miércoles, 11 de mayo de 2011

SONATA A KREUTZER de Lev Tolstói

¿El carburante principal de la vida es el amor o lo es el deseo? ¿Existe una noción fija de vicio? ¿Es de verdad una ilusión creer que la belleza es bondad? ¿Sólo desde la perspectiva de quien ha cruzado la frontera moral se puede ver con objetividad lo que mueve a los seres humanos a emparejarse? ¿Tiene razón el protagonista de SONATA A KREUTZER –Pózdnyshev, un hombre que se casa enamorado y dispuesto a llevar una vida de tranquila felicidad doméstica pero al cual, cuando las dulzuras de la luna de miel pronto dejan paso a la rudeza de la vida cotidiana, los demonios procedentes de su inconsciente le nublan y dirigen hasta el punto de que, al entrar en escena sus celos, el final trágico se precipita y termina quitando la vida a su mujer- cuando afirma que el amor más sublime no depende de las cualidades morales sino de la intimidad física además del peinado o del color o el corte del vestido?...

“En todas las novelas –afirma el inquietante Pózdnyshev- se describen hasta el menor detalle los sentimientos de los héroes, los estanques, los arbustos junto a los que pasean; pero al describir su gran amor hacia alguna muchacha no se menciona nada sobre qué fue de ese interesante personaje antes de dicho amor: ni una palabra sobre sus visitas a las casas de citas, ni de las criadas, cocineras y mujeres ajenas. Y si hay novelas indecentes como éstas, tales obras no se ponen al alcance, y esto es lo importante, de aquellas a quienes más falta les hace saberlo: las jóvenes”. Y situando el autor esta reveladora cita casi al principio de esta narración minimalista suya la sitúa así del lado de la indecencia, curioso, para desarbolar indirectamente desde ahí toda una cada vez menos vigente teoría moral sobre el amor que se desarrolla principalmente en la primera parte de la novela. Pero la sabiduría narrativa del autor radica en esto no deja de ser nunca una novela pues dicha teoría se mantiene en todo momento al servicio de una trama forjada, por cierto, con intensidad, nervio y un notable sentido de la intriga. La trama ocupa por completo la novela en su segunda parte, en la que el protagonista abandona ya las reflexiones generales sobre las relaciones entre hombres y mujeres, para centrarse en los detalles de su infeliz vida matrimonial, donde los momentos de deseo acabaron por no poder encubrir el odio que se había ido desarrollando entre los cónyuges, y es cuando el texto se nos muestra menos interesante. A pesar del final dramático, de la tensión creciente que conduce a él, todo tiene menos capacidad de apelar al lector (el único enigma final es si el protagonista estaba loco o era un hombre cínico con rasgos perversos).

A pesar del sello propio, del conseguido clima, del estilo poderoso con el que describe al personaje, su contexto y su enigma, del impecable sentido del ritmo narrativo y del valor transculturalmente contrastivo de este relato -un realismo con momentos costumbristas, diálogos suculentamente teatrales y hasta una escena gore-, uno hecha de manos las elipsis, el detenimiento, las atmósferas, los matices casi hasta el infinito y el realismo venturoso de esas grandes novelas que convierten al maestro ruso en la encarnación de la racionalidad, la voluntad proteica y el clasicismo incontestable... Sin duda se trata ésta de una obra menor del autor de perdurables obras maestras como GUERRA Y PAZ, LOS COSACOS y ANNA KARÉNINA.

miércoles, 4 de mayo de 2011

LA SIESTA DE M. ANDESMAS de Marguerite Duras

Novelas que redactó inflamada de ginebra, novelas que escribió enferma de no beber, novelas con prosa fílmica, novelas de autoficción, inquietantes novelas escritas en una primera persona tan convincente como narrativamente eficaz y novelas en tercera persona sobre personajes inventados, observados, soñados que también la definen; nos definen...

Pocas veces se han aunado literariamente la contención, la voluntad de precisión verbal, el ritmo hipnótico y la capacidad de auto-revelación de modo tan perdurable como en la obra de la escritora francesa Marguerite Duras (Saigon 1914, París 1996).

Por eso celebramos esta traducción definitiva al castellano de una de sus delicadas novelas de transición, LA SIESTA DE M. ANDESMAS, recién publicada por la Editorial Demipage, y con prólogo y firma de Amelia Gamoneda.

