de escuela español / que lloras en vano por una vida que no hay… / Soy un apestado de la luz… / El único señor del mundo / es la Reina de Corazones”.
Leopoldo María Panero se muestra en estas páginas como un poeta muy culto cuya misión es mearse en la cultura para liberarnos de imposturas. Por eso su poesía rezuma un existencialismo no meramente intelectual, como el de Sartre, sino radicalmente vital… Probablemente -lo insinúan estos versos- no los filósofos en sus libros ni los profesores desde sus cátedras sino acaso sólo un loco peligroso tenga autoridad moral para hablarnos de existencialismo.
La poesía de Leopoldo María Panero, como la de Artaud o Tristan Tzara, como los cuadros de Van Gogh o los crímenes de Jack el Destripador, es siempre la creación de quien se quema a lo bonzo; la de quien llega al límite para hacer una obra única a costa sobre todo de sí mismo.
Sin embargo nosotros, apóstoles de lo correcto, la lógica, lo normal, lo que cuadra y no molesta, juzgamos su imperfecta poesía, la desdeñamos y apostamos por lo de siempre a la hora de dar loas, fustas y premios, como bien ha denunciado en sus escritos críticos Tua Blesa.
Se me ocurre una locura: para que recuperemos la fe que nunca hemos tenido en la justicia poética, ¿por qué no presenta alguien Escribir como Escupir como candidato al Premio Nacional de Poesía?
Sé que ante tal propuesta dan ganas de morirse de la risa... Escribe Panero: “El indio va disfrazado por la ciudad / con un espejo en la espalda / para que te veas reflejado / si te ríes de él”. En fin.
El rostro es el lugar donde lo privado se hace público, y eso mismo es el poema. En este sentido el último libro de poemas o retrato o espejo de Leopoldo María Panero acaba de ser publicado por la editorial Calambur, se titula Escribir Como Escupir y equivale a su rostro. Desde el primer poema -“Ritual Sioux”- hasta el apéndice -“Tres poemas más”- nunca baja la guardia esta poesía maldita sin fingirlo en la que la imaginación radical de la locura se va haciendo metáfora una y otra vez para denunciarlo todo así, como no supieron hacerlo ni la poesía social, ni la poesía de la experiencia ni el realismo sucio.
Son poemas heridos, imperfectos, crudos, que se asientan rítmicamente en la repetición, y verbalmente en la reiteración. Así Escribir como Escupir está en la línea coherente de los mejores libros del autor -“Narciso en el acorde último de las flautas”, “Contra España y otros poemas no de amor” y “Poemas del Manicomio de Mondragón”- pues a estas alturas Leopoldo María Panero no pretende ya ampliar su mundo, sino sólo se fija la proeza de intensificarlo.
Leer pues este poemario es maltratarse a uno mismo: esta poesía parece a veces ininteligible porque la lucidez pura no puede ser comprendida por la mente humana, pero si podemos al menos atisbarla mediante la intuición. Además hay aquí poemas como el titulado “Carta al padre” en los que el autor no sólo ajusta cuentas; también nos hace saber que hacer repaso es humillar al tiempo. Como la perspicacia de Erasmo de Rótterdam nos enseñó, hay sabiduría en la locura. Como el dolor de Nietzsche nos enseñó, hay clarividencia y una universidad del desengaño en la locura. Como Leopoldo María Panero escribe: “Dolor, maestro de escuela español / que lloras en vano por una vida que no hay… / Soy un apestado de la luz… / El único señor del mundo / es la Reina de Corazones”.
Leopoldo María Panero se muestra en estas páginas como un poeta muy culto cuya misión es mearse en la cultura para liberarnos de imposturas. Por eso su poesía rezuma un existencialismo no meramente intelectual, como el de Sartre, sino radicalmente vital… Probablemente -lo insinúan estos versos- no los filósofos en sus libros ni los profesores desde sus cátedras sino acaso sólo un loco peligroso tenga autoridad moral para hablarnos de existencialismo.
La poesía de Leopoldo María Panero, como la de Artaud o Tristan Tzara, como los cuadros de Van Gogh o los crímenes de Jack el Destripador, es siempre la creación de quien se quema a lo bonzo; la de quien llega al límite para hacer una obra única a costa sobre todo de sí mismo.
Sin embargo nosotros, apóstoles de lo correcto, la lógica, lo normal, lo que cuadra y no molesta, juzgamos su imperfecta poesía, la desdeñamos y apostamos por lo de siempre a la hora de dar loas, fustas y premios, como bien ha denunciado en sus escritos críticos Tua Blesa.
Se me ocurre una locura: para que recuperemos la fe que nunca hemos tenido en la justicia poética, ¿por qué no presenta alguien Escribir como Escupir como candidato al Premio Nacional de Poesía?
Sé que ante tal propuesta dan ganas de morirse de la risa... Escribe Panero: “El indio va disfrazado por la ciudad / con un espejo en la espalda / para que te veas reflejado / si te ríes de él”. En fin.
UNA PUTA ALBINA COLGADA DEL BRAZO DE FRANCISCO UMBRAL de Diego Medrano
Diego Medrano (Oviedo, 1978) vive y escribe a la sombra de Leopoldo María Panero -loco y maldito por antonomasia de nuestra cultura- como Leopoldo María Panero -interesante escritor de enorme talento que ha acabado devorado por su personaje poético- malvive y escribe a la sombra de Antonin Artaud. Y acaso por eso, porque Medrano se ha enfrentado ya con sus demonios interiores y ha visto el abismo peligroso y atractivo como un pozo lleno de diamantes, ahora ha hecho un punto de inflexión en su obra con su más reciente novela titulada Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral (Ed. Nowtilus.