Esta novela repleta de delicadeza emocional está escrita en 1960 durante la etapa cinematográfica de M. Duras –época de la llamada escritura fílmica en la que llevan a la gran pantalla su novela MODERATO CANTABILE y ella misma escribe el guión de la película HIROSIMA MON AMOUR- e inicia la personal transición hacia la novela de observación, que tiene su punto álgido en EL ARREBATO DE LOL V. STEIN (pocos años después su literatura viraría hacia el camino de la autoficción para dar lugar así a incontestables obras maestras como EL AMANTE).

Con prosa exacta, aleatoriamente minuciosa, líricamente musical y poseedora del magnetismo que emana de la sugerencia se nos cuenta aquí una demorada historia que sucede en un mundo abocetado, un entorno rural emboscado, concretamente en el mirador de una casa cercana al mar: abandonado en una silla de mimbre de dicha casa –que acaba de comprar para su hija Valérie-, el señor Andesmas espera al contratista de obras Michel Arc. Se propone encargarle la construcción de una terraza si finalmente está de acuerdo con el presupuesto que éste le va a traer. Se imagina la obra terminada.

Como si de ESPERANDO A GODOT se tratara, pero sin la inclinación al absurdo de Samuel Beckett, este anciano espera recostado y atento, y los acontecimientos, que empiezan siendo exteriores, paulatinamente se convertirán en algo interior gracias a la prosa virtuosamente minimalista de esta autora. Se escuchan ecos de una canción cercana. Hay gente camino del baile. La pulsión de espera. Un perro que pasa. El calor. El contratista que tarda demasiado. Valérie. Su amada hija Valérie. Valérie que lo es todo para él... Recuerda los tiempos pasados en los que él lo fue todo para ella, y en el fondo detesta que su hija haya crecido y se haya independizado tanto... Micel Art me manda decirle que llegará enseguida... Si le fuera posible no tardar mucho sería muy amable de su parte...

El punto de giro argumental se produce sin brusquedad cuando aparece frente al mirador la mujer del contratista, y le dice a Monsieur Andesmas que su marido le ha abandonado. La espera se transforma entonces en soledad. Luego en solapada angustia. Piensa en su hija Valérie. La recuerda bailando por todos los salones de la casa. ¿Su hija se habrá fugado con el contratista? ¿Qué sentido tendría entonces el presupuesto para la terraza, y esta casa, y su vida?

He aquí una breve novela de fluidez infrecuente que, ahora que abunda la rapidez, los efectos, la sobreexcitación y el vértigo, se lee no tanto por el argumento en sí sino sobretodo por el trasgresor, casi revolucionario, acto de sintonizarnos con un ritmo narrativo más acorde con nuestros ciclos naturales y mentales. Se lee por el placer de leer y por la agradecible certidumbre de estar empapándote de sutileza; de lucidez... No se la pierdan.

martes, 3 de mayo de 2011

EL CORRECTOR de Ricardo Menéndez Salmón

¿Lo que estamos viviendo hoy es la realidad o una novela? Esa pregunta platónica subyace en las páginas de El corrector (Ed. Seix-Barral), la última propuesta narrativa que nos hace Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971). ¿La realidad y la ficción son indiferenciables en el discurso de los políticos o en el de la televisión? ¿Las grandes desgracias como el 11M, con su salva de muertos y horror, pueden considerarse una errata?

En efecto probablemente sólo un novelista, al contarnos mediante su inteligente fluir de la conciencia qué pasa después del apocalipsis, alcance a impedir que sigamos viviendo como si nada hubiera pasado. De hecho así lo corroboró Don deLillo en su impactante novela El hombre del salto en la que nos presentaba, desde la perspectiva de un testigo sobreviviente aferrado a su maletín, la crónica más alegórica que documental del 11S, el día de la infamia para Norteamérica y para el mundo. Y eso mismo intenta ahora El corrector al repasar, mediante la lupa desentrañadora de la ficción, nuestro no menos infame 11 M.