Este joven autor en cuya imaginativa prosa hay algo del surrealismo y las vanguardias europeas, mucho de Valle Inclán y Gómez de la Serna, y cuarto y mitad de Baudelaire y Rimbaud, se hizo un hueco definitivo en las librerías al publicar Los Héroes Inútiles, su correspondencia personal con Leopoldo Mª Panero. A este singular libro le siguió otro hito dentro de la variada producción de Medrano –la sorprendente y alocada novela El Clitoris de Camile (Ed. Seix-Barral) inspirada de algún modo en la vida de Camile Claudel, musa del escultor Rodin- la cual sorprendió a la crítica y acojonó al público por su inventiva verbal, su inconformismo temático y su sentido de la trasgresión.
Y ahora, como reivindicándose a sí mismo con todo derecho, Diego Medrano ha escrito y publicado una novela con la que su nombre se desasociará del de Leopoldo María Panero y quedará unido para siempre al de cuantos, en la tradición española, han escrito novelas con más estilo que argumento en las cuales brilla la prosa, se reinventa el lenguaje, se denuncia la vida, se va y viene de la radicalidad a la ternura y se vive con pasión. El nombre de Diego Medrano, a partir de esta novela hermosa y loca como todo lo imposible, a partir de este homenaje, de este elogio de la literatura vívida y vivida, quedará para siempre unido al de esa metáfora que ahora es Francisco Umbral.
Samuel Lamata, protagonista de esta novela, es un escritor radical, homosexual, marginal y aspirante a maldito perdido en una pensión sórdida de la calle Hortaleza. Se supone que está escribiendo un libro extravagante –La Vida en las Pensiones-, y, desde luego, ha venido a Madrid para conocer a su admirado Umbral.
Deambulando pues como un gato callejero por el Madrid bohemio conocerá a un editor, Enrique Tarazona, el cual promete inicialmente publicar su libro y presentarle a Umbral, y eso acentuará la vocación y el delirio mesiánico de nuestro protagonista. A partir de aquí, y añadiendo al texto un segundo grado de ficción, todo lo que el protagonista vive parece un capítulo del libro que se supone que está escribiendo -todo tiene algo de novela picaresca postmoderna- al tiempo que Tarazona, ya que todos necesitamos un guía que nos ponga en la rampa de salida de la vida, como nos enseño Herman Hesse en Demian, o que nos conduzca a través del infierno, como nos enseñó Dante en La Divina Comedia, se convertirá en el guía de Samuel Lamata. El joven escritor conocerá a Umbral en el Café Gijón y a una especie de hetaira moderna adicta a los medicamentos y las citas literarias -Maruja Lapoint-, y Tarazona iniciará en el acto una colección de ficción en su editorial contratando simultáneamente una novela de Umbral, y una biografía de Maruja Lapoint escrita por Samuel Lamata. Tras ese encuentro y esa oferta Samuel Lamatra cambiará de guía, sustituirá a Tarazona por Umbral, y luego sustituirá a Umbral por Maruja, la cual se nos descubrirá como una sádica visionaria.
Al mismo tiempo prosiguen pues su novela y su vida, su acerada, inquietante, admonitoria e iluminadora educación sentimental. El lector seguirá leyendo con placer -seguirá asistiendo a los descubrimientos vitales del escritor y a las las discusiones entre escritor y editor- para saber si finalmente llegará Samuel a escribir ese libro y, cosa más difícil, si Tarazona llegará a publicarlo, pero sobretodo seguirá leyendo ebrio de prosa torturada. Así es esta novela atípica llena de frases ingeniosas y citas literarias iluminadoras en la que el autor, fiel a sus clásicos, da más importancia a las conversaciones que a los sucesos…
He aquí pues una novela para quien aprecie el talento, para quien sepa degustar el estilo, para quien disfrute con la potencia verbal y emocional de quien escribe desde un límite… Un hallazgo.
Este joven autor en cuya imaginativa prosa hay algo del surrealismo y las vanguardias europeas, mucho de Valle Inclán y Gómez de la Serna, y cuarto y mitad de Baudelaire y Rimbaud, se hizo un hueco definitivo en las librerías al publicar Los Héroes Inútiles, su correspondencia personal con Leopoldo Mª Panero. A este singular libro le siguió otro hito dentro de la variada producción de Medrano –la sorprendente y alocada novela El Clitoris de Camile (Ed. Seix-Barral) inspirada de algún modo en la vida de Camile Claudel, musa del escultor Rodin- la cual sorprendió a la crítica y acojonó al público por su inventiva verbal, su inconformismo temático y su sentido de la trasgresión.
Y ahora, como reivindicándose a sí mismo con todo derecho, Diego Medrano ha escrito y publicado una novela con la que su nombre se desasociará del de Leopoldo María Panero y quedará unido para siempre al de cuantos, en la tradición española, han escrito novelas con más estilo que argumento en las cuales brilla la prosa, se reinventa el lenguaje, se denuncia la vida, se va y viene de la radicalidad a la ternura y se vive con pasión. El nombre de Diego Medrano, a partir de esta novela hermosa y loca como todo lo imposible, a partir de este homenaje, de este elogio de la literatura vívida y vivida, quedará para siempre unido al de esa metáfora que ahora es Francisco Umbral.
Samuel Lamata, protagonista de esta novela, es un escritor radical, homosexual, marginal y aspirante a maldito perdido en una pensión sórdida de la calle Hortaleza. Se supone que está escribiendo un libro extravagante –La Vida en las Pensiones-, y, desde luego, ha venido a Madrid para conocer a su admirado Umbral.