En estas páginas nos encontramos con Vladimir, un hombre desconfiado en extremo aunque redimido por el amor de su mujer –Zoe- y el recuerdo de su hijo –Eric-, metódico corrector de pruebas que está trabajando en las galeradas de Los demonios de Dostoievski. De pronto Uribe, su jefe y amigo, le llama para decirle que han puesto una bomba en Madrid y varios trenes han saltado por los aires, y así comienza para él el 11 de marzo de 2004. A partir de ahí asistimos a la crónica emocionalmente minuciosa de esa jornada, y recordamos así como los políticos del gobierno se iban empeñando en convertir la realidad en ficción manipuladora (esta novela realista, novela social de un posmodeno modo, bien puede entenderse también como una respuesta a la cuestión de cómo afecta la ficción a nuestra comprensión de lo real, incluso de lo real más inmediato).

Vladimir, protagonista y narrador de esta obra, cuenta los hechos y los juzga, se implica y nos implica para que el 11M no deje de tener la dimensión que tuvo aquel día y que merece en nuestras conciencias: en este sentido he aquí una novela contra el olvido histórico que tanto nos diluye.

Si bien, como decíamos, esta novela está en la estela del empeño de El hombre del salto de Don deLillo, nos hace recordar también otra de Luis Mateo Díez titulada La piedra en el corazón, la cual trata igualmente el tema de nuestro 11M y lo hace, coincidiendo con Menéndez Salmón, sin apartarse demasiado de lo biográfico –de hecho tanto en la novela del leonés como en la del asturiano uno lee sin casi dejar de ver al autor cuando mira al personaje protagonista-.

Sin duda es meritorio el modo en que esta obra, El corrector, nos invita a dudar de la realidad al demostrarnos que “somos hijos de la cultura del simulacro”. Por eso una lucha entre materialismo e idealismo es esta novela. Y eso mismo la política. Aprovechando su condición de corrector, el protagonista no ahora críticas al panorama literario actual y, además de la prolija intertextualidad, no falta aquí la cinefilia que aparece mediante uno de los personajes, el padre mitómano del protagonista.

La prosa ya característica de este autor, con ese ritmo entrecortado y condensado que hizo grande a Marguerite Duras, rebosa hondura y plasticidad al narrar una historia que nos abre los ojos, y la cual termina, como Freud, propagando el escepticismo cultural.

Si en su conmovedora novela La ofensa Ricardo Menéndez Salmón retrataba prodigiosamente el mal al hablar de la guerra, y en Derrumbe hacía lo mismo a menor intensidad al hablarnos de la delincuencia homicida, El corrector insiste en abordar el mal como tema, esta vez al hablarnos del terrorismo directo y poco sofisticado… No falta quien dice que con el inolvidable argumento de La ofensa, la elaborada estructura narrativa de Derrumbe y el tono de El corrector este autor, que ya es una regencia, lograría su novela perfecta.

LOS OBJETOS NOS LLAMAN de Juan José Millás

“Avanzamos hacia una sociedad en la que los gobiernos y los medios de comunicación fabricarán realidades espúreas” sentenció una vez el más que ocurrente escritor de literatura de ciencia ficción Philip K. Dick. Sin embargo hay otros contadores de historias como el reciente Premio Nacional de Narrativa Juan José Millás que, dedicados mediante su obra a desentrañar los diferentes niveles de realidad que hay en lo cotidiano, en verdad nos están quitando la venda de los ojos al situarnos frente a la evidencia de que toda realidad es espúrea… De hecho precisamente ése parece ser el liberador mensaje que subyace en el último libro del autor titulado LOS OBJETOS NOS LLAMAN (Ed. Seix Barral).

Se trata de un libro de cuentos con impregnaciones fantásticas en la línea ingeniosa y luminosa de otros celebrados libros de Juan José Millás como Primavera de luto, Ella imagina o Cuentos para adúlteros desorientados: dicha línea casi poética se fundamenta en la certeza de que las cosas maravillosas les ocurren a la gente normal. Por eso en estas páginas hay maniquís que sudan, niños que no creen en la muerte, gente que se saca un retrato de carnet en un fotomatón y la imagen que aparece reproducida es la de otra persona, una comisaría en cuyo ámbito de acción absolutamente nadie infringe la ley y por eso el ministerio convoca oposiciones a delincuente para restablecer la normalidad, hijos fetichistas fascinados por el teléfono móvil de su madre muerta, alguien que se hace el cojo para aparcar en una plaza reservada a minusválidos y esa cojera se transforma en permanente, una mujer poseída por un luminoso del pasillo de su casa, un hombre invisible sólo para las mujeres, un estudiante que padece la enfermedad de disfrutar con el acto de fregar los cacharros, y así por el estilo.