Deambulando pues como un gato callejero por el Madrid bohemio conocerá a un editor, Enrique Tarazona, el cual promete inicialmente publicar su libro y presentarle a Umbral, y eso acentuará la vocación y el delirio mesiánico de nuestro protagonista. A partir de aquí, y añadiendo al texto un segundo grado de ficción, todo lo que el protagonista vive parece un capítulo del libro que se supone que está escribiendo -todo tiene algo de novela picaresca postmoderna- al tiempo que Tarazona, ya que todos necesitamos un guía que nos ponga en la rampa de salida de la vida, como nos enseño Herman Hesse en Demian, o que nos conduzca a través del infierno, como nos enseñó Dante en La Divina Comedia, se convertirá en el guía de Samuel Lamata. El joven escritor conocerá a Umbral en el Café Gijón y a una especie de hetaira moderna adicta a los medicamentos y las citas literarias -Maruja Lapoint-, y Tarazona iniciará en el acto una colección de ficción en su editorial contratando simultáneamente una novela de Umbral, y una biografía de Maruja Lapoint escrita por Samuel Lamata. Tras ese encuentro y esa oferta Samuel Lamatra cambiará de guía, sustituirá a Tarazona por Umbral, y luego sustituirá a Umbral por Maruja, la cual se nos descubrirá como una sádica visionaria.
Al mismo tiempo prosiguen pues su novela y su vida, su acerada, inquietante, admonitoria e iluminadora educación sentimental. El lector seguirá leyendo con placer -seguirá asistiendo a los descubrimientos vitales del escritor y a las las discusiones entre escritor y editor- para saber si finalmente llegará Samuel a escribir ese libro y, cosa más difícil, si Tarazona llegará a publicarlo, pero sobretodo seguirá leyendo ebrio de prosa torturada. Así es esta novela atípica llena de frases ingeniosas y citas literarias iluminadoras en la que el autor, fiel a sus clásicos, da más importancia a las conversaciones que a los sucesos…
He aquí pues una novela para quien aprecie el talento, para quien sepa degustar el estilo, para quien disfrute con la potencia verbal y emocional de quien escribe desde un límite… Un hallazgo.
LA PRISIÓN DELICADA de Beatriz Russo
Publicado con su habitual rigor por el sello editorial Calambur, el más reciente libro de poesía de Beatriz Russo (Madrid, 1971) contiene un único poema salmódico: bello texto escrito formalmente con parámetros cercanos a la poesía en prosa del último Juan Carlos Mestre –elaborados versículos libres en los que parece hermetismo lo que en verdad es libertad y desatada imaginación-. Así –los lectores de poesía menos obvia estamos de suerte- logra esta poeta adentrarse en ese camino que también transitan otras poetas muy recomendables del hoy como por ejemplo Ana Isabel Conejo (Atlas), Julieta Valero (Los heridos graves) Guadalupe Grande (El libro de Lilit), Alexandra Domínguez (Poemas para llevar en el bolsillo) y Silvia Zayas (Somos estacionarios).
Su poema, largo y lento como un blues femenino, se apoya en un pensamiento de Luis Cernuda para titularse La prisión delicada: “Ésta es mi prisión delicada./ No me salvéis./ Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia./ Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo/. Que nadie incinere mi cuerpo. / Tengo algo que evocar.”… ¿Y qué es temáticamente La prisión delicada?
Las creadoras expatriadas y geniales que coincidieron en el París de los locos años 20 –más concretamente en la orilla izquierda del río Sena, la llamada Rive Gauche- se consideraban a sí mismas lo opuesto a esas otras mujeres que aparecen en los cuadros prerrafaelitas (s. XIX). Amaban la belleza exótica de esas beatrices y ofelias, de esas estilizadas mujeres postrománticas de rasgos escandinavos, pero desdeñaban su pasividad, su condición de creadas y contempladas en vez de creadoras y observadoras, y por eso se empeñaron en superar el modelo de mujer prerafaelita. Tomaron pues como modelo alternativo a Safo, la poeta de Lesbos, enfatizando el hecho de que esa primera poeta lírica había rebasado su condición de “décima musa” para ser algo más que musa: se había rebelado. De hecho Safo –decían- frente a la épica, lo masculino, lo colectivo y la tradición helénica había optado revolucionariamente por la lírica, lo femenino, lo íntimo y la tradición asiática y, al hacerlo, había abierto decisivamente las puertas a un nuevo modelo, a una nueva forma de ser mujer.
Las reencarnaciones de Safo que habitaron el París de los años 20 miraban a las hermosas mujeres retratadas por los pintores prerrafaelitas con compasión pues se trataba de musas asépticas y pasivas encerradas en esa prisión delicada que es un cuadro; que es una vida en posición relegada.
En este sentido Beatriz Russo ha tomado como metáfora a las mujeres de los cuadros prerrafaelitas para, emulando a la vida y obra de Djuna Barnes, Thelma Wood, Natalie C. Barney, Jannet Flanner y el resto de mujeres geniales del París de los 20, reivindicarse a sí misma como creadora y como mujer con identidad propia, con cuerpo y con pasión. Se trata por eso el suyo de un libro aguerrido, densamente metafórico, audaz en el tema y tan intimista y universal al mismo tiempo que uno lo lee como imbuido simultáneamente de tradición y modernidad –de hecho en estas páginas conviven la diosa Astarté y los contenedores, Boccaccio y las fotocopiadoras-.
Además en este poema confesional se dan conciliadoramente la mano la imaginación y la metafísica –La madonnima del pianto condenó mis lagrimales. /Se inundaron mis mejillas con la corriente actividad de los malvados./ No hay tiempo para pedirle cuentas a la vida./ El nihilismo es tan improductivo como el porqué- para acabar conformando un lírico alegato moral que, más allá del feminismo, se erige en una defensa y un elogio de la feminidad con toda su grandeza, su multiplicidad y sus ámbitos propios: “En mi prisión delicada el tiempo no es de los hombres./ Los hombres se suicidaron con las magnolias de la eucaristía./ El vino es el vudú que puso espinas a la rosa./ Y el pan, la duna estéril de un desierto sin agallas.”. De hecho uno termina su lectura pensando en que para esta autora la prisión delicada equivale a su mundo, a esa “habitación propia” de la que hablaba Virginia Woolf. Por eso Beatriz Russo demuestra haberse construido un mundo interior propio, rico y delicado al cual no quiere renunciar pero desea compartir para ampliar así las fronteras mentales que con frecuencia nos constriñen.
Y he ahí uno de los grandes hallazgos de este libro: su gran poder de sugerencia. Y es que uno disfruta tanto de lo que estos versos dicen como de lo que sólo sugieren, de lo que nos invitan a intuir. Y es que este poema, mientras nos ayuda a reparar en lo fascinante que resulta el modo como van cambiando y superponiéndose a lo largo de las generaciones los modelos de mujer, igualmente nos enfrenta a la evidencia de lo anquilosado que aún está nuestro actual modelo masculino: un modelo que arrastra cierto desvirtuado sentido de lo heroico, de la protección, de la sobreactuación y de la dominación el cual nos viene de la épica, del amor cortes y del arte prerafaelita...
Beatriz Russo, como Safo, Djuna Barnes y tantas otras mujeres valientes que la han precedido, seguramente cree que ha escrito La prisión delicada en defensa de sí misma, pero, como hombre frágil, yo sé que también lo ha hecho por mí; por nosotros... Gracias.
Su poema, largo y lento como un blues femenino, se apoya en un pensamiento de Luis Cernuda para titularse La prisión delicada: “Ésta es mi prisión delicada./ No me salvéis./ Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia./ Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo/. Que nadie incinere mi cuerpo. / Tengo algo que evocar.”… ¿Y qué es temáticamente La prisión delicada?
Las creadoras expatriadas y geniales que coincidieron en el París de los locos años 20 –más concretamente en la orilla izquierda del río Sena, la llamada Rive Gauche- se consideraban a sí mismas lo opuesto a esas otras mujeres que aparecen en los cuadros prerrafaelitas (s. XIX). Amaban la belleza exótica de esas beatrices y ofelias, de esas estilizadas mujeres postrománticas de rasgos escandinavos, pero desdeñaban su pasividad, su condición de creadas y contempladas en vez de creadoras y observadoras, y por eso se empeñaron en superar el modelo de mujer prerafaelita. Tomaron pues como modelo alternativo a Safo, la poeta de Lesbos, enfatizando el hecho de que esa primera poeta lírica había rebasado su condición de “décima musa” para ser algo más que musa: se había rebelado. De hecho Safo –decían- frente a la épica, lo masculino, lo colectivo y la tradición helénica había optado revolucionariamente por la lírica, lo femenino, lo íntimo y la tradición asiática y, al hacerlo, había abierto decisivamente las puertas a un nuevo modelo, a una nueva forma de ser mujer.
Las reencarnaciones de Safo que habitaron el París de los años 20 miraban a las hermosas mujeres retratadas por los pintores prerrafaelitas con compasión pues se trataba de musas asépticas y pasivas encerradas en esa prisión delicada que es un cuadro; que es una vida en posición relegada.
En este sentido Beatriz Russo ha tomado como metáfora a las mujeres de los cuadros prerrafaelitas para, emulando a la vida y obra de Djuna Barnes, Thelma Wood, Natalie C. Barney, Jannet Flanner y el resto de mujeres geniales del París de los 20, reivindicarse a sí misma como creadora y como mujer con identidad propia, con cuerpo y con pasión. Se trata por eso el suyo de un libro aguerrido, densamente metafórico, audaz en el tema y tan intimista y universal al mismo tiempo que uno lo lee como imbuido simultáneamente de tradición y modernidad –de hecho en estas páginas conviven la diosa Astarté y los contenedores, Boccaccio y las fotocopiadoras-.
Además en este poema confesional se dan conciliadoramente la mano la imaginación y la metafísica –La madonnima del pianto condenó mis lagrimales. /Se inundaron mis mejillas con la corriente actividad de los malvados./ No hay tiempo para pedirle cuentas a la vida./ El nihilismo es tan improductivo como el porqué- para acabar conformando un lírico alegato moral que, más allá del feminismo, se erige en una defensa y un elogio de la feminidad con toda su grandeza, su multiplicidad y sus ámbitos propios: “En mi prisión delicada el tiempo no es de los hombres./ Los hombres se suicidaron con las magnolias de la eucaristía./ El vino es el vudú que puso espinas a la rosa./ Y el pan, la duna estéril de un desierto sin agallas.”. De hecho uno termina su lectura pensando en que para esta autora la prisión delicada equivale a su mundo, a esa “habitación propia” de la que hablaba Virginia Woolf. Por eso Beatriz Russo demuestra haberse construido un mundo interior propio, rico y delicado al cual no quiere renunciar pero desea compartir para ampliar así las fronteras mentales que con frecuencia nos constriñen.