Ese modo de componer cuentos insólitos, heredero no sólo de Cortázar y Kafka sino también del surrealismo, la ciencia ficción, los cuadros de El Bosco, los libros de cuentos clásicos orientales como El Mahabharata y Las Mil y una Noches e incluso del libro bíblico del Apocalipsis y el del profeta Ezequiel, cobra un moderno vigor en la pluma de este narrador pues su prosa ágil y casi notarial hace pasar por normal y cotidiano no sólo lo imposible, sino incluso lo absurdo. Así logra divertirnos, ponernos en contacto con lo irreal y, a la vez, nos invita a superar la dictadura de lo lógico, lo exacto, lo aburrido y lo de siempre.
A veces los cuentos transforman el mundo –esto es frecuente cuando los cuentos los cuenta un mesías- pero los cuentos de este libro más que cambiar el mundo lo ponen patas arriba.

Ciertamente los cuentos de Millás nos proponen otra forma de mirarlo todo, de entenderlo todo. Por eso este libro de cuentos del autor, como los anteriores, tiene la meritoria capacidad de individualizarnos, de hacernos ser diferentes, y por eso nos intensifica la existencia. ¡No exagero!

Hay algo del Dalí surrealista, del Ray Bradbury futurista y del Woody Allen neurótico y genial en el mundo de Juan José Millás, pero él posee la peculiaridad de que lo narra todo con una naturalidad inteligente que nos ayuda a ampliar las fronteras de lo que se entiende por normal y por óptimo. Y es que, como escribe el propio autor, “esa noche iba a quedarme dormido presa de un raro bienestar, cuando me di cuenta de que la expresión “raro bienestar” era una redundancia. El bienestar siempre es raro. No hay un bienestar normal como no hay una sexualidad normal”.

Por eso si usted es de esas personas que no están locas del todo sino sólo lo justo para resultar divertida le recomiendo la lectura de este libro porque se sentirá como en casa. Si es usted un racionalista casi cartesiano lea estos cuentos y tan sólo sueñe o ríase. Y si admira la imaginación y todo lo que añade vida a la vida no deje de adentrarse en estas páginas…

Recomiendo la lectura de este libro a quien no sepa volar.

OBRAS COMPLETAS de Mariano J. Larra

¿Un articulista vigila nuestra vida?
La reciente publicación en dos lustrosos volúmenes de las obras completas de Mariano José de Larra –Editorial Cátedra, colección Aúrea, introducción y notas de Joan Estruch Tobella-, puesto que supone la vindicación y reivindicación académica definitiva del primer autor español que se ganó la vida haciendo literatura en los periódicos, invita a reflexionar sobre el papel actual del escritor dentro de esta polifonía discursiva que es el periodismo.

¿En un periódico el articulismo, en el que el periodismo se cumple, es actualidad más pensamiento e incluso a veces sentimiento, o la diferencia entre el discurso del periodista y el del escritor estriba sólo en el ritmo? ¿Y qué decir sobre la literatura periodística y su poder para vigorizar el uso óptimo del idioma? ¿El escritor que, como Larra, se esfuerza por desarrollar su vocación y mundo en los periódicos pierde la batalla con frecuencia por estar combatiendo en territorio extraño?

Revisada ahora –más allá de su mediatizada condición de hoja de ruta de del suicidio de un genio- la obra que Larra, como la de González Ruano o Umbral en nuestro tiempo, genera ese respeto a lo sublime que se desprende de los clásicos a pesar de haber sido publicada fundamentalmente en periódicos. Pero a la vez nos da buena cuenta de que un medio como el periodístico, con sus constantes exigencias dinámicas, con su inmediatez y su fugacidad, puede ser también un excelente vehículo para tomar literariamente partido en las batallas ideológicas de nuestro tiempo, y para enarbolar una prosa exigente no circunscrita al presente diario.

La realidad diaria, más aún en nuestro convulso mundo de hoy, es de por sí tan diversamente excéntrica que la capacidad de impacto de la prosa del periodista viene a menudo dada por el tema. Pero en medio del caos de la actualidad el articulista, como Larra nos enseñó y nos recuerda, además de invitarnos a una reflexión sobre las noticias también ha de recordarnos sin decirlo que el talento o es heterodoxo o no es nada, y que el estilo no lo da el medio en el que se escribe sino que “el estilo es el hombre”.