Y he ahí uno de los grandes hallazgos de este libro: su gran poder de sugerencia. Y es que uno disfruta tanto de lo que estos versos dicen como de lo que sólo sugieren, de lo que nos invitan a intuir. Y es que este poema, mientras nos ayuda a reparar en lo fascinante que resulta el modo como van cambiando y superponiéndose a lo largo de las generaciones los modelos de mujer, igualmente nos enfrenta a la evidencia de lo anquilosado que aún está nuestro actual modelo masculino: un modelo que arrastra cierto desvirtuado sentido de lo heroico, de la protección, de la sobreactuación y de la dominación el cual nos viene de la épica, del amor cortes y del arte prerafaelita...
Beatriz Russo, como Safo, Djuna Barnes y tantas otras mujeres valientes que la han precedido, seguramente cree que ha escrito La prisión delicada en defensa de sí misma, pero, como hombre frágil, yo sé que también lo ha hecho por mí; por nosotros... Gracias.
EXTRAVÍO EN LA LUZ de Antonio Gamoneda
En uno de sus escritos autobiográficos Simone de Beauvoir, que coincidió con ella en la Escuela Normal Superior de París, comenta sobre la estremecedora pensadora francesa Simone Weil: “Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto mucho más que sus dotes como filósofa: envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”... Acaba de salir el libro Extravío en la luz (Ed. Casariego, preámbulos de Amelia Gamoneda, grabados de Juan Carlos Mestre y poemas de Antonio Gamoneda) acaso para recordarnos lo alentador que es hoy leer poesía como quien estudia un corazón capaz de latir por el universo entero.
Ahora que no está claro si el mundo ha entrado en crisis, o en depresión, o esto por fin es el fin de una era, a algunos leer poesía nos rearma la conciencia, que es un modo de prepararnos para lo que sea. Por eso nos acercamos a lo nuevo de Gamoneda, que es lo antiguo condensado e intensificado, y detectamos en su lírico recordatorio de la finitud humana una invitación a hacer acopio de memoria histórica personal, de coherencia y a no rehuir el encuentro de las conciencias que aspiran a estar alerta. O, por decirlo con palabras de la propia Simone Weil, “los que aman una causa son los que aman la vida que ha de llevarse a fin de servirla”. Y Extravío en la luz es sin duda un libro escrito por alguien adepto a la causa de la poesía.
En este sentido especialmente iluminadores resultan los dos preámbulos de Amelia Gamoneda en los que la hija del autor nos enseña, al “imbricar el conocimiento de lo íntimo en su lectura de la obra del poeta”, a apreciar que la riqueza metafórica y la densidad críptica de Gamoneda, “aún con su carga de extrañeza, no proceden del desbocamiento de la imaginación, ni surgen de ningún inconsciente surrealista. La realidad es ya en sí misma suficientemente potente, y lo es porque se ve extrañada a otros ámbitos, y por tanto modifica su sentido”. Así, uniendo algunos versos de sus libros a la biografía del autor, Amelia Gamoneda nos hace ver el gran componente experiencial que hay en esta poesía aparentemente hermética, y de ese modo deconstruye con sutileza crítica esa bipolaridad que distingue entre poesía de la experiencia y todo lo demás. Además en estos preámbulos repasa los libros de su padre para hablarnos de la importancia que tienen en ellos el silencio, los símbolos, las emociones elementales vinculadas a la belleza y el viaje a la inexistencia, y finalmente deja de iluminarnos para directamente conmovernos cuando su exégesis aborda el libro titulado Cecilia.
Y luego vienen, simultaneados con grabados que acentúan la belleza y el misterio, los seis poemas en los que nos encontramos a un Gamoneda cada vez más cerca de sí mismo y de su propia esencia, haciendo repaso del paisaje de León, de la postguerra, de las personas pertenecientes a la geografía de sus afectos como su madre y Jorge Pedrero –pintor al que el poeta llama el “vigilante de la nieve” en el Libro del Frío-… Este libro de ahora muy bellamente editado se corona con un poema titulado “Ha de llover” que ya es uno de mis favoritos del autor por la piedad que invoca y que desprende, por la fuerza de sus metáforas y porque, lo confieso, leerlo con mi edad es como ir cada sábado a hablar con amigos que peinan canas porque han vivido mucho y bien.
La guerra civil está muy presente en estos poemas, y uno no puede dejar de pensar tras leerlos en la condición de víctima de guerra de Simone Weil -una condición de la que brotan su pacifismo y su receptividad a cuanto de sagrado hay en la palabra y en la existencia-. Ahora que en Palestina se está gestando nuestra próxima guerra, he aquí un canto lírico y plástico en contra de la guerra como rotundo fracaso. O, por terminar también con una cita de esta autora clave en el mundo de Gamoneda, Simone Weil, “la poesía es una expresión de los dos esfuerzos humanos más nobles: el de construir y el de abstraerse de destruir”…. Sí, leer construye.
Ahora que no está claro si el mundo ha entrado en crisis, o en depresión, o esto por fin es el fin de una era, a algunos leer poesía nos rearma la conciencia, que es un modo de prepararnos para lo que sea. Por eso nos acercamos a lo nuevo de Gamoneda, que es lo antiguo condensado e intensificado, y detectamos en su lírico recordatorio de la finitud humana una invitación a hacer acopio de memoria histórica personal, de coherencia y a no rehuir el encuentro de las conciencias que aspiran a estar alerta. O, por decirlo con palabras de la propia Simone Weil, “los que aman una causa son los que aman la vida que ha de llevarse a fin de servirla”. Y Extravío en la luz es sin duda un libro escrito por alguien adepto a la causa de la poesía.
En este sentido especialmente iluminadores resultan los dos preámbulos de Amelia Gamoneda en los que la hija del autor nos enseña, al “imbricar el conocimiento de lo íntimo en su lectura de la obra del poeta”, a apreciar que la riqueza metafórica y la densidad críptica de Gamoneda, “aún con su carga de extrañeza, no proceden del desbocamiento de la imaginación, ni surgen de ningún inconsciente surrealista. La realidad es ya en sí misma suficientemente potente, y lo es porque se ve extrañada a otros ámbitos, y por tanto modifica su sentido”. Así, uniendo algunos versos de sus libros a la biografía del autor, Amelia Gamoneda nos hace ver el gran componente experiencial que hay en esta poesía aparentemente hermética, y de ese modo deconstruye con sutileza crítica esa bipolaridad que distingue entre poesía de la experiencia y todo lo demás. Además en estos preámbulos repasa los libros de su padre para hablarnos de la importancia que tienen en ellos el silencio, los símbolos, las emociones elementales vinculadas a la belleza y el viaje a la inexistencia, y finalmente deja de iluminarnos para directamente conmovernos cuando su exégesis aborda el libro titulado Cecilia.
Y luego vienen, simultaneados con grabados que acentúan la belleza y el misterio, los seis poemas en los que nos encontramos a un Gamoneda cada vez más cerca de sí mismo y de su propia esencia, haciendo repaso del paisaje de León, de la postguerra, de las personas pertenecientes a la geografía de sus afectos como su madre y Jorge Pedrero –pintor al que el poeta llama el “vigilante de la nieve” en el Libro del Frío-… Este libro de ahora muy bellamente editado se corona con un poema titulado “Ha de llover” que ya es uno de mis favoritos del autor por la piedad que invoca y que desprende, por la fuerza de sus metáforas y porque, lo confieso, leerlo con mi edad es como ir cada sábado a hablar con amigos que peinan canas porque han vivido mucho y bien.
La guerra civil está muy presente en estos poemas, y uno no puede dejar de pensar tras leerlos en la condición de víctima de guerra de Simone Weil -una condición de la que brotan su pacifismo y su receptividad a cuanto de sagrado hay en la palabra y en la existencia-. Ahora que en Palestina se está gestando nuestra próxima guerra, he aquí un canto lírico y plástico en contra de la guerra como rotundo fracaso. O, por terminar también con una cita de esta autora clave en el mundo de Gamoneda, Simone Weil, “la poesía es una expresión de los dos esfuerzos humanos más nobles: el de construir y el de abstraerse de destruir”…. Sí, leer construye.
LA SIMA de José María Merino
Las novelas sobre la guerra civil son ya un género en España y con frecuencia las leemos como quien escucha un monólogo; una versión emocional, emocionante, de los hechos. Sin embargo uno lee la última novela de José María Merino titulada La sima (Ed. Seix-Barral) y se siente como el espectador que asistiera a una conversación inteligente entre todas las partes... Hay algo pueril en las bipolaridades que la ficción más ambiciosa hoy deconstruye.
En este sentido Merino ha regresado a las librerías con una novela de ideas acerca de Fidel, historiador que está escribiendo una tesis doctoral sobre la primera guerra carlista, el cual vuelve a su pueblo de la montaña leonesa buscando paz para investigar y redactar: no sabe que, mientras él regresa, también su pueblo está volviendo a él.
El paisaje nevado, descrito con un exquisito lirismo, incentivará la memoria de Fidel de tal modo que comenzará a elaborar, en lugar de la tesis, una suerte de reconstrucción literaria de sus orígenes biográficos.
Así en La sima van confluyendo el documentalismo, la reflexión, la narración, la capacidad de captar las interconexiones y cierta irrealidad, sobretodo esto último a partir de que Fidel recuerde la primera vez que vio esa sima de Montiecho en la que arrojaban a los fusilados durante la guerra civil: en el pueblo aún aseguran que, cuando el viento silva, en realidad se trata de los muertos que se quejan porque están mal enterrados… Y además premoniciones, psicofonías… El impacto que produce en el lector el hecho de que una persona instruida –un historiador que escribe su tesis doctoral- sea sensible a lo misterioso que emana de este espacio natural es uno de los aciertos de esta novela. Y es que no sólo el paisaje de La sima nos recuerda en ocasiones a la verde campiña inglesa teñida de sombras de Cumbres borrascosas, sino que incluso se atisba en este espacio un algo de la ambientación de las novelas góticas.
La sima, de estructura fragmentaria a lo Marguerite Duras –pequeñas secuencias con más adjetivos que verbos contadas en primera persona- va avanzando al contarnos que, tras la muerte de sus padres, el protagonista vivió en casa de sus tíos religiosos: allí descubre que el abuelo falangista mandó matar a muchos de los muertos de la sima. Luego el despertar del amor y el sexo, las polémicas políticas, el odio de su primo José Antonio, el anecdotario de sus sueños, la ciudad de León y el verano irlandés, el primer amigo muerto a causa de la heroína y el intento de José Antonio de matar a Fidel, el vívido viaje a Perú que da para otra novela, la mili, una depresión… Y todo ello entreverado con las noticias de los periódicos que Fidel lee mientras escribe, las cuales hablan sobre los coletazos del 11M, de Pinochet, la ley de memoria histórica y los exhumamientos de cadáveres, Eta, los papeles de Salamanca… Paralelismos constantes.