En este sentido los escritores de periódico aún nos demuestran que, en medio de esa sobredosis de realidad que es la información, el serenos discurrir de una prosa analítica, poliédrica y literaria se convierte en la corriente de un río emocionante. De hecho las figuras sobresalientes del periodismo literario heredero de Larra como un nuestro siglo son Azorín, González Ruano, Delibes, Umbral, Vargas Llosa, Millás, Del Pozo y muchos otros, no son sino hondas de ese gran río estético radicado en los periódicos.

Un articulista vigila nuestra vida.

EL CIELO DE MADRID de Julio LLamazares

Julio Llamazares acaba de publicar una novela en la que no sale, pero en la que está.
Sí, terminé de leerla hace ya dos semanas y he querido dejarla macerar en mi memoria antes de escribir sobre ella porque se trata de un texto nostálgico y tierno que precisa de cierta distancia, de cierta inocencia. ¿Mientras leemos esta historia somos hijos del autor?
Aunque la novela trata de Carlos -cierto pintor asturiano que se va a Madrid con una maleta llena de sueños- y trata también de los proyectos en la gran ciudad, de la evolución de las conciencias, del paso del tiempo y de la madurez, uno no puede evitar rastrear estas páginas buscando el poso autobiográfico y catártico que se puede ahí encontrar. Y es que, para mí, esta novela (“El Cielo de Madrid”, Ed. Alfaguara) no es sólo una crónica generacional de los 80, y una reflexión sobre la creación, el éxito y el fracaso, sino también el cuaderno de bitácora que este autor nos regala oportunamente a todos los jóvenes que llevamos dentro una vocación y un sueño. Sí, parece que el argumento Carlos se lo está contando a su hijo pero, bien mirado, es el autor quien se lo narra de forma cercana, paterna y cómplice a los que estamos leyendo. Todos necesitamos una ayuda, un Virgilio que nos guíe por el infierno. Todos necesitamos, lo sepamos o no, una novela como ésta.
No quiero ahora revelar ni descifrar el argumento pero permítanme adelantarles sólo que me fascina el personaje de Suso, un maldito con talento, un príncipe obrero al que le importa mucho más la vida que el éxito, un escritor que no escribe, una de esas personas que parecen personajes –o tal vez al contrario- tan presentes con frecuencia en toda ciudad o mundo. Sí, Suso tiene algo, acaso, del Sinclair de la novela clásica “Demian” de Herman Hesse, y del Gil de “Juegos de la Edad Tardía” de Luis Landero, aunque resulta menos metafísico y más callejeramente peculiar que aquellos. Todos hemos conocido alguna vez, por suerte, a un Suso. Y si no me creen, lean “El Cielo de Madrid”.
Finalmente vemos como este escritor repasa indirectamente su escepticismo y, de paso, salda cuentas con sus antiguos sueños. Leerle ahora es conocerle y conocernos pues si existe eso que podríamos denominar novela-espejo en la que el lector se busca y se ve, he aquí un excelente ejemplo.
Siempre he observado con curiosidad la relación de amor-odio que Julio Llamazares tiene con León. Y ahora al conocer a Carlos, el protagonista de esta novela, he entendido que el amor y el odio simultáneo que alguien siente por su tierra viene a ser parecido al amor-odio que se siente por un padre que no nos entiende, pero por el que lloramos desgarradamente cuando le vemos morirse de cáncer de estómago. No hay odio sino amor lleno de turbulencias, encuentros y encontronazos, sí, pero amor al fin y al cabo.
Ahora llega a nosotros esta novela -en la que Madrid no es una ciudad sino una metáfora- para que nos demos cuenta de la falta que nos hacen las metáforas. Y lo más sobresaliente y tiernamente envolvente de ella es su tono, su forma de contar, su lenguaje poético, evocador, intimista, fluido y, por momentos, melancólico como todo lo que produce eco. Se trata de una historia sobre su generación acaso tratando de decirnos que todas las generaciones son la misma repetida. Como la Divina Comedia es también un libro de tránsito, el trayecto a través de lo incierto, de la vida, del tiempo… ¿Leer no es caminar?
Llega la primavera, la estación en la que todo empieza. Excelente momento para comenzar un libro.
Es casi la hora en punto.
Como peregrinos que duermen con la ropa puesta estamos listos para el viaje.