De todos modos, aunque continúe con estos recuerdos novelados, él no cesará de pensar en su tesis sobre la guerra carlista estableciendo así más iluminadores paralelismos con la guerra civil, para acabar haciéndonos ver que todas las guerras son la misma repetida, y que el principal cáncer de este país es el odio: “He comprendido que esa fue la primera vez que percibí la vibración del odio, esa sustancia que compone tanta poción de lo que somos los humanos y en especial los españoles… La historia de mi juventud, de mi crecimiento, es ir descubriendo su presencia poco a poco como la flor más abundante del jardín. Los atentados etarras, los delirios nacionalistas, la exaltación antinacionalista, el comportamiento de la oposición, hasta el fútbol está impregnado de odio”.
He aquí una novela sobre las confrontaciones civiles de este país y nuestras guerras interiores, sobre el conservador y el liberal que cada uno llevamos dentro, sobre el regreso a lo mágico, y principalmente sobre como el pasado nos invita a eso tan humanizante que es fijarse en los matices…
No se la pierdan.
En este sentido Merino ha regresado a las librerías con una novela de ideas acerca de Fidel, historiador que está escribiendo una tesis doctoral sobre la primera guerra carlista, el cual vuelve a su pueblo de la montaña leonesa buscando paz para investigar y redactar: no sabe que, mientras él regresa, también su pueblo está volviendo a él.
El paisaje nevado, descrito con un exquisito lirismo, incentivará la memoria de Fidel de tal modo que comenzará a elaborar, en lugar de la tesis, una suerte de reconstrucción literaria de sus orígenes biográficos.
Así en La sima van confluyendo el documentalismo, la reflexión, la narración, la capacidad de captar las interconexiones y cierta irrealidad, sobretodo esto último a partir de que Fidel recuerde la primera vez que vio esa sima de Montiecho en la que arrojaban a los fusilados durante la guerra civil: en el pueblo aún aseguran que, cuando el viento silva, en realidad se trata de los muertos que se quejan porque están mal enterrados… Y además premoniciones, psicofonías… El impacto que produce en el lector el hecho de que una persona instruida –un historiador que escribe su tesis doctoral- sea sensible a lo misterioso que emana de este espacio natural es uno de los aciertos de esta novela. Y es que no sólo el paisaje de La sima nos recuerda en ocasiones a la verde campiña inglesa teñida de sombras de Cumbres borrascosas, sino que incluso se atisba en este espacio un algo de la ambientación de las novelas góticas.
La sima, de estructura fragmentaria a lo Marguerite Duras –pequeñas secuencias con más adjetivos que verbos contadas en primera persona- va avanzando al contarnos que, tras la muerte de sus padres, el protagonista vivió en casa de sus tíos religiosos: allí descubre que el abuelo falangista mandó matar a muchos de los muertos de la sima. Luego el despertar del amor y el sexo, las polémicas políticas, el odio de su primo José Antonio, el anecdotario de sus sueños, la ciudad de León y el verano irlandés, el primer amigo muerto a causa de la heroína y el intento de José Antonio de matar a Fidel, el vívido viaje a Perú que da para otra novela, la mili, una depresión… Y todo ello entreverado con las noticias de los periódicos que Fidel lee mientras escribe, las cuales hablan sobre los coletazos del 11M, de Pinochet, la ley de memoria histórica y los exhumamientos de cadáveres, Eta, los papeles de Salamanca… Paralelismos constantes.
De todos modos, aunque continúe con estos recuerdos novelados, él no cesará de pensar en su tesis sobre la guerra carlista estableciendo así más iluminadores paralelismos con la guerra civil, para acabar haciéndonos ver que todas las guerras son la misma repetida, y que el principal cáncer de este país es el odio: “He comprendido que esa fue la primera vez que percibí la vibración del odio, esa sustancia que compone tanta poción de lo que somos los humanos y en especial los españoles… La historia de mi juventud, de mi crecimiento, es ir descubriendo su presencia poco a poco como la flor más abundante del jardín. Los atentados etarras, los delirios nacionalistas, la exaltación antinacionalista, el comportamiento de la oposición, hasta el fútbol está impregnado de odio”.
He aquí una novela sobre las confrontaciones civiles de este país y nuestras guerras interiores, sobre el conservador y el liberal que cada uno llevamos dentro, sobre el regreso a lo mágico, y principalmente sobre como el pasado nos invita a eso tan humanizante que es fijarse en los matices…
No se la pierdan.
MAÑANA NO SERÁ LOQUE DIOS QUIERA de Luis García Montero
En esta sociedad del aquí y el ahora está muy de moda la novedad, la juventud, la pose, la tontería, la falta de alma en cualquier caso, y por eso, especialmente para mi generación, resulta más que nunca conveniente escuchar a aquellos que han vivido mucho y bien. Con esta intención acabo de leer la biografía novelada del poeta Ángel González que firma Luis García Montero y titula Mañana no será lo que Dios quiera (ed. Alfaguara)… Toda biografía pretende resumir una vida y una forma de entender la vida pero, en este caso, igualmente refleja un conmovedor modo de entender la amistad. Luis García Montero cree que “hay personas de muerte imposible” y al escribir estas páginas nos lo hace saber. Y creer.
“Los muertos son huéspedes de los vivos”, dice aquí el biógrafo, y por eso lo primero que se nos presenta al hablar del niño Ángel González es la influencia decisiva del abuelo materno y el padre muerto prematuramente. Por eso, como en las novelas río del siglo XIX, esta historia comienza con la biografía bosquejada de ambos junto a la suerte de los hermanos mayores hasta que, de forma tardía, doña María Muñiz se quedó embarazada de Ángel.