SOLO DE AMOR de Jesús Munárriz

El origen de la lírica sigue señalando un camino. De hecho uno vuelve a los poemas fragmentados aunque tal vez no incompletos –la estética y la erótica de lo interrumpido- de Safo de Lesbos; vuelve a su sacralizad amorosa, su cadencia cristalina, su intimismo universal –y, por eso, radical- y se da cuenta de que, frente a la épica siempre colectiva, mitológica, masculina y enérgica esa excepcional mujer fundó y puso las duraderas bases de una línea poética personal, confesional, íntima, cotidiana, sentimental y clarividentemente contemplativa. Y al hacerlo así abrió para el mundo en general, y para los hombres en particular, una veta emocional y poética muy fecunda de la cual aún extraemos materia prima.
En efecto del lado femenino de Homero viene Safo pero crea otra línea; otra posibilidad. Y su antorcha luminosa es recogida por los goliardos y trovadores, el petrarquismo, el garcilasismo, y, a través de otros muchos eslabones llega a Baudelaire, y a las geniales escritoras del París de los años 20, y a la Generación del 27, y a nosotros.
Así hay mucho de Safo y el origen de la lírica en la actual poesía española más figurativa, clara y comprometidamente sentimental. Por ejemplo se vislumbra allá, en el fondo, la presencia iluminadora de la obra de Safo en el último libro de poemas de Jesús Munárriz titulado Sólo de amor (Bartleby Editores). Vean sino el primer poema, titulado precisamente Ofrenda, el cual parece escrito invocando a Afrodita: “Este fuego se enciende/ a la divinidad cuyos altares/ son los cuerpos hermosos,/ su liturgia el deseo,/ su sacrificio el goce”.
A partir de ahí, con una multiplicidad de ritmos y estrofas asentadas en un canónico sentido de lo clásico, el autor repasa y eterniza una historia de amor única que ojalá fuera todas, recordándonos así en ese dato siempre milagroso de que hay personas admirables que acoplan sus existencias para pasar juntos por todo.
El poeta (nacido en 1940), principalmente en las composiciones más breves, nos lleva de lo general a lo concreto en un constante ejercicio de perspectiva que se nos antoja tan inusitadamente joven, y así redescubrimos –nos lo recuerda siempre la poesía- que sólo el amor maduro es el elixir de la eterna juventud: ¿La Venus del espejo/ se ha quedado dormida?/ Aún mejor: en mi cama,/ destapada, tú misma.
Pocas oportunidades hay de acercarse a un libro de poemas y encontrar un lenguaje repleto de naturalidad, de compleja sencillez machadiana, unido a un modo de entender la existencia verdaderamente digno de ser emulado, ahora que somos todos tan aficionados al arte de complicarnos la vida. Y es que si para Safo, idealista como todo mortal con modelo divino, el amor era una “manzana en lo más alto”, una plenitud del todo inalcanzable, nuestro poeta humaniza lo divina haciéndonos entender el amor como una plenitud completamente cotidiana, y no por eso menos excelsa: “¡Qué maravilla/ saborear tantas veces/ la misma fruta”// En sazón, dulce,/ sabrosa, perfumada,/ fruta madura.// Y siempre nueva/ y cómplice y amiga/ y enamorada”.
Se trata de poemas que destilan una emoción desnuda y sin filigranas para acabar dejando al lector así, abstraído y con una sonrisa entrañable de las que llenan por dentro: “Te estabas durmiendo y te contemplo/ desnuda, sugerente, acogedora,/ tentación inocente, natural/ puerto de mi cariño.// No voy a despertarte,/ pero te lo mereces”...
Algunas veces leer es regresar, y esa sensación le queda a uno al meditar sobre ciertos versos en los que están contiendo la tradición y la vivencia para conformar juntos un modo de entender el presente. Así volvemos a concluir que la imaginación es el instrumento del que dispone el ser humano para mejorarlo todo y por eso es ésta tan importante para la novela pero en poesía para que un poema nos emocione y conmocione tiene que ser verdad.
Si les gusta la vida no se pierdan este libro.