Después, como una sucesión de postales en blanco y negro, toda su infancia y adolescencia, su Oviedo primigenio, su soledad inicial junto a los familiares extraños, el estallido de la guerra civil -con sus cambios de domicilio, sus ciudadanos escondidos y sus muertos por un descuido-, la adolescencia convulsa, los sueños, sus primeros logros, la muerte de su hermano que el propio Ángel tiene que comunicarle a la madre, la admirable doña María a la que Ángel dedica uno de sus más hermosos poemas... Buena parte de esta historia versa sobre la épica cotidiana de esa madre viuda sacando a delante a sus cuatro hijos.
El argumento prosigue linealmente hasta llegar al reloj Certina que esta meritoria mujer le compró al joven Ángel González -cuando él decidió volar del hogar primigenio e irse a Madrid a buscarse la vida-. Nuestro poeta perdió ese reloj cuando su madre aún lo estaba pagando a plazos. Éste será el determinante último punto de giro de la novela de su vida.
Así asistimos leyendo estas páginas a la formación de una conciencia y a su evolución; a la destrucción de un país y su no vislumbrada reconstrucción. Por el medio incluso una enfermedad que a Ángel González le trajo hasta León, y siempre referencias al padre muerto, al hermano exiliado, a la madre y la hermana ideológicamente depuradas y al paisaje de un Oviedo que eternizaba su indolencia…. Toda existencia tiene sus coordenadas o, por decirlo con Borges, “toda vida tiene al menos un instante que la salva”. De eso trata este libro, de lo que queda y salva.
Pero, esta vez, tan interesante como el personaje es el escritor pues uno cree vislumbrar a Luis García Montero grabando conversaciones con Ángel, escuchándole, visitando los lugares que marcaron su vida y reconstruyendo la historia apuntada por los papeles legales que la madre guardaba en una carpeta azul -carpeta que el hijo conservaba-. Este biógrafo, como el arqueólogo que uniera amorosamente los fragmentos de un ánfora, ha reunido esos materiales y rellenado los huecos para acabar conformando un libro testimonial, humanísimo, de prosa brillante más inclinada en esta ocasión a la metafísica y la ternura que al ingenio verbal.
Aprovecha además para hablarnos indirectamente de la necesidad que aún tenemos todos de quienes dedican su vida a creer en algo y a defenderlo: ésas, como decía Bertolt Brecht, son las personas imprescindibles, las que nos ayudan a desensimismarnos y contrarrestar esta sociedad del yo, el aquí, y el ahora. He aquí un libro que es una casa con todas las puertas abiertas, una unión armónica de recuerdos, escenas, conversaciones, fotografías, poemas y sensaciones… Se lo recomiendo.
“Los muertos son huéspedes de los vivos”, dice aquí el biógrafo, y por eso lo primero que se nos presenta al hablar del niño Ángel González es la influencia decisiva del abuelo materno y el padre muerto prematuramente. Por eso, como en las novelas río del siglo XIX, esta historia comienza con la biografía bosquejada de ambos junto a la suerte de los hermanos mayores hasta que, de forma tardía, doña María Muñiz se quedó embarazada de Ángel.
Después, como una sucesión de postales en blanco y negro, toda su infancia y adolescencia, su Oviedo primigenio, su soledad inicial junto a los familiares extraños, el estallido de la guerra civil -con sus cambios de domicilio, sus ciudadanos escondidos y sus muertos por un descuido-, la adolescencia convulsa, los sueños, sus primeros logros, la muerte de su hermano que el propio Ángel tiene que comunicarle a la madre, la admirable doña María a la que Ángel dedica uno de sus más hermosos poemas... Buena parte de esta historia versa sobre la épica cotidiana de esa madre viuda sacando a delante a sus cuatro hijos.
El argumento prosigue linealmente hasta llegar al reloj Certina que esta meritoria mujer le compró al joven Ángel González -cuando él decidió volar del hogar primigenio e irse a Madrid a buscarse la vida-. Nuestro poeta perdió ese reloj cuando su madre aún lo estaba pagando a plazos. Éste será el determinante último punto de giro de la novela de su vida.
Así asistimos leyendo estas páginas a la formación de una conciencia y a su evolución; a la destrucción de un país y su no vislumbrada reconstrucción. Por el medio incluso una enfermedad que a Ángel González le trajo hasta León, y siempre referencias al padre muerto, al hermano exiliado, a la madre y la hermana ideológicamente depuradas y al paisaje de un Oviedo que eternizaba su indolencia…. Toda existencia tiene sus coordenadas o, por decirlo con Borges, “toda vida tiene al menos un instante que la salva”. De eso trata este libro, de lo que queda y salva.
Pero, esta vez, tan interesante como el personaje es el escritor pues uno cree vislumbrar a Luis García Montero grabando conversaciones con Ángel, escuchándole, visitando los lugares que marcaron su vida y reconstruyendo la historia apuntada por los papeles legales que la madre guardaba en una carpeta azul -carpeta que el hijo conservaba-. Este biógrafo, como el arqueólogo que uniera amorosamente los fragmentos de un ánfora, ha reunido esos materiales y rellenado los huecos para acabar conformando un libro testimonial, humanísimo, de prosa brillante más inclinada en esta ocasión a la metafísica y la ternura que al ingenio verbal.
Aprovecha además para hablarnos indirectamente de la necesidad que aún tenemos todos de quienes dedican su vida a creer en algo y a defenderlo: ésas, como decía Bertolt Brecht, son las personas imprescindibles, las que nos ayudan a desensimismarnos y contrarrestar esta sociedad del yo, el aquí, y el ahora. He aquí un libro que es una casa con todas las puertas abiertas, una unión armónica de recuerdos, escenas, conversaciones, fotografías, poemas y sensaciones… Se lo recomiendo.
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